La letra escarlata

Sentados bajo la sombra de una mata de mamey, al alcance de una jarra de jugo de limón y de una infusión de moringa, los dos personajes de este artículo rumiaron su desesperanza.
-Cucharita, le recomiendo que se lea una obra de la literatura de Estados Unidos, titulada "The Scarlet Letter", escrita por Nathaniel Hawthorne, que relata la vida de los colonos inmigrantes asentados en Nueva Inglaterra; su cultura, virtudes y prejuicios.
-Abimbao, ¿y de que trata esa obra?
-Eran grupos puritanos: pecaban, pero escondían las culpas. Un día se ensañaron con una mujer que violó las reglas, llamada Hester Prynnes, y la condenaron a llevar para siempre una letra escarlata bordada en su pecho, como símbolo de deshonra, que la convertía en paria, como si portara una peste contagiosa.
-Sigo sin entender.
-Es que con el tiempo se demostró que esa mujer era más virtuosa que las demás, pero el daño moral que se le causó nunca pudo ser reparado.
-Abimbao, eso es parte de la naturaleza humana.
-Fíjate, Cucharita, algo similar ocurrió con Deng Xiao Ping. A pesar de sus grandes dotes y de su profundo sentido práctico, fue obligado por el régimen de Mao Tse Tung a vivir en el ostracismo, cultivando huertos, con riesgo permanente de su vida.
-Quizás él se lo buscó por tener tanto liderazgo. Recuerde que había una lucha por el poder.
-Tal vez tengas razón, pero cuando Mao Tse Tung cayó enfermo, en ese momento de incertidumbre, Deng fue el hombre providencial que, aun habiendo portado en su pecho el logo infamante de la letra escarlata, pudo conducir a China a una profunda transformación hacia el desarrollo. Sin él, tal vez China no ocuparía el lugar de preeminencia que hoy tiene en la economía mundial. En este caso, el daño pudo ser reparado, lo que repercutió en bienestar para la nación.
-Tenga en cuenta, Abimbao, que en nuestro país ocurre lo mismo. Y la explicación se encuentra en la composición social y en una base cultural precaria.
-Diste en el clavo: nunca se sabrá cuántos cerebros han visto abortadas sus carreras y vocación de servicio por las zancadillas puestas por los creadores de etiquetas. Y jamás se conocerá su enorme costo social.
-Así es. Y qué pena da comprobar que sobre el pecho de gente valiosa cuelga un símbolo de interrogación, cuando son mejores en sus oficios y como seres humanos, que los que inventan tales argucias.
-Y si se escarbara en las fibras humanas, se podría demostrar que los hacedores de estas diabluras desarrollan una capacidad admirable de disimulo. Siempre siniestros, disfrutan de su pusilanimidad, y a veces hasta son aclamados porque en el fondo sólo se conoce de su artificiosa envoltura y no de sus negras y abominables entrañas.
En eso, el patrón, paternalista, les dice: -Son almas que sufren mucho. ¿Pero qué importa una etiqueta más, o una menos? Los que la tuvieren, deberían portarla con orgullo, porque es la medida que consagra su talento. Lo demás es simple majadería, afán social. Rimbombancia de las aristas del alma. Pretensión fatua.
-Cucharita, el patrón tiene razón, pero es necesario dibujar su retrato genérico para que se espanten cada vez que estén frente al espejo, y para que la sociedad pueda identificarlos y hasta sancionarlos.
-¿Cómo así?
-Escucha. Torcuato Luca de Tena escribió un libro magistral sobre los renglones torcidos de Dios, en que describe, con piedad y conmiseración, como la enajenación mental puede llevar a la más espantosa miseria humana.
-Si, pero no entiendo adonde quiere llegar.
-Atienda, Cucharita. Esos seres desdichados que pululan y ululan en el manicomio, han perdido el dominio de su mente, y sin embargo poseen un alma limpia y bondadosa.
-Correcto, ¿y qué?
-Luca de Tena no incluyó en su libro a estos otros renglones torcidos de Dios, que son los aficionados en fabricar y poner a circular letras escarlatas para opacar y sacar de competencia al prójimo. Y, ¿sabes por qué?
-No. No lo sé.
-Porque tuvo miedo de sondear sus oscuros abismos mentales, y presintió que, si lo hacía, hubiera tenido que morir de horror.
edogarmi.fullblog.com.ar
Eduardo García Michel
Eduardo García Michel