Con Hostos en Viernes Santo

En la Semana Santa de 1881, Eugenio María de Hostos y Bonilla -a quien solían llamar el Señor Hostos o el Maestro, caso de los discípulos y seguidores de su obra educativa, al identificarlo como una suerte de profeta laico portador de la nueva verdad positivista, liberadora y progresista- escribió en Santo Domingo una estampa reflexiva que tituló Meditando. Es una viñeta reveladora de la espiritualidad racionalista y el respeto al pluralismo religioso de quien fuera sindicado por el conservadurismo eclesial, como promotor de una “Escuela sin Dios”.

Hostos (1839, Puerto Rico-1903, Santo Domingo), quien residiera durante tres períodos en nuestro país totalizando 13 años de aportes fecundos a la educación normalista y universitaria, así como a la circulación de ideas modernizadoras y desarrollistas a través de la prensa, estuvo vinculado entrañablemente a mi familia. Tanto a la Pichardo como a la del Castillo Rodríguez-Objío. Vivió en San Carlos y amó su buena gente. Hizo allí teatro en un viejo caserón. Mis abuelos Luis Temístocles del Castillo y Dolores Rodríguez-Objío fueron colaboradores compromisarios de su labor civilizadora.

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Desde muchacho, mis tías del Castillo me hablaban reverenciales del Señor Hostos y me mostraban parte de su mobiliario que quedó en la familia consecuencia de su peregrinar hacia Chile, donde revolucionó la enseñanza con apoyo al más alto nivel de la élite política e intelectual de aquel país. A donde fui a parar y compartir en la universidad con los egresados del Liceo Luis Amunátegui del cual Hostos fuera rector, en torno a cuya estatua en el patio interior los alumnos fumaban sus pitillos coloquiales.

Por décadas, ya de regreso por estos lares caribeños, cultivé el estudio académico de la obra hostosiana, viajando a seminarios y congresos internacionales, ofreciendo conferencias, compartiendo con especialistas como los puertorriqueños Maldonado Denis, Ferrer Canales, José Emilio González, José Luis Méndez, Vivian Quiles y Julio César López, venezolanos como Alexis Márquez, Elio Gómez Grillo y Pino Iturrieta, chilenos como Lucía Guerra Cunningham, españoles como José Luis Abellán y Fernando Aínsa, dominicanos como Carmen Durán y Juan Bosch.

Como lectura de la Semana Mayor, comparto el texto Meditando.

“Viernes Santo. Pobladas las calles, desiertas las casas, empedradas de gentes las iglesias.

El representante de Jesús discurre por las naves de su templo, ora haciéndose paso para llegar a la Cátedra sagrada, ora para colocar en el altar algún complemento de la decoración fúnebre con que hoy se lleva de los sentidos vivaces al no siempre vivo corazón, la imagen de aquella tragedia tan mal aprovechada por los hombres.

Las nunca silenciosas campanas, están mudas: y el campanero de oficio o de afición que todos los días campanea gozosamente, no pudiendo resignarse hoy al silencio, lo altera con la matraca estrepitosa.

Ningún signo de tristeza. No en el cielo, compañero presunto de la tierra en las emociones de esta representación periódica del drama, porque está radiante de luz y de color. No en el cielo, porque es el día más alegre de la ciudad-capital de la República.

Cierto es que pasan enlutados. Tal mozalbete que habrá estado espiando el día sagrado, estrena hoy levita larga y sombrero alto; son aquí los signos de la virilidad, y hace bien en ponerse de luto ese muñeco: nada hay más luctuoso que esa virilidad temprana que mata la inocencia del niño sin crear la fuerza moral e intelectual del hombre.

Pasan también enlutadas. ¡Pobrecita! Mil, cien veces pobrecita la precoz adolescente. ¡Allí va contrastando los desnudos brazos blancos, la flotante cabellera rubia, con el profundo color negro de su traje! Va tan resuelta que parece que va conquistando el porvenir: va tan alegre que no parece que vaya a cosa triste. ¡Y a qué cosa tan triste va la criatura miseranda! Va al porvenir siempre enlutado. Bien ha hecho su madre en enlutarla.

No fue mano de madre la que enlutó a la flamante Venus hotentote que acaba de pasar. Mano de diablo juguetón ha sido la que se ha esmerado en encrespar esos ya híspidos cabellos, en abultar por exceso de adorno ese rostro, ese torso, esas posterioridades que la naturaleza se cuidó de abultar por cuenta propia.

Allí viene, probablemente con el luto que le conviene, una mujer. Es amarilla como la envidia, y viene vestida de amarillo.

Vestidas de hoja seca van aquellas. Ese color, concluyen por tomar en nuestros climas morales la mayor parte de las mujeres: acaso sea por la depresión de nervios y la inmovilidad de sangre que produce la vida desperdiciada en la murmuración y en la calumnia. Si es así, hacen bien en vestirse de hoja seca.

En cambio, de rosa de Alejandría viene vestida aquella. Nunca color más luminoso cayó sobre piel tan tenebrosa. Como piel y vestido en la mujer que ahí viene, así contrastan a nuestras pobres sociedades las oscuras pasiones del mal con las galas brillantes de la exterioridad. Si hoy se enluta cada cual según carácter, esa mujer caracteriza a las sociedades antillanas. ¡Ojalá pudiera yo anonadarlas para poder reformarlas!

Todo el mundo a la iglesia, todo el mundo. Y mientras más gente entra, más pasa. Y mientras más pasa, más viene. Y mientras más viene, más bulliciosa, más alegre, más satisfecha de sí misma.

Cuando así va, así será como conviene que vaya, pero tengo para mí que, si yo fuera llevado por la fe a la iglesia, la fe no llevaría en mí a un risueño: llevaría a un meditabundo.

¡Cosa estupenda! Yo, que medito, no soy creyente. Estos contentos de sí mismos, hombres y mujeres y niñas y niños que se dirigen y entran voceando al templo, son creyentes. Creen en que un hijo de Dios se hizo hombre, murió como hombre, con el único fin de redimir al hombre. Hoy hace unos cuantos siglos de esa historia y de esa muerte. Y los que en la historia y en la muerte creen, van a la representación de la catástrofe, como van a la representación anual de la buena nueva. Tal vez, la misma profundidad de la creencia... Porque como si él no hubiera muerto, no nos habría redimido, justo es que nos alegremos de una muerte que nos trae la redención. No nos alegramos de la muerte, sino que nos sentimos felices con la redención. Gracias a ella, somos mejores que los millones de antiguos que no fueron redimidos y que no merecieron, como nosotros, salvarse de las torturas del dies illa.

Como me malhumora la lógica de la muchedumbre, me puse a leer para no ver pasar gente contenta de llevar luto por la muerte de un bueno.

Leyendo estaba cuando me distrajo una voz:

¿Leyendo? Preguntó. -Leyendo contesté. -Calla ¡la Vida de Jesús! ¡Y Ud! y hoy -La Vida de Jesús y yo, y hoy-. ¡Ah! ¡Ya! Pero es el Jesús de Renán: bien decía yo... -Y ¿qué decía Ud.? Que era imposible que Ud. leyera libros de santos. -Pues decía Ud. una ligereza, pues santificado fue Mateo, el primer evangelista, y aquí lo tiene Ud. abierto. -Será para consultar las inexactitudes del Renán. -Al contrario, es para aprender con Renán a saborear las exactitudes del Mako.

Y ¿en qué está? -Estaba en el pasaje que este día conmemora. ¿En la muerte y pasión? -En la pasión y muerte- ¿Quiere Ud. que leamos? -No, que Ud. hace falta en la iglesia: los fieles no deben faltar en su escaño. -Y dice Ud. verdad: que cuando falto, parece que he cometido un crimen, según lo que acusan. Sobre todo, alguna fiel como Ud. ¿no es verdad? -Hombre y me recuerda Ud. que prometí a Silveria... ¿También lugar de citas amorosas es el templo? -Para eso es el mejor de los lugares. Se comprende: la media luz, el silencio, el recogimiento, la meditación, la devoción han de ser excelente auxiliar del amor divino. Pero ¿hasta en Viernes Santo? -Venga Ud. y verá. -Dios me libre ir a un lugar de citas cuando estoy en un lugar de meditación. -Pero me parece que este no es lugar de meditación. Esta es una casa: aquí no hay blandones, ni altares, ni santos, ni intercolumnios, ni ábsides, ni coro, ni nada de lo que constituye el recinto de la oración.

-Error de creyente. Aquí hay todo lo que se necesita para meditar. ¡Qué es...! Una conciencia encaminada al bien, un corazón contrito, una razón que se baña con deleite en la luz perpetua de la verdad y la justicia. Aquí, en la oscuridad de esta conciencia, en los abismos de este corazón, en la soledad de esta razón aislada, se tiene para la fe de todos los hombres, la misma benévola indulgencia, para todos los sentimientos religiosos, la misma simpatía de corazón para todas las formas externas de religión, el mismo piadoso conocimiento de la levadura de error que deforma a la verdad. Aquí, mansión de una conciencia cada vez más solitaria, donde nadie se prosterna, donde a nadie se deja prosternar, aquí se rinde culto a lo mismo que confesaba el Crucificado.

-Fijo en la cruz de su propósito sublime, Jesús padeció mucho antes de que comenzara la pasión, sudó sangre invisible, mucho antes de sudar sangre visible en los Olivos; murió mucho antes de su muerte, estuvo crucificado mucho antes de estar crucificado. Como él, más largamente que él, menos afortunadamente que él, porque no tienen la fortuna de una muerte tan patética, todos los que llevan en su espíritu el sello de la verdadera humanidad, viven y mueren en la abogacía del bien, en la predicación de bien, en la lucha del bien, en el hambre devoradora de verdad, en la sed insaciable de justicia, en el anhelo incesante de infinito. Así como él estaba místicamente en su Padre y su Padre en él, así todos los verdaderos personificadores de la humanidad están en él y él está en ellos. Jesús es el símbolo más vivo de la naturaleza moral del ser humano.

Al decir esto oí un lamento colectivo. Salí, busqué, penetré en el templo cercano. Un clérigo anatematizaba a los impíos, y las piadosas y los piadosos que lo oían, habían lanzado un lamento que parecía una maldición.

Yo me volví a mi rincón a meditar. ¿Cuál de las dos, Jesús, es tu doctrina? ¿La que enseña a meditar o la que induce a maldecir? ¿Cuál de los dos es tu Viernes Santo? ¿El de la buena gente o el de este solitario?”

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