80 años de un magisterio literario fecundo

El dictador visitaba Moca para conocer la nueva Iglesia Sagrado Corazón de Jesús un año después de su inauguración a la que no asistió por descubrirse un complot en su contra. Además, nunca puso un centavo para la edificación. Los mocanos pudientes y las alcancías de los pobres llevadas por campos, barrios y las comarcas más lejanas, hicieron sus aportes para levantar el más impresionante templo católico de la República.

Yo era un niño, el más niño de todos los monaguillos. Bruno era el mayor, ya un adolescente. Recuerdo muy poco de lo sucedido, pero Bruno lo ha memorizado por completo y lo ha contado más de una vez. Trujillo entró por la sacristía, acompañado de su hermano Petán y del gobernador Luis Guzmán Taveras. Por la misma sacristía partiría luego, sin saludar más que a los sacerdotes que le acompañaron en el presbiterio. Nunca tomó asiento. No hubo tedeum ni oficio religioso alguno. El padre Antonio Flores, párroco y constructor del templo, le mostraba los vitrales de Turín, el órgano construido en Milán, las lámparas de Murano, los mármoles de Carrara, la puerta del perdón, el mosaico de la Virgen de Guadalupe y todos los espacios de la nave central de aquella gran obra que, durante años, cada fin de semana llegaban para conocerla personas en guaguas de todo el país. La obra había sido diseñada por el arquitecto Humberto Ruiz Castillo, quien también diseñara la iglesia Don Bosco en la capital, la capilla San Rafael del Palacio Nacional, el paraninfo de la UASD y hermosas residencias de Gascue. Cuando ya decidió partir –algunos aseguran que no permaneció en el templo más de quince o veinte minutos- el Generalísimo se acercó a los monaguillos y poniendo su mano sobre mi cabeza dijo: “Qué monaguillo más chiquito”, lo que provocó que me hiciese famoso durante un tiempo. No recuerdo el acontecimiento, pero Bruno sí y ha escrito sobre lo sucedido.

Bruno partiría muy pronto a estudiar para sacerdote, vocación que abandonó cuando le faltaban meses para ordenarse. Yo dejé de verle, aunque en mi casa era asiduo su hermano Dionisio, que también estuvo en el seminario, muy amigo de mi madre y también mucho mayor que yo. El padre de Bruno solía detenerse a hablar con mi progenitora cuando pasaba por la calle Imbert donde vivíamos, de modo que había una relación muy fraterna con los Rosario Candelier. Bruno se dedicaría a estudiar y luego partiría a España donde se invistió como doctor en Filología Hispánica. Recuerdo que cuando regresó de Madrid –me parece ver ese momento- vino a saludar a doña Lolita, como él llamaba a mi madre y, entonces, me dijo que tenía planes de organizar la juventud mocana de esa época para forjar un núcleo de cultura y de promoción literaria, y que deseaba que yo, entonces con 18 años de edad, formara parte del grupo. En efecto, poco tiempo después Bruno fundó, junto a Adriano Miguel Tejada, nuestro inolvidable Linche, el Ateneo de Moca que, con el paso de los días, se convirtió en un referente nacional de estudio y elevación de los valores de las letras dominicanas. Los famosos Coloquios de Moca, que el Ateneo dirigido por Bruno organizó entre fines de los sesenta e inicios de los setenta, permitió reunir mensualmente a los más importantes escritores nacionales y a los que comenzaban a emerger en la literatura nuestra. Ahí conocimos y escuchamos hablar por primera vez a Marcio Veloz Maggiolo, Carlos Esteban Deive, Antonio Fernández Spencer, Francisco Nolasco Cordero, Freddy Gatón Arce, Frank Moya Pons, Norberto James, Juan José Ayuso, Antonio Lockward Artiles, Jimmy Sierra, Manuel Mora Serrano, Marianne de Tolentino, Héctor Amarante, entre otros más. Conocí por vez primera, y me firmaron una folletico con sus poemas, a Mateo Morrison, Andrés L. Mateo y Rafael Abreu Mejía. El poeta Juan Alberto Peña Lebrón y Aída Cartagena Portalatín eran no solo activos participantes sino que ayudaban a localizar a muchas de esas figuras para que asistieran a estos coloquios. Fue uno de los momentos más altos en el debate de las ideas literarias del momento que se haya realizado en provincia alguna de nuestro territorio.

Bruno se dedicaría a la cátedra universitaria en la Universidad Católica Madre y Maestra, donde permanecería por tres décadas, y comenzaría, ya entrados los setenta, a publicar sus ensayos críticos, comenzando por su célebre tesis universitaria sobre Lo popular y lo culto en la poesía dominicana. Me presentó un día, cuando me invitó a acompañarlo a Estancia Nueva, el gran solar de los Cáceres, Taveras y Guzmán, a don Emilio García Godoy, notable sonetista, padre de Héctor García-Godoy Cáceres, quien fuese presidente de la república luego de los sucesos de Abril de 1965. Era un hombre que mostraba distancia, pero que exhibía los buenos modales de sus años como diplomático, además de ser dueño de conocimientos amplios sobre la literatura clásica universal y dominicana. De hecho, el primer libro de Bruno, publicado en 1975 –hace 46 años- fue La poesía de Emilio García Godoy, donde recogió los sonetos del hijo de don Federico García Godoy.

Con los años, Bruno se convertiría en crítico literario, ensayista, filólogo, pero sobre todo en un educador y un activo divulgador de la literatura dominicana. Como educador cultural ha sido el promotor de nuevas generaciones literarias y, hasta la fecha, sigue ejerciendo esa labor con firmeza inquebrantable y con una vocación de servicio a nuestras letras que no tiene iguales. Esa labor educativa se consolida cuando crea en 1990 –hace 31 años- el movimiento interiorista y el Ateneo Insular, dando impulso y vigencia a lo que él ha denominado la poética interior. Durante tres décadas, han pasado muchos escritores en agraz y otros con obras ya en proceso, por ese espacio de formación, debate, estudio y construcción de proyectos literarios que ha sido el Ateneo Insular, a nuestro juicio, el conglomerado de mayor duración y activismo de nuestra historia literaria. El postumismo solo vivió con Moreno. El vedrinismo solo existió en los piruetajes verbales de Vigil Díaz. Nadie pudo darle alcance al pluralismo de Rueda que solo fue ejercicio suyo. Los núcleos mayores de nuestra vida literaria, como los Sorprendidos, hicieron una obra augusta pero se dispersaron y hasta enemistaron en breve tiempo. En el movimiento interiorista habrán ocurrido disidencias y salidas, como en todo agrupamiento, pero ha permanecido con nuevos integrantes y con espacios abiertos dentro y fuera del país, gracias al liderazgo de su fundador.

Toda la labor de Bruno ha sido, fundamentalmente, educativa. Ha educado para y por la literatura, independientemente de sus aportes propios como crítico y ensayista. Se ha mantenido firme sobre esos rieles y el país cultural debe agradecerle su empeño y su coherencia. Incluso, como director de la Academia Dominicana de la Lengua y como miembro correspondiente de la Real Academia Española (RAE), formó equipo, como siempre hace un buen educador, para realizar tres grandes contribuciones, nunca antes asumidas: lograr que el diccionario de la RAE incluyese más de cuatrocientos vocablos dominicanos, publicar el Diccionario del Español Dominicano y el Diccionario Fraseológico del Español Dominicano. Solo esos tres aportes diferencian la gestión de Bruno de las anteriores direcciones de la ADL.

Todas sus facetas literarias yo las resumiría en una sola: educador. Ese habrá de ser su gran legado. Nunca se acercó a ningún grupo o entró a la docencia universitaria o al redil académico, o formó ateneos y círculos de estudios literarios o escribió libros y antologías, sino fue para educar, para formar, para crear interés y pasión por el ejercicio de las letras y el buen uso de la lengua. El país cultural tiene en él a un paradigma como pocos. El bronce esculpido de una viva y digna hazaña cultural que debe respetarse y celebrarse.El pasado miércoles 6 de octubre, Bruno Rosario Candelier, Premio Nacional de Literatura, cumplió 80 años de vida. Salvo los años que vivió en España nunca quiso salir de su Moca nativa, donde forjó una familia ejemplar y desde donde sigue ejerciendo su magisterio fecundo.

LIBROS
  • Lo popular y lo culto en la poesía dominicana
  • Bruno Rosario Candelier
  • UCMM, 1977
  • 372 Págs.
  • La tesis para su doctorado en filología hispánica, convertida en uno de los libros fundamentales de nuestra crítica literaria.
  • La imaginación insular
  • Bruno Rosario Candelier
  • Premios Siboney, 1984
  • 190 págs.
  • Mitos, leyendas, utopías y fantasmas en la narrativa dominicana. Premiada por un jurado compuesto por José Alcántara Almánzar, Hugo Tolentino Dipp y Pedro Troncoso Sánchez.
  • La creación mitopoética
  • Bruno Rosario Candelier
  • UCMM, 1989
  • 252 págs.
  • Símbolos y arquetipos en la lírica dominicana. Premio Siboney 1985. Uno de los tres libros esenciales del autor y de la crítica literaria dominicana.
  • Ensayos críticos
  • Bruno Rosario Candelier
  • UCMM, 1982
  • 301 págs.
  • Análisis de textos dominicanos contemporáneos. La fotografía de la portada corresponde a uno de los Coloquios de Moca en 1970 con Marcio Veloz Maggiolo.
  • Tendencias de la novela dominicana
  • Bruno Rosario Candelier
  • PUCMM, 1988
  • 378 págs.
  • Uno de los libros fundamentales sobre la novela dominicana, acompañado de un estudio sobre la teoría de la novela y las técnicas narrativas.

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