20171202 https://www.diariolibre.com
Arístides, A Primera Vista
Arístides Incháustegui. Ilustración de Amable Sterling.

Para mí, primero fue en la pantalla chica. Para mayor precisión RAHINTEL, esa bocanada refrescante de TV informal realizada en mangas de camisa que irrumpió juvenil e innovadora en 1959 cuando más lo necesitábamos, contraste de una acartonada La Voz Dominicana. Un paréntesis o quizá presagio de libertad en el ciclo terminal enloquecido de la dictadura, cuando los cuerpos valientes de toda una generación alimentaban las sillas de tortura y se apostaban ante los siniestros paredones de exterminio.

Entonces fue aquel joven esbelto de pecho erguido, rostro apuesto, de ancha frente, ojos soñadores, nariz aguileña, que gesticulaba como todo un caballero de la canción con esa voz dulce y potente de tenor, quien a lo Chaires desplegaba vibratos encantadores interpretando el vals La vida castiga del mexicano Manuel Álvarez, “Maciste”. O daba vida al bolero A primera vista de Manuel Sánchez Acosta, flechado su autor por una hermosa vecina de la Santomé en tiempos en que practicaba novel la medicina en el Padre Billini.

Junto a nuestro artista, un elenco nucleado en torno al maestro Rafael Solano en la dominical La Hora del Moro con Fernando, Niní, Luis Newman, Cuqui, Los Solmeños (Nandy, Tito y los Mellizos Pichardo), Lacay, Aníbal de Peña, Babín Echavarría, Manuel Troncoso, Nelson Lugo. Las damas Ivette Pereyra, Sonja Lefeld, Elba Corazón, y las niñas Luchy, Aida Lucía y María Gracia. Músicos, Guillo Carías, Bertico Payán, Héctor de León “Cabeza”, Armando Beltré, Pepito Ramírez, Cachú. Interprendo el repertorio maravilloso de Solano, Troncoso, Babín, Aníbal, Sánchez Acosta, Lugo, Sturla, Asmar Sánchez. Y los aires del bossa y la canción rock. Freddy Beras Goico en las cámaras, Tutín en la producción y Homero León Díaz en los comerciales, con el aliento de Pepe Bonilla, dueño de RAHINTEL.

Pronto se produjo la extracción. El Zar de LVD no pudo resistir la tentación y lo reclutó para un plató donde ya los tíos de su madre, los integrantes del Trío Reynoso, ofrecían a la audiencia lo mejor del merengue típico en la programación. Desde ese palacio radio teledifusor –dotado de un complejo de escuelas de canto, música, locución, teatro, danza, y de una formidable infraestructura, con personal local e internacional de clase mundial como los músicos y técnicos de la RAI y numerosos artistas latinoamericanos- se proyectó aun más. Beneficiándose de la presencia de maestros como Dora Marten, Sánchez Cestero, Roberto Caggiano, Loló Cerón, Luis Rivera, Pancho García, Bustamante, Reyes Alfau, Papa Molina. Y de Contín Aybar en la dirección artística.

Allí conoció una estrella de ojillos vivaces que interpretaba españolerías con gracia de castañuelas, Esther Valladares, de cuya relación fructificó descendencia.

Es sabido que fue en el hogar musical y cantarín donde se fraguó la vocación, que el padre Rafael Bello moldearía con esmero desde los 11 años en la Schola Cantorum en el Convento de los Dominicos y que los estudios en el Conservatorio Nacional perfeccionarían, en un incesante aprendizaje que tendría otros hitos en su estancia en Estados Unidos con clases en técnica vocal y movimiento escénico, así como en Alemania.

El canto popular le sonrió. Las fotos de época evidencian cuánto atraía, en especial entre las jóvenes. Soy testigo de excepción, pues me crié entre hermanas, primas y sus amigas, un círculo de clase media que le admiraba, mientras los adultos calibraban sus condiciones vocales para el bel canto, oportunidad que supo aprovechar. Como lo revela su salida del país para radicarse en los 60 en Norteamérica y perfeccionarse, exponiendo finalmente su arte en recintos como el Carnegie Hall, en Canadá, Puerto Rico, Cuba, México y en la Maison de l’Amerique Latine de París.

Antes de consagrarse en exclusivo al canto lírico, anduvo en recorrido con el maestro Julio Gutiérrez –director varias veces de la Orquesta San José y autor de los boleros Llanto de Luna e Inolvidable- en una revista de variedades en EEUU. Con su amigo Alfredo Sadel compartió la aventura de la ópera. Esta pasión le llevó a fundar en el 73 la compañía Opera Dominicana y a dirigir Cantantes Líricos de Bellas Artes en 1980.

Su vocación pedagógica lo estimuló para hacer de la radio un medio masivo de educación, seleccionando lo mejor de la música clásica para disfrute de la audiencia en una saga de varias décadas por Radio Clarín, RTVD y Raíces, su última morada radiofónica. Un bocatto di cardenale cada programa, con ficha impecable del compositor, su obra e intérpretes. Una fiesta de erudición en dicción acariciante...

Ese mismo impulso le asoció a Manuel Rueda, Jacinto Gimbernard, Julio Alberto Hernández, Ivonne Haza, Casandra Damirón y otros artistas, para divulgar en memorables recitales la obra autoral de Luis Rivera y JA Hernández, entre otros compositores n acionales. Y lo llevó a producir tres joyas discográficas, La Antología de la Canción Dominicana (1983), una esmerada selección de nuestro canto, desde los aires folklóricos (tonadas, mangulinas, guarapos, sarambos, merengues) hasta géneros populares como criollas, danzonetes, canciones y boleros, con arreglos de Bustamante y asesoría de JA Hernández. Canciones Dominicanas de Navidad (1983), un rescate valiosísimo de nuestro acerbo pascual con la participación de Luchy y Maridalia. Y Recital de Música Dominicana en París, el que se ofreciera junto a Miriam Ariza y Jacinto Gimbernard en 1978.

Álbumes compilados en 2010 en el box Arístides Incháustegui en la Canción Dominicana editado por el AGN. Para esta entidad, hoy depositaria de su fabulosa colección discográfica, produjo junto a Blanca Delgado Malagón el box de 4 compactos Antonio Mesa, El jilguero de Quisqueya. Ambos, con material recogido en sendos libritos de inestimable valor.

Cuando regresé de Chile en 1971 trencé lazos con Arístides. Su tienda de discos Fermata, a un costado del edificio en el que residía mi querido pariente Rueda en la aristocrática Pasteur, fue un lugar muy especial donde compré excelentes álbumes de música barroca en sus múltiples expresiones –incluyendo a The Swingle Singers, Modern Jazz Quartet, Claude Bolling y Jean Pierre Rampal-, así como las grabaciones de Zamfir y su flauta de pan. Y claro, todo lo que me atrajera del admirado Juan Sebastián. Arístides, con su desbordante erudición, fue un magnífico inductor de mi gusto musical. Como lo fuera a través de sus emisiones radiales que seguía con deleite.

Nos unió Rueda en casa de mis tías del Castillo en ocasión de cumpleaños y veladas artísticas. Al igual que la colaboración en el suplemento cultural Isla Abierta y otras iniciativas del inmenso Manolo.

Una de sus facetas destacable es la del historiador y editor. Hijo del eminente historiador Joaquín Marino Incháustegui –a quien debemos una monumental colección documental de piezas compiladas en los archivos españoles–, el llamado de Clío obró irresistible en nuestro Arístides. A la Facultad de Humanidades fue a cursar la carrera de Historia con mención en Estudios Dominicanos, abriéndose nuevas rutas a su vida productiva. Una Cronología de los gobiernos dominicanos y un estudio sobre el Himno Nacional. El Álbum de Eduardo Brito. Las primeras grabaciones fonográficas dominicanas. El epistolario de la familia Henríquez Ureña. Por Amor al Arte, ensayos sobre Brito, Mesa, LVD.

Dos volúmenes sobre Vida Musical en Santo Domingo, de perfecta confección. La Naturaleza Dominicana (crónicas de FS Ducoudray). La colección de Cuadernos Dominicanos de Cultura. Una historia sobre LVD, pendiente de publicación para la Colección Centenario de ELJ. Trabajos realizados en colaboración con Blanca Delgado Malagón.

Para la preparación de la obra Antología del Merengue, que publicáramos en 1989 junto a Manuel García Arévalo, su aporte fue clave, abriendo su rica discoteca y dando oportunas orientaciones.

El viernes 17 de noviembre me presenté en casa de Fabio Herrera y Lucía Amelia con el material discográfico para escoger los temas del programa Ciclos de la Música que le dedicaríamos. Allí me enteré que Arístides se hallaba convaleciente en la clínica, sugiriéndome Fabio que esperásemos su alta para tenerlo en el estudio. Le dije entonces que a la salida del programa del sábado le iríamos a ver. Le encontramos de buen ánimo y semblante, haciendo chistes, deseoso de incorporarse a su rutina productiva. Al grado que quedó de obsequiarme con unas grabaciones originales de la música de Juan Bta. Espínola. Las perspectivas eran optimistas.

La fatídica noticia me la dio Fabio el martes al iniciar la tarde. Fue una sola plomada que me conturbó el alma. Llamé a Alberto Perdomo. Y henos aquí rindiéndole merecido tributo. A quien me encandiló con su arte hace ya más de medio siglo, “A primera vista”.

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