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La sociedad de la decepción

El título corresponde al libro-entrevista del sociólogo y filósofo francés Gilles Lipovetsky, donde nos presenta la tesis de que las sociedades hipermodernas aparecen como sociedades de "inflación decepcionante". La decepción forma parte de la condición humana, padecerla pone al individuo ante la encrucijada de ser víctima de la ansiedad, la frustración y el desengaño o de superar una dura prueba en busca de la verdadera esperanza. Cuando más se presentan las vivencias decepcionantes, más amplias son las invitaciones a no quedarse paralizado, sino a cultivar la reflexión, el cuestionamiento, el optimismo y la crítica social.

Más como narrador de las transformaciones del presente social que como filósofo, Lipovetsky plantea una relación estrecha entre decepción y consumo. Sostiene que mientras más se presentan los desengaños y las frustraciones de la vida individual y colectiva más se agiganta el consumismo como paliativo, como compensación y como forma de "levantar el ánimo". Sin intención moralizante, al autor enfatiza que la sociedad de hiperconsumo genera inseguridad y desorganización psicológica, la explosión de depresiones y síntomas de deterioro de la autoestima. Unos, por tener capacidad de consumir y considerarlo el motor de su felicidad; otros, que por carecer de medios para consumir se sienten frustrados, humillados y fracasados.

Lipovetsky habla también de la decepción con las instituciones que ya no pueden sustentar los modelos de comportamientos aceptables. Destaca la decepción con la escuela y la educación actual, que no llega o apenas llega a cumplir su papel de correctora de desigualdades y agente de movilidad social. Destaca que uno de los grandes desafíos de la educación será el proporcionar nuevos sistemas de formación intelectual que den cabida a la ciencia y a las humanidades.

Hay decepción también con las instituciones religiosas, "éstas han perdido la capacidad de garantizar al individuo elementos capaces de satisfacer la necesidad de plenitud espiritual. Las instituciones religiosas tradicionales se han burocratizado y ya no permiten el contacto extático con lo divino", dando lugar a la aparición de "religiones emocionales".

Lipovetsky no deja fuera la decepción política. Son muchos y amplios los aspectos que originan el desencanto político, que va en aumento, y que se manifiesta como decrecimiento de la influencia de los partidos políticos sobre el electorado. Esta resurgiendo el populismo. El electorado de derecha forma filas con los gobiernos de esta tendencia, incapaces de garantizar servicios indispensables a los ciudadanos. La sociedad actual acusa una fuerte corriente de desconfianza, de escepticismo y falta de credibilidad de los dirigentes políticos. La política está desacreditada, ha sido incapaz de llenar su papel integrador en una sociedad plural. Y, lamentablemente, no habrá integración sin una política justa hacia las minorías visibles, y hacia las mayorías excluidas, sin acciones que aumenten la igualdad de oportunidades.

También la democracia presenta un rostro decepcionante. "Para los excluidos, desafiliados, sin perspectivas de futuro, la democracia no cumple sus promesas: sigue siendo una especie de cáscara vacía. Este sentir es compartido por Bertrand Richard, quien acompañó a Lipovetsky en la entrevista que originó este texto: "¿ Y cómo no sentirnos decepcionados, heridos, dolidos con nuestras laboriosas democracias, cuando, pese a tener por código genético los derechos humanos, dejan tantos sufrimientos intactos?". La decepción actual es inseparable del respecto por el orden democrático pluralista.

Lipovetsky no nos deja sumidos en una decepción insuperable. Hay salidas individuales y colectivas para escapar a la desesperanza. Hay que sembrar perspectivas de futuro. Hay que enfrentar el debilitamiento de las regulaciones sociales y familiares, hay que exigir formas de vida decente y justa para aquellos que no pueden vivir "como todo el mundo". Hay que rescatar espacios de deliberación para redescubrir que "el ideal de los individuos y de los pueblos no de reduce a adquirir-poseer-gozar cosas. Conocer, aprender, crear, inventar, progresar, ganar autoestima son ideales y ambiciones que los bienes comerciales no pueden sustituir.

La República Dominicana es un país decepcionado en su pasado histórico y en su presente. Que no sea en su futuro dependerá del coraje colectivo para combatir con urgencia las desdichas que nos afligen. Hay que poner al pueblo a mirar hacia un horizonte más optimista inseparable de la ética, lejos de la corrupción que contamina nuestra decencia nacional y nos pone en "rincones estadísticos" verdaderamente bochornosos.