Coincidencias en momentos distantes

$!Coincidencias en momentos distantes

Los días tenían las mismas 24 horas, la diferencia radicaba en la incertidumbre que los convertía en un rompecabezas de solución aparentemente imposible. Había concluido el reinado del dictador, abatido en una emboscada justiciera en las afueras de la ciudad primada de América que deshonraba con su nombre; pero los cortesanos continuaban en escena, dispuestos a reeditar el autoritarismo.

Los dominicanos intentaban descifrar el concepto de libertad y convertir en práctica lo que nos habían robado durante 31 años. Pocos sabían cómo. El hacia dónde era una incógnita. En la búsqueda intuitiva de respuestas a un presente traumático y un futuro incierto, el drama colectivo y el individual mutaban en simbiosis pesarosa. Es ese el telón de fondo de una de las novelas emblemáticas de la literatura dominicana y que en este 2020 cumple 40 años: Solo cenizas hallarás (Bolero), de nuestro intelectual, querido amigo y diplomático Pedro Vergés.

Olía aún a tinta y ya era un éxito editorial, galardonado con el Premio Internacional Blasco Ibáñez y el Premio Internacional de la Crítica a la mejor novela publicada en España. Vergés puso a la República Dominicana en el mapa mental de miles de lectores y reveló un talento que, desafortunadamente para quienes amamos las buenas letras, ha empeñado con acierto en otras tareas después de esa epifanía brillante.

Al releerla, la mirada retrospectiva descubre colores nuevos. Tentador identificar ese retrato de un momento histórico —junio de 1961 a diciembre de 1962– con el espacio político actual y el desasosiego como lastre que a todos arrastra a profundidades insondables. Mañana habrá elecciones, el mensaje político perdido en un tramado de realidades tan duras que hacen recelar del porvenir. Esos vientos huracanados de la estación que Vergés describe magistralmente con prosa vibrante, cargada de imágenes potentes y referencias costumbristas divertidas que conservan toda su lozanía, se abaten con ímpetu incontenible sobre las velas nacionales. Son ventarrones de un pasado que hemos sido incapaces de sepultar por completo. Vicios enraizados minan esta democracia, con exceso de estolidez. Las campañas electorales la muestran en una desnudez que anonada. La inmadurez prevalece.

Las amenazas son otras, no los remanentes de la familia infame dispuestos a erigirse en señores de horca y cuchilla con tal de alargar su dominación. Hay una nueva realidad impuesta por la pandemia. La economía devastada, la desintegración de un modelo de desarrollo que ciertamente hacía aguas, la incompetencia de la clase política y su alianza con la voracidad privada, el fracaso de un sistema educativo falto de una reforma profunda, las lagunas en la salud pública y tantas otras falencias conforman el cuadro desolador que deberán recomponer quienes resulten electos mañana, o en la segunda vuelta. Al igual que en Solo cenizas hallarás (Bolero), tropezamos con una juventud que busca norte, esta vez dividida entre “millenials” hiperconectados y desarrapados víctimas de la desesperanza aprendida. Se juega a una lotería sin premios claros.

Contrario al escenario histórico en que Vergés monta su obra y que coincide con el período del Consejo de Estado, esta vez las ideologías han desaparecido. Si buscáramos a un Freddy o a un Paolo en la contemporaneidad político-partidista, los encontraríamos separados por las apetencias de poder y unidos en la aceptación pragmática de lo que ha devenido la sociedad dominicana. La revolución cubana perdió su poder de seducción, reemplazado por las delicias del mercado. A las masas, aletargadas, se les vende un cambio, ciertamente, con símil en Il Gattopardo.

Curiosamente, los momentos culminantes de una novela que capta a la perfección esos meses decisivos que siguieron al tiranicidio se sitúan en junio y julio. Otra coincidencia con la situación actual que jamás pudo anticipar el autor. Llamativo también, este año es el vigésimo aniversario de otra pieza clave para entender el devenir dominicano en el siglo pasado, La fiesta del chivo, de Vargas Llosa. Vergés arranca donde este termina, solo que con dos décadas de antelación y mayor unción al cuadro histórico. No que importe al peruano, quien en múltiples oportunidades ha desconocido cualquier intento de trasladar su novela allende la ficción. Lo suyo es una deconstrucción de la realidad para relevar las asperezas del poder absoluto.

Vergés acomoda a sus personajes en el carro de la historia, cada uno con parada y destino diferentes; cada uno con un designio específico, pero imposibilitados todos de aprehender situaciones que desafían sus capacidades individuales. Adscritos al romanticismo vigente en la lírica del bolero, conviven en tensión con la épica de esos meses inmediatos al final de la dictadura. Las ilusiones personales se desvanecen en la forja de la verdad histórica, y el resultado es frustratorio.

El armazón narrativo de Solo cenizas hallarás (Bolero) es para iniciados, de ahí que la lectura resulte complicada. Es una queja que escuché de amigos cuando leímos la novela por primera vez y pasábamos por jóvenes. Ahora lo encuentro fascinante, inteligente e innovador. Vergés juega con la linealidad. Los personajes avanzan y retroceden en una intemporalidad que toca al lector descodificar. Hay el riesgo de perder el hilo en el dédalo de Vergés, un recurso más entre otros para afianzar la especificidad de los protagonistas y tejer la hebra que los encadena. Empero, el cinturón histórico permanece invariable, ciñendo los personajes a una lógica inflexible.

Lucila, la sirvienta, es para mí el sujeto mejor trabajado. Rompe el hechizo de la cuna paupérrima, hilvana sueños realizables y, al final, el sino le juega una mala pasada. Le aguarda la tragedia inevitable del dramatis personae operático. Igual le acontece al teniente Sotero, cuya escalera de movilidad social se queda sin peldaños mucho antes de llegar a la cima. Tan común en ese entonces como ahora, la emigración es la tabla salvadora a que se aferran Freddy y Yolanda.

Vergés maneja el idioma con elegancia, soltura, e incorpora al relato el ojo observador del dominicano que conoce a fondo el alma nacional. Su cartografía social nos revela las hendiduras en el colectivo y las aspiraciones de una pequeña burguesía que en medio del embrollo político pugna por ocupar posiciones. La narración del momento histórico incorpora un repaso cultural que, con el presente como atalaya, aporta elementos valiosos para evaluar las mutaciones habidas en la sociedad dominicana en gustos, costumbres, modismos y manera de divertirse. Solo cenizas hallarás (Bolero) es también la novela de la ciudad. Brotará la nostalgia al comprobar los tantos cambios en la geografía urbana de Santo Domingo y, sobre todo, la desaparición de establecimientos y puntos referenciales que jugaron un papel protagónico en esos días aciagos.

El bolero dejó de ser la música donde las nuevas generaciones dirimen el romance; sus letras no espolean amores y desamores con la intensidad de cuando la voz de Javier Solís insuflaba vida a Cenizas, del yucateco Wello Rivas. Era el favorito en las velloneras, ese artilugio olvidado y que un canario definió como “periferia y melodrama; ron, cerveza y bolero; amor y tragedia...el altavoz de las historias de despecho, cronista del malandrismo y apaciguador del diario sufrir de los subalternos y desheredados”.

Las cenizas guardan rescoldos, y uno de ellos lo será siempre la novela de Pedro Vergés.

El armazón narrativo de Solo cenizas hallarás (Bolero) es para iniciados, de ahí que la lectura resulte complicada. Es una queja que escuché de amigos cuando leímos la obra por primera vez y pasábamos por jóvenes. Ahora lo encuentro fascinante, inteligente e innovador.

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