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Abuelos y abuelas

Continúo con los viejos y las viejas: Ahora con abuelos y abuelas hechos a la medida, con migas de pan en todo el cuerpo y el corazón hecho de miel y con ellos está la mano amiga que cuando éramos niños nos ayudó a curar los golpes que nos iba dando la vida, como también el que nos causó la bicicleta. Comprensivos y apoyadores y, más aún, enseñan a compartir risas y cuentos, trazan caminos por donde transitar, muestran cual es la honestidad, la solidaridad con un amigo, la honradez y las alegrías con las que pueden disfrutar esos nietos y nietas, que según ellos son los más bonitos y los mejores del mundo. Siempre tienen ojos tranquilizantes, luminosos y una fuerte voluntad de amar que se les derrama por todos los sentidos. Son padres y madres dos veces con la emoción de acunar entre sus brazos al niño o a la niña recién nacida. Ternura en flor que se le aposenta en la mirada y acogedores de refugio para compartir la vida.

Fabulosos y tiernos son los recuerdos que conservo de mis abuelos. Con ellos he podido tejer cuentos de hadas con gnomos incluidos. Uno de los dos, intelectual, lo recuerdo en el lago apacible de mi nostalgia. Leyendo libros y revistas que les llegaban no sé de cuantos países, con una biblioteca grande, con libros enormes y pesados forrados de color oscuro y con letras doradas en los títulos. Por las noches con el oído pegado a la BBC de Londres escuchando noticias del mundo entero. Los nietos le decíamos Papá Bele, Don Gumersindo Belliard para los demás. Este abuelo de origen haitiano, de piel oscura, ojos muy claros, conversador sereno y bien vestido, abrillanta su imagen a cada rato en mi alma.

Mi otro abuelo, Fello Minaya, talabartero, trabajador incansable, de cabellos canosos y pocas palabras, se levantaba al alba, y yo le llevaba el café y el desayuno y me sentaba a su lado y así aprendí algunos oficios manuales que he llevado en mi vida por todos los años que tengo y los que me quedan por vivir. Al atardecer llegaban los amigos para conversar de mil cosas y en voz muy baja comentaban algo de política. No se podía hablar en voz alta pues era en la dictadura de Trujillo. Él decía que el trabajo era su todo.

Hoy me ha tocado a mí ser abuela, al igual que lo fue mi abuela paterna, Rosa Peña. Sé que como yo, mi nieto, no estará ausente con mis recuerdos, aunque me haya ido. No sé cómo serán los años que me quedan por vivir, si me iré con la mente sana y el cuerpo todavía andando, o será con el olvido, la mirada perdida y sabrá Dios cuales cosas más. Hoy día disfruto a mi nieto a cada momento. Soy su “Buela” a cada momento y “Buelinche” cuando quiere pedirme algo. Vivir junto a él y a mi hijo ha sido un regalo del cielo. Por eso he escrito este artículo en continuidad con aquello de respetar a viejos y viejas, pues nosotros aunque algún nieto no nos quieran tanto como los queremos, lo seguiremos queriendo siempre. Mis mejores deseos para las abuelas y abuelos y que Dios los bendiga y los premie por el deber cumplido.