Conan Doyle y la Lógica de Holmes

El nombre de Sir Arthur Conan Doyle (1859-1930) es sinónimo en el mundo de las letras de Sherlock Holmes, el personaje de su creación cerebralmente obsesivo y genial que le franqueó el mercado de lectores a través del ejercicio sistemático de la deducción, sustentada en un penetrante don de observación del detalle, como práctica de investigación en los más intricados casos policiales. Quien, aposentado en Baker Street del neblinoso Londres victoriano, auxiliaba en las indagatorias criminales emprendidas por inspectores de Scotland Yard, ayudando a solucionar los casos con su acertada asesoría.

En su defecto y por vía de extensión, el perfil de Conan Doyle se asocia con otro de sus personajes, el doctor John Watson, el alter ego de Holmes, médico al igual que el autor de la exitosa saga que ha cautivado a generaciones de lectores desde que en la Navidad de 1887 apareció el primer relato, Estudio en Escarlata. En la difusión de las aventuras detectivescas de Holmes y de la obra más amplia de su autor, Strand Magazine, con tiraje mensual de 500 mil ejemplares, jugó papel fundamental. Entre 1891 y 1930, publicó 121 relatos cortos, 70 artículos, 9 novelas, 2 entrevistas y un poema de Conan Doyle.

El fenómeno sociológico Holmes fue una verdadera bola de nieve. Sidney Paget ilustró los personajes en Strand, dándoles forma visual. Cruzaron el Atlántico llegando a Estados Unidos, donde el actor, guionista y productor teatral William Gillette los llevó con éxito al teatro en 1899, encarnando a Holmes en el celuloide en 1916. Antes, al inicio del siglo XX, se produjo un cortometraje mudo, Sherlock Holmes Baffled. En 1912 Conan Doyle supervisó la filmación de una serie de 9 cortos basados en sus historias.

Siendo uno de los personajes de ficción más representado en el cine, en su haber figuran varios centenares de películas. En 1922 el gran John Barrymore interpretó a Holmes en film de Albert Parker y siete años después, al surgir el cine sonoro, se produjo El retorno de SH. En 1939 y en los 40, el británico Basil Rathbone –quien hizo teatro shakesperiano y actuó en la pantalla grande como diestro espadachín en taquilleras de Robin Hood y El Zorro-, junto a Nigel Bruce, se echaron sobre sus hombros las pesquisas holmesianas concretando 14 cintas que engrosaron los ingresos del cine de estudios (20th Century Fox y Universal).

En 1959, Peter Cushing (tantas veces Drácula al igual que Christopher Lee, como antes lo fuera el imponente transilvano Bela Lugosi) realizaría una de las mejores encarnaciones del detective británico, El Sabueso de Baskerville. Tres años más, el flemático Lee hizo de Holmes.

En los 70 el personaje ganó nuevos bríos. El emblemático director Billy Wilder encaró La vida privada de SH, jugando con la misoginia del carácter y una posible homosexualidad. A media década, el encantador Gene Wilder protagoniza una comedia como Holmes. Poco después, con elenco insuperable, aparece Elemental, Dr. Freud, que reúne a Laurence Olivier como el villano Moriarty, Allan Arkin como Sigmund Freud, Robert Duvall en papel de Watson, y Nicol Williamson como Holmes. Murder by Decree, con implicaciones políticas, junta a Christopher Plummer (Holmes) y a James Mason (Watson) en uno de los mejores roles de éste.

En 1989 se estrena Sin pistas (Without a Clue), que reúne a Ben Kingsley (Watson) y Michael Caine (Holmes), cuya trama juega con la inexistencia de Holmes, invención de Watson, quien realmente resuelve los casos. En los últimos tiempos, he visto en la gran pantalla los films protagonizados por actores del calibre de Robert Downey Jr y Jude Law (Sherlock Holmes, 2009 y Juego de Sombras, 2011), dirigidos por Guy Ritchie, sencillamente magistrales, y cuya tercera entrega se anuncia para 2020. He disfrutado recientemente en sesiones madrugadoras la serie de TV de 4 temporadas y 13 episodios de la BBC interpretada por Benedict Cumbertbatch y Martin Freeman. Que actualizan las viejas aventuras detectivescas, ambientándolas en el Londres de hoy.

Gracias a Netflix me he encontrado con un anciano Holmes (Mr. Holmes), retirado en la campiña atacado por el Alzheimer, practicando apicultura y tratando de recordar su último caso inconcluso. Asistido por diligente ama de llaves y su pequeño hijo. Herederos al final de su patrimonio. Dirigido por Bill Condon con sobria actuación de Ian McKellen, laureado e icónico actor inglés de cine y teatro ganador de 6 premios Sir Laurence Olivier. Popularizado por El Señor de los Anillos.

Muchas versiones quedan en el tintero, sin contar televisión: 262 capítulos de BBC en 1949/54, 26 episodios de ITV en el 71/73, y 41 entregas de Granada TV en 84/94, sólo en Inglaterra. Elementary de CBS lleva 7 temporadas.

Nuestro autor escribió su primer libro a los 6 años. “He escrito entre veinte y treinta obras de ficción, libros de historia sobre dos guerras, varios títulos de ciencia paranormal, tres de viajes, uno sobre literatura, varias obras de teatro, dos libros de criminología, dos panfletos políticos, tres poemarios, un libro sobre la infancia y una autobiografía.” En ficción, el propósito consiste en producir “el efecto dramático”. Pero en historia, se impone “ser exacto”: devorar bibliotecas enteras, cientos de libros pasados por la criba analítica, tomando notas en cuadernos.

Cómo llega Holmes. “Emile Gaboriau siempre me había atraído por lo bien trabado de sus tramas, y el señor Dupin, el gran detective de Poe, se contaba entre mis héroes desde la infancia. ¿Pero podría yo aportar algo nuevo? Me acordé de mi antiguo profesor Joe Bell, su cara aguileña y su curiosa forma de ser, su escalofriante habilidad para captar todos los detalles. Si él fuera detective seguramente transformaría ese oficio fascinante pero desorganizado en algo más próximo a una ciencia exacta. Yo trataría de conseguir ese efecto.”

Se preguntó cómo bautizar al personaje. “Primero se llamó Sherringford Holmes; luego Sherlock Holmes”. Añadiendo: “El no podía narrar sus aventuras, así que necesitaba un comparsa que además sirviera de contraste: un hombre de acción pero instruido, de manera que pudiera acompañarlo en las peripecias así como contarlas. Para este hombre sin asomo de ostentación necesitaba un nombre común, gris. Watson serviría. Ya tenía las marionetas, y con ellas escribí Estudio en escarlata.”

El texto primerizo del genial detective de Baker Street, misógino, adicto a drogas psicotrópicas y aficionado al violín, hizo viajes de ida y vuelta entre el autor y los editores, sin resultado. Hasta que una empresa especializada en literatura popular lo acogió el 30 de octubre de 1886 ofreciendo 25 libras por los derechos, pero postergando su publicación por un año, ya que el mercado se hallaba “inundado”. Convirtiéndose así en el Beeton’s Xmas Annual de 1887.

El segundo título de Holmes fue resultado de una cena con escritores y editores en Londres, en la cual participó Oscar Wilde. Frutos del encuentro aparecieron, de Wilde El retrato de Dorian Gray y de Conan Doyle El signo de los cuatro, publicados por Lippincott’s Monthly Magazine en EEUU. Entre los dos títulos holmesianos saldría Micah Clarke, una incursión en la novela histórica ambientada en la Rebelión de Monmouth de 1865, que enfrentó a protestantes con católicos bajo el reinado de James II, tras el deceso de Charles II.

A seguidas, Conan Doyle se enfrascó en la investigación del reinado de Eduardo III, calificando la suya como “la época más grandiosa de la historia de Inglaterra”. Así “surgieron dos de mis libros: La compañía blanca, escrito en 1889, y Sir Nigel, que escribí catorce años después”. Considerados “el trabajo más completo, satisfactorio y ambicioso que haya hecho”. El efecto Holmes sobre su obra de carácter histórico le llevó a decir: “creo que si nunca hubiera creado a Holmes, que emborronó otros trabajos superiores, mi posición literaria en la actualidad sería más alta”.

En entrevista realizada por Bram Stoker –autor de Drácula- Conan Doyle abre las puertas a claves biográficas de su obra. La madre le narraba historias desde niño y fue su impulso hacia las letras. El padre fue “un genio nunca reconocido”, de “imaginación, desbocada y extraña”, que expresaba en acuarelas teñidas de aquelarres, marineros náufragos, carrozas fúnebres tenebristas y duendes persecutores de infantes.

La vida lo lanzó a una escuela privada en el Tirol alemán, donde confirmó su afición literaria editando una revista escolar y devorando su surtida biblioteca. En 1876 inició estudios de medicina en Edimburgo y ejerció en Birmingham en barrios populares. Amante del deporte, practicó boxeo, cricket y rugby. A los 21 fue reclutado como médico de un barco ballenero en el Ártico, pasando luego a un vapor que viajaba por la costa occidental de África. Por diez años (1877-87) fue escritor anónimo enviando sus relatos a las revistas literarias, tales Cornhill y London Society.

Desde niño estoy inscrito en su escuela, de impecable estirpe. Porque como afirma Borges en Los Conjurados, “Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una/de las buenas costumbres que nos quedan”.

jmdelcastillopichardo@hotmail.com

+ Leídas