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Las leyes del capitalismo

“Desde hace mucho tiempo los economistas se han embarcado en la ambiciosa búsqueda de descubrir las leyes generales del capitalismo… Pero la búsqueda de esas leyes ha sido mal dirigida porque ignora la evolución endógena de la tecnología y de las instituciones y del equilibrio político que influencia no solo a la tecnología, sino también al funcionamiento de los mercados y cómo las ganancias derivadas de los distintos arreglos económicos son distribuidas. A pesar de su erudición y creatividad, Marx fue descarriado porque no tomó en cuenta esas fuerzas. Lo mismo es cierto del dramático recuento que Piketty hace de la desigualdad en las economías capitalistas.” Acemoglu y Robinson, JEP 2015

Daron Acemoglou y James Robinson son dos economistas –el primero en MIT, y el segundo en Harvard- que comparten el interés por la confluencia de la historia y el desarrollo económico, dos campos de la economía que recientemente han despertado el entusiasmo de muchos investigadores, y en los que ellos se han destacado de forma muy sobresaliente. Si bien han producido una numerosa y valiosa obra a través de sus publicaciones en las más importantes revistas académicas del planeta, también han sido capaces de escribir para el gran público, tal como quedó demostrado con su extraordinario libro Por qué fracasan los países, publicado en 2012, y de lectura obligada para los economistas interesados en los temas del desarrollo.

Pues bien, los citados autores acaban de publicar el trabajo The Rise and Decline of General Laws of Capitalism (Journal of Economic Perspectives, febrero 2015), en donde hacen una dura crítica a los intentos de importantes economistas que han tratado de descifrar las leyes generales que gobiernan el funcionamiento del sistema capitalista, como en los casos de David Ricardo, Carlos Marx y Thomas Piketty. El solo hecho de que el nombre de Piketty se mencione junto a esos dos grandes economistas clásicos es una muestra de la relevancia que ha tenido su libro El Capital en el Siglo XXI, publicado el año pasado.

La primera aclaración de Acemoglu y Robinson hace referencia al uso del término capitalismo al considerar que éste no es útil a los fines de hacer comparaciones económicas o análisis políticos, pues las características de las sociedades son más importantes que la propiedad y la acumulación de capital al momento de explicar los niveles de desarrollo y desigualdad existentes. Los casos de Suiza y Uzbekistán sirven de ejemplo. Ambos países tienen propiedad privada del capital, pero son muy diferentes en materia de prosperidad y de desigualdad. Y destacan que Uzbekistán tiene más similitud con Corea del Norte, un país socialista.

Los autores entienden que el contexto histórico jugó un rol fundamental en las leyes que tanto Ricardo como Marx creyeron observar en el desenvolvimiento del capitalismo. Ricardo creyó que la acumulación de capital terminaría en estancamiento y en desigualdad como resultado de la creciente participación de la renta de los propietarios en el ingreso nacional. Eso era, precisamente, lo que estaba ocurriendo en Inglaterra en el momento que Ricardo lo consideraba como una ley indetenible. Igual pasó con las leyes que Marx planteó a partir de su observación del capitalismo, a saber, tres leyes generales: caída en los salarios reales; caída en los beneficios de los capitalistas, y alta concentración industrial como fruto de la acumulación de capital. Ningunas de las supuestas leyes –ni de Ricardo ni de Marx- pudieron sostenerse ante las evidencias de la historia.

En el caso de Piketty, quien sigue la tradición de Marx, la ley fundamental que describe es que el retorno del capital crece más rápido que el crecimiento de la economía, y que por lo tanto se genera una desigualdad debido a la creciente acumulación de capital. Sin embargo, Acemolglu y Robinson demuestran que una tasa de retorno del capital superior al crecimiento económico es compatible con patrones de desigualdad constantes o decrecientes, no exclusivamente con desigualdad creciente. De hecho, Piketty prácticamente decreta –sugieren los autores- que los altos niveles de desigualdad del siglo XIX muestran el fracaso de la Revolución Francesa. Sin embargo, de acuerdo con la evidencia empírica –apuntan Acemoglu y Robinson- esa revolución no solo redujo la desigualdad, sino que también produjo cambios institucionales y crecimiento económico en el resto de Europa.

En conclusión, los autores entienden que Piketty, Marx y Ricardo se equivocaron por las mismas razones. Sus leyes ignoraron el rol de las instituciones y de la política, así como el carácter flexible y multifacético de la tecnología. Cualquier teoría de la desigualdad –enfatizan- tiene que considerar, además de las instituciones políticas y económicas, ‘la evolución endógena de la tecnología en respuesta a factores económicos, demográficos e institucionales.’ Como se puede apreciar, en la raíz de los problemas del subdesarrollo y la desigualdad está la fundamentación política. Sin un cambio sustancial en la forma como se ejerce el poder político no es posible lograr el marco institucional que presupone la superación de la pobreza.