Ahora por todo se arma un rebulú

Los grandes líderes políticos de Latinoamérica, los que dirigen sus Estados desde distintos ángulos, suelen padecer de falta de conceptualización. No generalizo. Pero, sí, la mayoría. Cualquier tema lo resuelven con una chanza, una socarronería; son boquiflojos y dueños de juicios alejados de cualquier atributo intelectual que, se les supone, propio de las altas investiduras que ostentan. Y no es que sean intelectuales ni genios, sino que sean prudentes, pensantes, improvisadores con talento. Y estas virtudes suelen ser escasas entre ellos. No hay día que pase sin que introduzcan sus extremidades inferiores tan hondas que producen boquetes en sus territorios.
El dilema no es nuevo. Viene corriendo desde hace algunas décadas, pero ha ido subiendo de tono y forma, a un nivel que pareciera como si ya no hubiesen hombres o mujeres con talla presidencial o si, por el contrario, son los mismos pueblos los que se sumergen en el caos por cuenta propia y deciden elevar a las cúpulas dirigentes precisamente a quienes no poseen la calidad del juicio armónico, de la razón equilibrada, del parecer y el hacer correctos. Y ese tipo de actitudes tan frecuentes en estos líderes de ocasión, capaces de las más inverosímiles humoradas, lleva directamente a que por cualquier cosa, por más simple que esta sea, se arme un rebulú que, gracias a las redes, se expanden en pocas horas por todo el mundo. Y que conste, me limito a los latinoamericanos, pero el tema y su hematoma crece en las testas quebradas de líderes europeos, por dejar fuera a zonas que, por razones autoritarias, se guardan más en la discreción y en el silencio.
El chiste lo escuché por primera vez de dos argentinos inolvidables, Alberto Cortez y Facundo Cabral, en su célebre espectáculo Lo Cortez no quita lo Cabral: “Los mexicanos descienden de los indios, los brasileños salieron de las selvas, los argentinos descendemos de los barcos”. El chiste se explicaba y en labios de estos grandes intérpretes pues caía de lo más gracioso. Se celebraba. En boca de un presidente, a campo abierto, ya es otra cosa. Siempre he tenido por creencia firme que el mandatario que desciende al formato, los recovecos y las artes anfibias de lo vulgar –que mucha gracia hace en determinados sectores- pierde compostura, nivel y respeto. Ni más ni menos. El presidente argentino Alberto Fernández cayó en ese charco. Soltó el chiste frente al presidente español Pedro Sánchez –que también tiene las suyas, sí, señor- y vino el escándalo. El dirigente argentino es, según se afirma, un magnífico profesor de Derecho Penal, pero en política y desde el mando suele cometer torpezas de distintos diámetros. Ha repetido la frase archiconocida, se la ha atribuido a Octavio Paz y, como colofón, ante la balumba provocada se ha tenido que disculpar. La verdad, empero, es que la frase es de Carlos Fuentes y no de Paz, que la hizo popular un cantante de zamba llamado Litto Nebbia, y que Argentina es el país que mayor cantidad de migrantes europeos ha tenido en toda la historia regional. Cuando la gran nación sudamericana no llegaba a los dos millones de habitantes, entre 1880 y 1930, llegaron de los barcos, como anota un cronista, tres millones de italianos y dos millones de españoles. Ha de suponerse entonces que la suya es una población mayormente de origen europeo. Con eso bastaría, pero en esos mismos años, aún fuese en menor proporción, llegaron polacos, alemanes, húngaros, franceses, rusos, árabes, británicos, portugueses, y por eso es tan común encontrar allí apellidos de raíz y desinencia europeos.
Ahora bien, como en el caso nuestro, con los taínos, hubo una población originaria en Argentina que fue cruelmente exterminada, aunque quedan reductos importantes, especialmente en la Patagonia. Aquí, los conquistadores españoles produjeron el exterminio total de los taínos. En Argentina, por igual, pero posteriormente la liquidación de los indígenas que poblaron por primera vez su territorio la llevaron a cabo líderes argentinos con el propósito de afianzar la herencia europea y buscar la incorporación de los mismos a la cultura y las costumbres que se deseaba implantar. Esos pueblos originarios se opusieron y entonces fueron esclavizados o simplemente neutralizados.
He consultado a una pareja argentina amiga que reside en Buenos Aires y me han dado mucha luz sobre el tema. Las familias argentinas que no residen en la capital tienen en sus ancestros sangre indígena. Me señalan que la gran escritora Victoria Ocampo, célebre aristócrata, amiga de Pedro Henríquez Ureña, cuando pronunció su discurso de ingreso a la Academia Argentina de las Letras, lo dedicó a una antepasada lejana suya que era indígena perteneciente al harén guaraní del conquistador Irala. Mi amigo argentino me comenta que por su familia paterna, de estirpe salteña, corre la sangre de la nobleza incaica. Y su mujer, que es de origen paterno italiano y del materno vasco, tiene una bisabuela india tehuelche. Por otro lado, Juan Domingo Perón era nieto de indígenas. Y, actualmente, se ha pedido en Argentina que se haga la prueba del ADN a los restos del Libertador San Martín porque hay historiadores que afirman que, en realidad, era hijo de una india guaraní y de un Alvear español, y no de Juan de San Martín, como se ha creído siempre, quien fuera gobernador de los territorios de las misiones jesuíticas.
Tres de los grandes intelectuales argentinos acentuaban el europeísmo en detrimento de los pueblos originarios. Domingo Faustino Sarmiento, que además de gran escritor fue político y presidente de Argentina, lo hizo en Facundo o Civilización y Barbarie, pero sobre todo en Conflicto y armonías de las razas en América, libro que es uno la continuación del otro en cuanto a su tema y propósito. Sarmiento –que mi amigo califica de “un genio y hombre lleno de errores”- ostentaba la tara del europeísmo y hablaba de incendiar a los indígenas y especialmente a los gauchos. Bartolomé Mitre, periodista, historiador y estadista, tenía igual mentalidad. Y sabemos que Jorge Luis Borges escribió en un poema: “Triunfan los bárbaros. Los gauchos triunfan”. Pero, además, uno de los grandes pensadores argentinos, Juan Bautista Alberdi, escribió que “gobernar es poblar”, dando el puntapié para la política inmigratoria de finales del siglo XIX, pensando que vendrían nórdicos, daneses y alemanes a mejorar la raza y los que llegaron fueron italianos pobres, españoles analfabetos, árabes con pasaportes del Imperio Otomano –que allá como aquí llamaron turcos- y judíos perseguidos por las purgas zaristas. La raza nativa argentina fue aniquilada en lo que sectores intelectuales y oligárquicos de esa nación consideran como una gesta bajo el nombre de Conquista del Desierto. Un genocidio, nos apunta el amigo argentino, que fue denunciado en su hora por los misioneros salesianos. También allá las poblaciones de origen africano fueron aniquiladas en las guerras de Independencia. San Martín lloró un día frente a un campo de batalla diciendo “pobres negros”, al ver cómo estos fueron convertidos en carne de cañón en estas guerras. Como gran paradoja del europeísmo argentino, María Remedios del Valle, la Capitana, es llamada Madre de la Patria, y era una negra. Pareciera como si la descendencia de los pueblos originarios tuviera hoy tanto espacio de identidad en Argentina como la europea. “Esta es nuestra historia; triste historia del que mira tras el cristal como en el tango de Discépolo, pero para ver la fantasía de lo que no somos”, escribe mi amigo.
El presidente argentino Alberto Fernández no debió repetir la frase infeliz que como chiste o canción tal vez parezca fenomenal. Pero, que en boca de político que manda, suena mal. Un mandatario debe conceptualizar o sino que aprenda. No debió disculparse. Debió conceptualizar lo que dijo y salir del bache de forma honrosa. Los dominicanos venimos de canoas indígenas, de naos españolas y de barcos negreros. Y las últimas oleadas de migrantes llegan en aviones confortables. ¿Algún problema? Ninguno. No tenemos que excusarnos de nada. Pero, en Argentina suena grosero –como afirmaba Ortega y Gasset- y mis amigos argentinos, que no están con esa tilinguería, les parece una imbecilidad porque Argentina, me recuerdan ellos, no es Europa sino un país más de América.
El autor agradece la colaboración del destacado poeta y crítico argentino Carlos María Romero Sosa y su esposa María Cristina, catedrática universitaria, en el suministro de insumos para este texto.






José Rafael Lantigua