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Carta a Miriam Pinedo

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Carta a Miriam Pinedo

Quien salva una vida salva un mundo, dice el Talmud, Miriam. Te juro que hubiera dado todo por salvar el tuyo, por transformarte en una madre tangible, besable, abrazable, a quien tus hijos pudieran llamar mamá o –mejor– mami en lugar de Miriam, como se llama a una mujer apenas conocida o –peor– a una desconocida cabal. Hubiera querido que, en lugar de que entonces fumaras los cigarrillos de la angustia viendo caer la nieve sobre las calles de Ixelles, fumaras ahora, por placer, viendo caer los aguaceros sobre las calles de San Miguel. Pero me fue imposible, Miriam, llegué muy tarde y no pude evitar que terminaras entonces convertida solo en una mentira, solo en un recorte de las páginas policiales, solo en un crimen sin castigo o un cuadro en la pared de la sala de tu casa. Pero nunca es tarde.

Tu historia me perturbó desde que la oí, hace muchos años, y estuvo flotando en mi conciencia desde entonces. Tuve que esperar otros tantos para encontrar, para domeñar las palabras que quería usar para contarla. Pero tu vida fue un rompecabezas –o quizás un rompecorazones– del cual faltan casi todas las piezas. Con las que encontré traté de reconstruirte, como hizo Ellroy con la Dalia Negra. Solo que en tu caso, no imaginé tu tristeza: me limité a revelarla.

Los libros se escriben para exorcizar fantasmas, para expulsar obsesiones; obsesiones que, en tu caso, Miriam, fueron invadiendo mi vida con un vigor cada vez más vehemente. Me sorprendí pensando en ti en medio de cenas y conversaciones, en medio de sesiones de cine y de reuniones. Cuando empezaste a aparecer en mis sueños supe que era imprescindible terminar pronto “Morir en Bruselas”: me convertí en un potro bravío que se fatigaba inútilmente tratando de sacudirme tu dolor, en un mastín hastiado de no cazar a los que te mataron vil e insistentemente.

Miriam, quise enfrentar a los que te cosificaron en nombre de ideologías que luego traicionaron, de ideologías de las que muchos no comprendieron ni una iota. Quise enfrentar a los que desoyeron tus lamentos, a los que desconocieron tu condición de madre, de hermana, de hija y de mujer; a los que te redujeron a la condición de viuda de un revolucionario que no hubiera permitido tu destino. Quise enfrentar a los que te convirtieron en un instrumento para saciar sus lujurias. Quise enfrentar a los que, sacrificándote como Anderssen hizo con su reina, inmortalizaron solo su infamia.

Quise enfrentar a los que te secuestraron, te torturaron, te violaron, te estrangularon, te despezaron, y te dejaron en las aceras de Bruselas, como se dejan los sacos de inmundicias y a los que, medio siglo después, me acusaron de victimizarte, a ti Miriam, que no pudiste ser más víctima. Quise enfrentar a los que, a pesar de codiciar tu belleza y tus volutas, te acusaron de Eva rijosa, de Jezabel lúbrica, de Mesalina lasciva. Quise enfrentar a los que te mataron porque te entregaste a quien querías y porque no te entregaste a quien no querías.

Quise enfrentar a los que votaron tu muerte a escondidas, a los que, ocultos bajo nombres falsos, se mueren ahora de miedo en Estocolmo, en Nueva York y en Gotemburgo. Quise enfrentar a los que en Santo Domingo se camuflan bajo dudosas famas de héroes, a los que alegaron que los barrotes les impidieron salvarte; a los mismos que, sin embargo, enviaron desde detrás de los mismos barrotes ceremoniosos comunicados en los que profanaban alevosamente tu memoria. Quise enfrentar a los que, por conveniencia, para justificar tu asesinato, para lavar complicidades y culpas, insisten todavía en acusarte de un crimen que no cometiste.

Quise enfrentarlos. La justeza de mi combate pudo contrarrestar, un poco, la zozobra de saber que enfrentaba asesinos: como Pierre Mertens, me preguntaba, a veces, en qué maletas me encontrarían, Miriam, mañana. Quise enfrentarlos, pero huyeron como gallinas.

Poco importa: a lo mejor nos encontraremos en el Infierno.

Poco importa. Fue fructuoso mi esfuerzo: frustré los planes de los que, durante mucho tiempo, quisieron matarte después de muerta. Probé tu inocencia, Miriam, y eso es lo que importa. Mi esfuerzo fue también satisfactorio: recibí como pago el agradecimiento de tu hijo –de quien estarías tan orgullosa– y de tu hermana– la que no pudo arrancarte de las garras de tus secuestradores –por haber limpiado tu nombre. Recibí el agradecimiento de la viuda de tu hijo Reinaldo, quien a los nueve años tuvo que sufrir el desalmado martirio a que te sometieron unos criminales disfrazados de idealistas; recibí su agradecimiento por haber logrado la meta que él, su esposo, tu hijo, no pudo alcanzar en su vida, tronchada por los sufrimientos: que prevaleciera la verdad sobre ti.

He conseguido mi fin, Miriam, y ahora debo pasar a otras cosas. Es hora de anestesiar el dolor que siento por tu asesinato. Es hora de anestesiar el desprecio que siento por tus verdugos. Lo asumo, porque sería indecente no sentir desprecio ante los cobardes y los asesinos. Pero el desprecio, aunque justo, puede llegar a envenenar el alma. Ya responderán ellos por sus actos. Ante Dios o ante la Historia o ante sus conciencias, si las tienen: poco importa.

No te olvidaré, Miriam. Será imposible olvidarte cuando atraviese la avenida Bel Air bajo la lluvia, cuando camine por la calle Americana en medio del bullicio de los bares o cuando, mirando las aguas calmas de los estanques de Ixelles, me pregunte, a mi pesar, en cuál recodo arrojaron tu cabeza, tu rostro extraviado que surge en filigrana de esos paisajes oscuros que recorro, al igual que Paul Sanchotte, como en cámara lenta.

El 11 de diciembre próximo, para el quincuagésimo aniversario de tu muerte, colocaré, frente a la estatua de una muchacha desnuda y triste, seguramente bajo la lluvia, una corona de flores, como punto final al crimen de los asesinos y a la calumnia de los cobardes, como punto final a mi dolor y a tu olvido.

Quise enfrentar a los que votaron tu muerte a escondidas, a los que, ocultos bajo nombres falsos, se mueren ahora de miedo en Estocolmo, en Nueva York y en Gotemburgo. Quise enfrentar a los que en Santo Domingo se camuflan bajo dudosas famas de héroes, a los que alegaron que los barrotes les impidieron salvarte; a los mismos que, sin embargo, enviaron desde detrás de los mismos barrotes ceremoniosos comunicados en los que profanaban alevosamente tu memoria.
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