Jefferson y la reelección

Cuando George Washington decidió retirarse de la presidencia luego de completar dos períodos (1789-1797), a pesar de que no tenía ninguna prohibición constitucional, y contaba con un amplio respaldo de su pueblo, la lucha electoral se dio entre otros dos gigantes de la fundación de Estados Unidos: John Adams y Thomas Jefferson. El primero, oriundo del Norte, fue un gran estratega, inspirador y organizador político, mientras que el segundo, oriundo del Sur, fue uno de los grandes intelectuales de la independencia norteamericana, aunque también un gran político que ocupó posiciones ejecutivas y legislativas en su estado, Virginia. Adams venció a Jefferson, y devino en el segundo presidente de Estados Unidos (1797-1801). Cuatro años más tarde, sin embargo, se repitió la competencia electoral, y como ninguno obtuvo la mayoría en los colegios electorales, la decisión recayó en la Cámara de Representantes, la cual, luego de 36 votaciones, eligió a Jefferson como tercer presidente de Estados Unidos. Quiere decir que el autor de la declaración de independencia de ese país no tuvo un camino fácil para llegar al poder, a pesar de sus grandes méritos en el proceso independentista.
Cuando le llegó el turno para la reelección en 1804, Jefferson ganó cómodamente la presidencia, porque las condiciones políticas eran muy favorables a su causa. No sólo el país vivía un período de estabilidad y prosperidad, sino que Jefferson llevó a cabo la denominada “compra de Luisiana” (Louisiana Purchase) a la Francia de Napoleón, lo que duplicó el tamaño del territorio de Estados Unidos, y comenzó a materializar la visión continental que tenían los padres fundadores de esa Nación, especialmente el propio Jefferson. Esta compra se convirtió en uno de los acontecimientos más trascendentales en la historia de ese país, lo que, además, le generó una enorme popularidad al presidente Jefferson.
Tras ser reelegido, Jefferson reflexiona sobre la cuestión de la reelección. Lo hace en una carta que le dirige a John Taylor, de Carolina, el 6 de enero de 1805, justo antes de comenzar su segundo mandato, en la cual le dice lo siguiente: “Mi opinión originalmente era que el presidente de Estados Unidos debía ser electo por siete años y ser para siempre inelegible a partir de ahí. Luego he llegado al convencimiento de que siete años es un período muy largo para ser inamovible, y que debe haber una manera pacífica de sacar a quien lo esté haciendo mal. El servicio por ocho años con el poder de removerlo al final de los primeros cuatro se acerca a mi principio, pero corregido por la experiencia. Y es en adhesión a esto que yo determino retirarme al final de mi segundo período. El peligro es que la indulgencia y el apego del pueblo mantenga a un hombre en la silla aún después que él devenga senil, y que la reelección a través de la vida se haga habitual y que, entonces, la elección de por vida siga a esto. El general Washington estableció el ejemplo del retiro voluntario después de ocho años. Yo lo seguiré, y algunos precedentes más opondrán el obstáculo del hábito a cualquiera que después de un cierto tiempo se embarque en extender su período, aunque tal vez sea necesario establecerlo con una enmienda a la Constitución. Hay una circunstancia, sin embargo, que podría llevarme a dar mi aquiescencia a otra elección, esto es, si mi sucesor fuera un monarquista. Pero esta circunstancia es imposible”.
Como puede apreciarse, para Jefferson, uno de los grandes genios que construyeron el sistema presidencial como una nueva forma de gobierno republicano, la reelección presidencial se veía como una cuestión de poder, y la necesidad de limitarlo para que ninguna persona pudiese perpetuarse en el mismo, aún cuando tuviera “la indulgencia y el apego del pueblo”. Su creencia era que el precedente, iniciado por Washington y que él seguiría, de retiro luego de dos períodos, si el presidente fuese reelecto, devendría en el fundamento de la limitación de ese poder. También consideró la posibilidad de establecer este límite a través de una enmienda a la Constitución, pero esta no vino a materializarse, sino luego de que Franklin D. Roosevelt ganara cuatro elecciones consecutivas (1932, 1934, 1938, 1944) en el contexto de la gran depresión y la entrada de Estados Unidos a la segunda guerra mundial. El Congreso propuso la vigésimo segunda enmienda el 21 de marzo de 1946, y la misma entró en vigencia el 27 de febrero de 1951, luego que las tres cuartas partes de los Estados ratificaran dicha enmienda.
En ningún momento Jefferson, ni ningún otro de los padres fundadores de Estados Unidos que diseñaron el sistema de gobierno presidencial, concibieron la reelección como si se tratase de un derecho individual de la persona que en ese momento ostentaba la presidencia, mucho menos de la generalidad del pueblo. Para ellos se trataba de una cuestión de poder y la necesidad de limitar el mismo mediante el establecimiento de una regla –ya sea consuetudinaria o formal- al sistema político-electoral para que ninguna persona pudiese ocupar la presidencia de ese país por más de dos períodos. Cuando se dio esa circunstancia –las consecutivas reelecciones de Roosevelt-, el sistema político reaccionó, y estableció la enmienda constitucional sobre la que Jefferson había pensado más de un siglo atrás.
Sorprende mucho, pues, que en algunos países de América Latina se haya comenzado a ver la reelección desde la perspectiva de los derechos individuales, lo que ha llevado a algunos tribunales o salas constitucionales a eliminar toda prohibición a la reelección, como el reciente caso de Honduras. Esto es expresión de una especie de “rococó constitucional” latinoamericano que lleva a la distorsión de las instituciones políticas para satisfacer determinados objetivos políticos. En nuestro país también ha habido una corriente de opinión en el debate actual sobre la reelección presidencial que la ha categorizado como una cuestión de derechos, y no como lo que es, una regla del sistema político-electoral para limitar el poder de quien ocupa la oficina más poderosa en el régimen presidencial. Por eso las reflexiones de Jefferson son tan oportunas y refrescantes en este contexto.
Flavio Darío Espinal
Flavio Darío Espinal