20171111 https://www.diariolibre.com

Un año atrás, preguntaba a propósito de un viaje a San Petersburgo si en este octubre de 2017, centenario de la revolución que alumbró el comunismo, habría qué celebrar y avisaba que el frío ruso congela hasta los malos recuerdos. Nada de festejos. Por el contrario, desde el Moscú oficial se adelantó la inconformidad de Vladímir Putin con la era en la cual nació, creció y se graduó magna cum laude como espía de altos vuelos.

Quizás en la periferia ideológica de la antigua Unión Soviética, en aquellos países que despectivamente llamaban satélites o adláteres, haya habido celebraciones. Moderadas, de seguro, porque la trascendencia mediática ha sido mínima. En la gran heredera de Marx y Lenin, la China legendaria de Mao y en un tiempo adalid del marxismo-leninismo, se apuraban brindis en medio de un banquete a tono con la tradicional hospitalidad oriental. Mas no en honor de camaradas o delegaciones de partidos amigos, sino del presidente norteamericano Donald Trump, en visita que tiene más de negocios que de política, si apartamos a un lado la pesadilla que es Corea del Norte.

Hasta Vietnam llegará la representación del capitalismo más rancio, señal inequívoca de que otros son los tiempos y las mayúsculas en la Revolución de Octubre solo pertenecen sin que medie discusión a las reglas del idioma. La gramática política es otra, sin capítulo para las ideologías. En el repaso a esta centena de años desde que el Aurora apuntara sus cañones hacia el Palacio de Invierno y Lenin impusiera su pensamiento y acción a contrapelo de las circunstancias más adversas, hay mucha pena y poca gloria.

Putin adelantó en diciembre pasado sus razones: “No podemos arrastrar hasta nuestros días las divisiones, los odios, las afrentas y la crueldad del pasado”. Palabras pesadas al provenir de alguien a horcajadas entre lo nuevo y lo viejo en un país de luces y sombras. Para acentuar más la ruptura con el pretérito comunista, las encuestas revelan que un 64% de la población está a favor del retiro de la momia de Lenin del mausoleo en el corazón de la capital rusa.

Hay mucha riqueza en la historia de Rusia antes de estos últimos cien años. Cuesta entender cómo un puñado de revolucionarios pudo embozalar la creatividad e imponer una camisa de fuerza al arte, siendo el Gulag el destino cierto de quienes osaron contravenir las reglas de un sistema autoritario, implacable y que, como Saturno en la descripción pictórica de Francisco Goya, devoraba hasta sus propios hijos. Leer a Tolstói, Dostoyevsky, Gógol o Turguénev y escuchar la música de Tchaikovsky, Rimski-Kórsakov, Stravinsky o Glazunov equivale a embarcarse en un crucero espiritual, con la satisfacción de las ansias estéticas más exquisitas como destino. Sin embargo, la gloria encarnada en esa pléyade de pensadores, escritores, músicos y artistas excelsos se extinguió en la ortodoxia asfixiante.

Esos rasgos dictatoriales de las décadas soviéticas abonan la poca devoción al recuerdo festivo de una era que fracasó en el fementido intento de crear un hombre nuevo. Afortunadamente, podría argumentarse, porque hubiese sido a imagen y semejanza de una mentira, de una falsificación de la historia y los hechos con tal de acreditar una revolución que tanto dolor y sufrimiento ocasionó al pueblo ruso y países bajo el manto asfixiante del Moscú totalitario. Las constantes purgas políticas, el odio de clase que exterminó poblaciones enteras, las persecuciones masivas, la represión violenta de toda disidencia y las consecuencias funestas de programas económicos inverosímiles por su reto a toda lógica, causaron tanto o más daño que la agresión nazi.

Hay más pena que gloria en este aniversario, y una razón obedece a la complicidad de connotados intelectuales plegados a la convención ideológica y, peor aún, convertidos en portavoces de la propaganda que acallaba con palabras y clisés la tragedia en escena detrás de la cortina de hierro. Actuaban por convicción, podría aducirse a su favor, argumento admisible en algunos casos. Sin embargo, la condición de intelectual trae aparejados la conciencia crítica y el impulso inagotable de encontrar la verdad, elusiva per se.

Muy aleccionador, hoy se pone a circular en España la edición en castellano de la obra que escribía León Trotsky cuando Ramón Mercader le clavó un piolet en la testa. Ni siquiera el lejano exilio en México salvó al creador del Ejército Rojo y gran teórico marxista de la vesania del antiguo seminarista, en cuya biografía trabajaba durante tres años y esfuerzo que, al decir de muchos, atizó el odio del dictador georgiano. Se trata de un clásico del que ya hay varias ediciones en inglés tomadas del original, una de cuyas páginas borró la mucha sangre que manó de la cabeza del revolucionario.

Destino implacable el de Trotsky, porque lo mermado de sus finanzas lo empujó a aceptar la oferta de Harper & Brothers para desempolvar sus recuerdos sobre su antiguo compañero de revolución. Era 1938, y aún no se habían desatado los acontecimientos bélicos que pusieron en peligro a Josef Stalin pero que, paradójicamente, al final consolidaron su liderazgo en todo el este europeo. El interés académico de Trotsky se centraba en terminar otra biografía, la de Vladímir Lenin.

Esta nueva edición en nuestro idioma aventaja a las demás. Adiciona material que Trotsky, temeroso de que lo asesinaran, había enviado a la Universidad de Harvard. Ha correspondido la tarea a un marxista y filólogo, el británico Alan Woods, quien gastó diez años en examinar recortes, investigar y enfrentarse a las anotaciones en varios idiomas del puño y letra del autor de la tesis de la revolución permanente. También en esquivar las falsedades que la propaganda soviética había colado.

Coinciden el aniversario de la toma del poder por los bolcheviques y el asesinato de Trotsky. No es casual que este hecho de barbarie compendie el decurso del comunismo, sobre todo la versión estalinista. En La revolución traicionada, de 1936, destaca una crítica profunda bajo la definición del Termidor soviético, que no es otra cosa, a los ojos de Trotsky, que la victoria de la burocracia sobre las masas. Surge ahí la novedosa tesis del capitalismo de Estado que hechos posteriores han legitimado. El estalinismo robó la esencia democrática a la Revolución de Octubre, si es que la tuvo como argumentan los troskistas, e instauró un régimen brutal, una dictadura deshumanizada en la que se congeló hasta morir todo lo que de bueno pudieron tener aquellos cambios de estremecimientos mundiales.

En 1917, Rusia era un país atrasado. La industrialización forzosa incubó una modernidad que, sin embargo, se estrelló contra la estructura burocrática y autoritaria del Estado. El totalitarismo generado sobrepasa con sobrada ventaja cuantas ganancias materiales puedan ser atribuibles al comunismo soviético. Al final, el régimen terminó desmoronándose irremediablemente, incapaz la Nomenklatura de contener las fuerzas sociales devenidas enfermedad avanzada en las entrañas del monstruo. La dictadura del proletariado pasó de sueño a pesadilla, y en el tránsito se llevó de encuentro millones de personas, incluso a quienes como Trotsky fueron protagonistas de uno de los episodios claves en la historia del siglo pasado. Penoso también, que en el altar de una ideología se inmolara tanta gente joven.

No hay lágrimas nostálgicas que verter en este aniversario, la causa no las justifica. Demasiadas de dolor fueron ya derramadas.

adecarod@aol.com

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