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A la sombra de un gigante

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A la sombra de un gigante

Esos guerreros de lo imposible, para quienes la derrota no existe, cultivadores perennes de los sueños a la espera del momento oportuno de ponerlos en práctica, visionarios columpiados por sus ideas y propósitos nobles más allá del presente implacable, son los llamados a forjar la historia y dejar huellas que a nosotros, comunes mortales, no queda más remedio que seguir. Pese a su pesada carga de liderazgos fallidos y tormentos seculares que recuerdan Sísifo, nuestro pedazo de isla ha sido pródiga en la producción de hombres fuera de serie y a quienes, sin embargo, debemos evaluar con el dictum de Terencio en el fiel de la balanza: soy humano y nada me es ajeno.

En estos días aciagos en el partido de mayor votación en el país, el nombre de José Francisco Peña Gómez ha sido llevado y traído en un ejercicio similar de hipocresía y falsedades al que amargó la agitada vida de este gran dominicano, ido a destiempo por una enfermedad espantosa, inmerecida. Su generosidad no se limitaba a mantener abierto el regazo partidario a cuantos lo habían traicionado, a los oportunistas de tomo y lomo, tránsfugas consuetudinarios y demás yerbas sin aroma que pueblan el quehacer político, sino a aceptar con humildad las críticas y mantener tendido el ramo de olivo a sus adversarios. La ingenuidad es una virtud en estos animales galácticos. No es producto de la ignorancia o del discernimiento escaso que impide distinguir al cojo sentado y al tuerto durmiendo, sino del convencimiento democrático profundo y de una capacidad inagotable para hacer suya la suerte de los otros, sobre todo cuando es mala, con trazos de retama en cada mordisco de la vida.

Discrepo de las adhesiones políticas ciegas como parte del inventario existencial. Poco me importaba el ostracismo pasajero de la gracia jorgeblanquista en aquel segundo período de gobierno perredeísta. Pedro Bonilla, ingeniero ameno, perredeísta consumado y componedor brillante, organizaba unos desayunos con periodistas y amigos en los que Peña Gómez era habitué. Había trascurrido poco tiempo de un viaje mío a Hong Kong, aún colonia británica, y desde donde ya era posible visitar las áreas chinas próximas a la frontera, escenario del proceso de industrialización acelerado tras el final de la década perdida de la llamada revolución cultural. Mis impresiones del cruce de frontera y observación in situ del fenómeno económico que tomaba cuerpo en la amplia franja ribereña del Río de las Perlas y el Yangtze mantenían plena vigencia, frescas en mi remembranza de caribeño curioso.

En uno de esos viajes de la Internacional Socialista temprana aún la década de los años ochenta, don José Francisco había llegado hasta Shenzhen y Guangzhou (Cantón), ciudades donde las fábricas aparecían con la rapidez de hongos y la producción salía al mundo por el puerto de Hong Kong y, en menor escala, Macao, también colonia, de Portugal. Antes de las reformas políticas y económicas que apuntaban hacia una verdadera revolución en el gigante asiático, Shenzhen catalogaba como una pobre aldea de pescadores. Hoy en día, es una gran ciudad con rascacielos, vías rápidas y un magneto comercial. Peña Gómez describió con maestría el plan piloto que allí se llevaba a cabo -el primero de su tipo en China, en 1980-, y de inmediato lo conectó con las posibilidades dominicanas. Estaba perfectamente al tanto de la estrategia de Deng Xiaoping, de las implicaciones y retos geopolíticos, pero, sobre todo, le interesaba la adaptación del modelo al clima nuestro. Años luego, las zonas francas dominicanas arrancaban con toda la fuerza, convertidas en fuentes importantes de empleo, innovación y posicionamiento en la cadena global de suministro.

La educación ha devenido mantra. La experiencia de los tigres asiáticos no deja dudas de que la solución al subdesarrollo pasa por la capacitación de la mano de obra, el surgimiento de una elite ilustrada, la eliminación del analfabetismo y, en fin, el despertar de las energías sociales en base al conocimiento. Si no hemos trascendido el estadio de atraso pese a los evidentes avances conseguidos, se debe a que continuamos en el índice vergonzoso de países de iletrados, de gente que no domina los rudimentos de las matemáticas, que comunica malamente sus ideas y se empantana ante cualquier situación que requiere un mínimo de razonamiento y deducción lógica.

Educar parte de un presupuesto dinámico, de una interacción ajustada entre el Estado y la sociedad que provee soluciones particulares sin apartarse de reglas que son prácticamente universales. Las bibliotecas son un ejemplo de cómo poner el conocimiento al servicio de la sociedad y corregir la disfunción resultante de la disparidad económica que frena la democratización del libro. Desde mis años de estudiante en Europa, en la prehistoria, me asombraba que en cada barrio de Londres hubiese una biblioteca y que a su alrededor operase un montaje cultural con sabor a pueblo. Una de las grandes iniciativas del Peña Gómez alcalde de Santo Domingo fue la creación de una red de bibliotecas móviles, empeño encomiable de relacionar la sociedad llana con el impreso educativo, de llevar a los barrios lo mejor de la literatura universal.

Fue un esfuerzo fallido, no echó raíces y prontamente fue abandonado por quienes le han sucedido en el sillón edilicio. Pero el ejemplo está ahí, en sí mismo una enseñanza de preocupación genuina por el enriquecimiento espiritual de quienes solo cuentan en las campañas electorales. De reojo, observé una tarde cualquiera a un desarrapado manosear un ejemplar de una de esas obras antológicas de Tolstoi, olvidé ya si Guerra y paz, o mi favorita, La muerte de Iván Ilich. Tolstoi se adelantó a Gandhi en la condena de toda forma de violencia; y a Abraham Lincoln, al emancipar a sus siervos. Con su tesón y espíritu visionario, Peña Gómez dio un paso al frente en la apuesta por la educación como el instrumento definitivo de desarrollo.

La ciudadanía debería ser materia mandatoria en el pénsum escolar. Los derechos carecen de significado si marginados de las obligaciones que comportan. Cuenta del Estado es garantizar que ambos se cumplan y, muy importante, arbitrar las tensiones anejas. La facilitación del ejercicio ciudadano antecede a la reconvención o castigo por dañar a la comunidad con el olvido adrede de las reglas que posibilitan las relaciones sociales. Al arrojar basura a la calle se altera el ornato pero también se atenta contra la salud colectiva. De uno de sus tantos viajes a Europa, Peña Gómez importó la idea y los materiales para corregir ese serio problema. En Barcelona, por ejemplo, en las esquinas de las barriadas con vías que permiten el paso de los camiones recolectores mecanizados hay unos enormes botes plásticos para que los ciudadanos depositen ahí sus desperdicios sin necesidad de recorrer largos trechos. Con muy poca intervención humana, la basura es recogida en las madrugadas. La ciudad condal es una de las más limpias del mundo.

Buscando una vía más expedita para cruzar a la zona oriental capitaleña, me desplazaba por la Calle 17 cuando advertí los botes similares a los catalanes pero de color negro. Era una idea fuera de tiempo, porque fueron destruidos o robados por los vecinos. La mecanización de la recolección de desperdicios funciona en la Barcelona vanguardista y europea, no necesariamente en las barriadas de un Santo Domingo que todavía exhibe un grado alarmante de suciedad, cloacas atascadas, efluvios malsanos y bolsas plásticas despanzurradas por los animales realengos, la miseria humana o la ignorancia ciudadana, el contenido expuesto como muestra asquerosa de cuánto camino nos queda aún por recorrer para que la mentalidad de Peña Gómez nos contagie a todos de buena ciudadanía.

Sabía que hablaba inglés, francés y alemán. En su oficina política, lo escuché un día responder una llamada en un idioma extraño que posteriormente identificó como sueco. Si queremos un ejemplo de superación personal, de avidez por la lectura y de comprensión cabal de la importancia de contactos internacionales en posiciones de poder, el alumno aventajado del profesor Juan Bosch tiene que ser reconocido de inmediato. Su liderazgo se adecúa perfectamente a las nociones de Max Weber sobre el carisma. Sin embargo, el dominio evidente de los temas más complejos y el análisis perspicaz de situaciones se corresponden con un hombre de estudios, preocupado sin desmayar por el aggiornamento personal.

Se pasea a Peña Gómez como escudo. Se le lleva como estandarte. Se le cita como el garante de una ortodoxia que todos osan atribuirse. Todos son sus herederos, pero, pregunta forzosa, de qué. En el poder, no los vi secundar con hechos las ideas brillantes de ese negro insigne, preclaro, y que suplía el desorden de su agenda diaria y múltiples proyectos, a veces inconexos, con una dimensión humana insospechada, con una humildad que no se alimentaba de sus orígenes paupérrimos y exclusión social, sino que en él era virtud de gran hombre. La retórica está ahí, en cada declaración se resalta la contribución que hizo a la democracia dominicana, al fortalecimiento de una maquinaria política que ha resistido el sitio de las ambiciones y la penetración de las inequidades.

Mas no hay sustancia en esa apropiación indebida del Peña Gómez que hasta sus enemigos reverencian: enterrado no representa ya peligro alguno para tanto reaccionario a ultranza que aún se atreve a postular ideas trasnochadas, contrabandeadas como nacionalismo o defensa de unos valores que en modo alguno pueden ser comunes a todos los dominicanos. Me preocupa que tanto abuso sepulte la verdadera imagen de quien ha sido el gran líder del PRD una vez Bosch decidió marcharse y, en una tarea verdaderamente titánica, construir la otra gran fuerza política con unos pocos de sus discípulos. Las cosas sabatinas que digo suelen ser de otro matiz. Tanto tomar el nombre de Peña en vano me escuece y no hallo remedio en rumiar a solas.

El líder perredeísta no tiene cabida en estos aprestos de divisiones, de codazos, empujaderas, tanto embeleco y calumnias. Su grandeza no se aprisiona en declaraciones destempladas. Ni se resaltan sus méritos con coronas de flores que marchitan las palabras con que se acompaña el depósito ante la tumba del dirigente político emérito.

Bajo la sombra del gigante podrán cobijarse todos, pero dudo que la merezcan. Mucho menos que la entiendan.

Se pasea a Peña Gómez como escudo. Se le lleva como estandarte. Se le cita como el garante de una ortodoxia que todos osan atribuirse. Todos son sus herederos, pero, pregunta forzosa, de qué.

En el poder, no los vi secundar con hechos las ideas brillantes de ese negro insigne, preclaro, y que suplía el desorden de su agenda diaria y múltiples proyectos, a veces inconexos, con una dimensión humana insospechada, con una humildad que no se alimentaba de sus orígenes paupérrimos y exclusión social, sino que en él era virtud de gran hombre.