La Iglesia en la que no creo...
La Iglesia en la que creo es la del Evangelio. Es una Iglesia sencilla, pobre, humilde, que no hace alardes, que no juzga sino que abre sus brazos a todos, independientemente de su nacionalidad, raza, religión o preferencias sexuales. Es una Iglesia abierta y compasiva, que entiende la naturaleza humana y sus debilidades, que sale a la calle y huele a pueblo. No se amarra a poderes ni esconde sus pecados, sino los confiesa públicamente y ruega el perdón. Es generosa y respeta la vida de todos. Es una Iglesia pescadora de hombres (y mujeres) y no simplemente un conserje de peceras. Es atrevida porque desafía la maldad y el abuso del poder que se ejerce en nombre de una falsa autoridad. Es ecuménica porque entiende que Dios solo hay uno, y es el Padre de todos. Es una Iglesia que sale a la calle a hacer líos para defender la justicia y la verdad, por encima de todo interés. Es la Iglesia de Jesús, la de Francisco. Es la del Evangelio.
La Iglesia en la que no creo es la creada para servir al poder. Es un Iglesia altanera, orgullosa, ambiciosa, pretenciosa. Recibe prebendas del poder en forma de salarios, subvenciones, exoneraciones, jeepetas y galones militares. Se cree por encima de la chusma, a la que apenas puede tolerar. Es clasista, rica, huele a perfume y no a pueblo, y viaja en primera clase, para ostentar su poder. Esconde sus pecados y los guarda en secreto. Discrimina a los que no piensan como ella. Los insulta y los rechaza sin misericordia. No abre sus brazos sino que los cruza para que no quepan los demás. Así, se jacta de tener la única línea de comunicación con Dios, y adversa todas las otras creencias. Es una Iglesia con rituales rimbombantes y joyas en las manos, manos que nunca han trabajado como el pueblo ni con el pueblo Es la Iglesia de los gorros ridículos y las capas rojas, como Caperucita, que sirven para anunciar que se creen estar por encima del bien y del mal. Es la Iglesia que, lamentablemente, algunos vemos a diario, mucho más de lo que quisiéramos.
Prefiero quedarme con aquella en la que creo. A la otra, solo le recomiendo leer una vez más el Evangelio.
Mario D. Davalos S.
Diario Libre
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