Cimarroneando con Montejo

Esteban Montejo

Conocí literariamente a Miguel Barnet a mediados de los 60, cuando su Biografía de un Cimarrón trazó ruta, emparentada con Juan Pérez Jolote de Ricardo Pozas, referencia inspiradora del trabajo etnológico trasmutado a pieza testimonial con vida propia. Fue parte del equipo de Pérez de la Riva que laboró en El Barracón, un clásico en los estudios de esclavitud. Por Barnet supe del esclavo cimarrón centenario Esteban Montejo, quien se unió a los mambises en la guerra de independencia de Cuba (1895-98), con Gómez y Maceo a la cabeza. Y a quien seguí, seducido por su peculiar filosofía, en entrevistas en el Hogar del Veterano publicadas por Cuba Internacional. Luego la saga Barnet me brindó Gallego y Canción de Rachel, dos historias de "gente sin historia", de esas que forjan identidad, llevadas al cine al igual que Cimarrón.

En los 80 la antropóloga Helen Safa nos juntó en Gainesville, en el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de La Florida, en un seminario sobre el Caribe. Este amable Barnet no sólo escribía de maravilla, era exquisito músico, sentado al piano en casa de Helen interpretando danzas y boleros, al mejor estilo Bola de Nieve. Experiencia reiterada en encuentros de caribeanistas en Estados Unidos y en Santo Domingo en el Hostal Nicolás de Ovando, donde el duende del teclado volvió a madrugar la tertulia con refuerzo bohemio del pintor Guayasamín -huésped de Verónica Sención-, rasgando en la guitarra Vasija de barro.

Con unas 70 ediciones rodando en varias lenguas, la vida de Montejo merece conocerse aquí. Para ilustración de negros, mulatos y blanquitos.

"En los ingenios había negros de distintas naciones. Cada uno tenía su figura. Los congos eran prietos aunque había muchos jabaos. Eran chiquitos por lo regular. Los mandingas eran medio coloraúzcos. Altos y muy fuertes. Por mi madre que eran mala semilla y criminales. Siempre iban por su lado. Los gangas eran buenos. Bajitos y de cara pecosa. Muchos fueron cimarrones. Los carabalís eran como los congos musungos, fieras. No mataban cochinos nada más que los domingos y los días de Pascua. Eran muy negociantes. Llegaban a matar cochinos para venderlos y no se los comían…A todos estos negros bozales yo los conocí mejor después de la esclavitud.

En todos los ingenios existía una enfermería que estaba cerca de los barracones. Era una casa grande de madera, donde llevaban a las mujeres preñadas. Ahí nacía uno y estaba hasta los seis o siete años, en que se iba a vivir a los barracones, igual que todos los demás y a trabajar. Yo me acuerdo que había unas negras crianderas y cebadoras que cuidaban a los criollitos y los alimentaban. Cuando alguno se lastimaba en el campo o se enfermaba, esas negras servían de médicos. Con yerbas y cocimientos lo arreglaban todo. No había más cuidado.

A veces los criollitos no volvían a ver a sus padres porque el amo era el dueño y los podía mandar para otro ingenio. Entonces sí que las crianderas lo tenían que hacer todo. ¡Quién se iba a ocupar de un hijo que no era suyo! En la misma enfermería pelaban y bañaban a los niños. Los de raza costaban unos quinientos pesos. Eso de los niños de raza era porque eran hijos de negros forzudos y grandes…Los amos los buscaban para juntarlos con negras grandes y saludables.

Después de juntos en un cuarto aparte del barracón, los obligaban a juntarse y la negra tenía que parir buena cría todos los años. Yo digo que era como tener animales. Pues bueno, si la negra no paría como a ellos se les antojaba, la separaban y la ponían a trabajar en el campo...Entonces sí podían escoger maridos por la libre. Había casos en que una mujer estaba detrás de un hombre y tenía ella misma veinte detrás. Los brujos procuraban resolver esas cuestiones con trabajos calientes. Si un hombre iba a pedirle a un brujo cualquiera una mujer, el brujo le mandaba que cogiera un mocho de tabaco de la mujer, si ella fumaba. Con ese mocho y una mosca cantárida, de esas que son verdes y dañinas, se molía bastante hasta hacer un polvo que se les daba con agua. Así las conquistaban.

Los negros viejos se entretenían con todo ese jelengue. Cuando tenían más de sesenta años no trabajaban en el campo…Entonces a ese viejo lo ponían en la puerta del barracón o del chiquero, donde la cría era grande. O si no ayudaban a las mujeres en la cocina. Algunos tenían sus conucos y se pasaban la vida sembrando…por eso tenían tiempo para la brujería. Ni los castigaban ni les hacían mucho caso. Ahora, tenían que estar tranquilos y obedientes. Eso sí.

Yo vide muchos horrores de castigos en la esclavitud…En la casa de caldera estaba el cepo, que era el más cruel. Había cepos acostados y de pie. Se hacían de tablones anchos con agujeros por donde obligaban al esclavo a meter los pies, las manos y la cabeza. Así los tenían trancados dos y tres meses, por cualquier maldad sin importancia. A las mujeres preñadas les daban cuero igual, pero acostadas boca abajo con un hoyo en la tierra para cuidarles la barriga. ¡Les daban una mano de cuerazos! Ahora, se cuidaban de no estropearle el niño...El más corriente de los castigos era el azote. Se los daba el mismo mayoral con un cuero de vaca que marcaba la piel. El látigo también lo hacían de cáñamo…Picaba como diablo y arrancaba la piel en tiritas. Yo vide muchos negros guapetones con las espaldas rojas. Después les pasaban por las llagas compresas de hojas de tabaco con orina y sal.

La vida era dura y los cuerpos se gastaban. El que no se fuera joven para el monte, de cimarrón, tenía que esclavizarse…Total, la vida era solitaria de todas maneras, porque las mujeres escaseaban bastante. Y para tener una, había que cumplir veinticinco años o cogérsela en el campo. Los mismos viejos no querían que los jovencitos tuvieran hembras. Ellos decían que a los veinticinco años era cuando los hombres tenían experiencias…Otros hacían el sexo entre ellos y no querían saber nada de las mujeres. Esa era su vida: la sodomía. Lavaban la ropa y si tenían algún marido también le cocinaban. Eran buenos trabajadores y se ocupaban de sembrar conucos...Después de la esclavitud fue que vino esa palabra de afeminado...Para mí que no vino de África; a los viejos no les gustaba nada. A mí, para ser sincero, no me importó nunca. Yo tengo la consideración de que cada uno hace de su barriga un tambor.

La vida en el monte era más saludable. En los barracones se cogían muchas enfermedades…Se daba el caso de que un negro tenía hasta tres enfermedades juntas. Cuando no era el cólico era la tosferina. El cólico plantaba un dolor en el ombligo que duraba horas nada más y lo dejaba a uno muerto. La tosferina y el sarampión eran contagiosos. Pero las peores, las que desplumaban a cualquiera, eran la viruela y el vómito negro…Había un tipo de enfermedad que recogían los blancos…en las partes masculinas. Se quitaba con las negras. El que la cogía se acostaba con una negra y se la pasaba…Así se curaban.

Los médicos no se veían. Eran las enfermeras medio brujas las que curaban con remedios caseros...Las yerbas que son la madre de la medicina. El africano de allá, del otro lado del charco, no se enferma nunca porque tiene todas las yerbas en sus manos. Si algún esclavo cogía alguna enfermedad contagiosa lo sacaban del cuarto y lo trasladaban a la enfermería. Allí lo trataban de curar. Si el esclavo empezaba a boquear, lo metían en unos cajones grandes y lo llevaban para el cementerio. Casi siempre venía el mayoral y decía: 'Vamos a enterrá a ese negro que ya cumplió'. Y los esclavos iban para allá pronto porque, eso sí es verdad, cuando alguien se moría, todo el mundo bajaba la cabeza.

El cementerio estaba en el mismo ingenio; a dos o tres cordeles del barracón. Para enterrar a los esclavos se abría un hoyo en la tierra, se tapaba y se ponía una cruz amarrada con un alambre. La cruz esa era para alejar a los enemigos y al diablo…

Una vez enterraron a un negro y levantó la cabeza. Y es que estaba vivito. Ese cuento me lo hicieron a mí en Santo Domingo, después de la esclavitud. Todo el barrio de Jicotea lo sabe. La cosa fue en un cachimbo que se llama el Diamante y era del padre de Marinello, el que habla mucho de Martí. En ese lugar enterraron a un congo y se levantó gritando. La gente se espantó y salió huyendo. Unos días más tarde el congo se apareció en el barracón; dicen que fue entrando despacito para no asustar a nadie. Pero cuando la gente lo vio se volvió a asustar. Entonces el mayoral le preguntó qué le había pasado y él dijo: 'Me metieron en el hoyo por la cólera y cuando me curé, salí'. Desde entonces, cada vez que alguien cogía esa enfermedad o cualquiera otra, lo dejaban días y días en la caja hasta que se enfriaba como un hielo.

Esas historias no son inventadas, lo que sí yo creo que es cuento, porque nunca lo vide, es que los negros se suicidaban. Antes, cuando los indios estaban en Cuba, sí existía el suicidio. Ellos no querían ser cristianos y se colgaban de los árboles. Pero los negros no hacían eso, porque ellos se iban volando, volaban por el cielo y cogían para su tierra. Los congos musundi eran los que más volaban, desaparecían por medio de la brujería. Hacían igual que las brujas isleñas, pero sin ruido. Hay gente que dicen que los negros se tiraban en los ríos; eso es falso. La verdad es que ellos se amarraban un negocio a la cintura que le decían prenda y estaba cargada. Ahí estaba la fuerza. Eso yo lo conozco palmo a palmo y es positivo.

Los chinos no volaban ni querían ir para su tierra. Esos sí se mataban. Lo hacían callados. Después que pasaban los días aparecían guindados a un árbol o tirados en el suelo. Todo lo que ellos hacían era en silencio. A los propios mayorales los mataban con palos y puñaladas. No creían en nadie los chinos. Eran rebeldes de nacimiento. Muchas veces el amo les ponía un mayoral de su raza para que entrara en confianza con ellos. A ése no lo mataban. Cuando se acabó la esclavitud yo conocí otros chinos en Sagua la Grande, pero eran distintos y muy finos."

20130706 http://www.diariolibre.com

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