Cuando el olvido es traición

$!Cuando el olvido es traición

Hace ya sesenta años. La disciplina paterna había convertido las tardes en ejercicio temprano de responsabilidad, deberes escolares incluidos, que se iniciaba inmediatamente después de la comida en familia al regreso de la escuela. Debíamos, los varones, ir al establecimiento comercial de mi padre para observar y participar moderadamente en la práctica de aquello de que ganarás el pan con el sudor de tu frente. Con mayo a punto de concluir, muy pronto se alteraría la rutina: las obligaciones escolares cederían a las vacaciones veraniegas, y a la posibilidad de una visita de varias semanas a la tía en Jarabacoa.

Por aquel entonces desterré lo que llaman aburrimiento. Ayudábamos en lo que se nos ordenaba; jugueteábamos en el patio trasero que ocupaba el secadero de granos y que a veces se nos permitía convertir en campo de béisbol; escuchábamos la radio; practicábamos mecanografía; nos entreteníamos con algún libro, las Selecciones de Reader’s Digest o el periódico que llegaba con gran retraso al lar nativo en un rincón de la provincia Duarte.

La lectura del diario impreso, La Nación y luego El Caribe, conllevaba su protocolo. Papá tomaba la primera sección, y la “tanda menuda”, como nos denominaba mamá, se disputaba “fraternalmente” las páginas para nosotros más suculentas, donde estaban los deportes pero, sobre todo, las tiras cómicas con personajes como el Doctor Merengue y El Fantasma a los que seguíamos con unción religiosa. También nos deteníamos en las noticias, internacionales en su mayoría, relatos policíacos o adoctrinamiento trujillista. Las tardes de radio arrancaban con El suceso de hoy, crónica roja teatralizada por el célebre Rodriguito. A las cuatro rayando venían las noticias. Un altoparlante colocado en el frente del almacén las descargaba con generosidad de decibelios para información o castigo de todo bípedo cercano. A veces el artilugio, conectado al aparato radiofónico de pilas en la oficina paterna en un despliegue de técnica antediluviana, servía para que la comunidad disfrutara de los partidos de serie final en las grandes ligas de los Estados Unidos, programación encapsulada en la llamada Cabalgata Deportiva Gillette.

Aquella tarde del 31 de mayo de 1961 fue diferente, nunca podría olvidarla. Una música suave, desacostumbrada, reemplazó el inicio de las noticias y los comentarios políticos cargados de insultos anticlericales en Radio Caribe. Luego vino el anuncio que nos silenció a todos: el dictador había caído acribillado a balazos, envuelto el hecho cierto en una amalgama de loas, lamentaciones y proclamas en los términos más duros contra los perpetradores del magnicidio.

Pese a mis pocos años, las noticias sobre el país que mi padre escuchaba a hurtadillas en las emisoras de Puerto Rico y Cuba describían una realidad diferente a la que traían diarios y noticieros nacionales. En las transmisiones foráneas, por ejemplo, la invasión del 14 junio de 1959 y el atentado contra el presidente venezolano Rómulo Betancourt correspondían a otra narrativa. En algún rincón de la memoria infantil guardaba el relato de papá sobre su experiencia cuando muy joven, en su natal Pimentel, los forajidos de La 42, grupo represivo al estilo de los camisas negras fascistas pero a caballo, atropellaron y golpearon a mansalva a un grupo de ciudadanos indefensos.

Recuerdo que el contable y otro empleado de confianza de inmediato preguntaron a mi padre qué pensaba del anuncio, desconcertados ambos tanto como yo. Papá respondió con evasivas y más o menos dejó la impresión de que podía ser una trampa para identificar a los enemigos del régimen cuando saliesen a celebrar. Llamaba la atención que el atentado contra El Jefe, una noticia llamada a transformar el país, fuese informado el día posterior, avanzada la tarde.

La programación de las pocas estaciones de radio que entonces se repartían las ondas hertzianas cambió totalmente, reemplazada por música sacra que yo asociaba con la Semana Santa. Duelo nacional. De tiempo en tiempo, se repetía el anuncio oficial sobre la muerte del tirano. Regresamos a casa más temprano.

El periódico del día siguiente barrió toda duda. En la primera página de El Caribe aparecieron las fotos de los patriotas participantes en el tiranicidio y un relato acomodado de lo que había ocurrido en la hoy autopista 30 de Mayo. Los rumores y versiones clandestinas se encargaron de descorrer el velo de mentiras con que en principio se pretendió escamotear la trascendencia de aquella fecha memorable, justamente designada como Día de la Libertad.

En nuestro país de amores y calores, el pasado histórico surge como punzada, jolgorio o épica, de acuerdo siempre con quien lo evoca. Es, sin embargo, una constante que se advierte con fuerza en los medios de comunicación y no deja dudas de cuánto cala al colectivo como reafirmación o construcción de la noción de patria. Tenemos grandes y pequeñas fechas, pero todas encuentran acogida en unas ansias inexplicables de acomodar el pasado, revivirlo, exaltarlo o condenarlo. Ninguna como el 30 de mayo, hito de heroicidad y génesis de una nueva historia.

La prohibición del olvido debería ser una de las enseñas nacionales. Celebro la tanta crónica que año tras año vuelve sobre lo andado, no importa que carezca de novedad porque las huellas son las mismas. Hay episodios encartados en la historia de los pueblos que permanecen como un recordatorio de la sorprendente capacidad humana para dañar, cometer desafueros o devolvernos a las cavernas. Es entendible y conveniente que periódicamente, cuando se crea que las heridas han cicatrizado sin dejar rastros, se levanten voces admonitorias para impedir que la desmemoria se convierta en injusticia mayor.

Recordar y perdonar no tienen por qué ser realidades polarizadas en sociedades signadas por desventuras inducidas en el pasado desde el poder. El trauma se enraíza cuando el olvido deviene política para esquilmar la veracidad, y el silencio así forjado adquiere categoría de complicidad. La verdad es liberación y paso indispensable para la aprehensión de situaciones que son ya hechos irreversibles.

Reinventar la historia de acuerdo con las circunstancias y sin el esfuerzo de la investigación seria me parece tarea indigna. Todavía discutimos si hubo progreso durante ese período infame, aceptamos pendencias con los familiares, prestamos atención a las palabras necias de quienes buscan camorra y preeminencia trayendo al ruedo alegadas bondades del dictador, abiertamente en contraposición a las acciones de quienes lo enfrentaron y eliminaron. No hay validez ni ganancias en esos repasos fútiles del pasado.

Escribí hace ya años que la verdad de la dictadura y los años en democracia aún nos evade en todo su esplendor en esta geografía de media isla. Y de medias verdades. Por el contrario, hay un esfuerzo consciente en bolsones de la sociedad para impedir que reluzca. O se ha consignado a la ficción un relato escrito con sangre en la realidad de un pueblo. La sociedad dominicana ha cambiado, pero se necesita un empuje más dinámico, una prueba de vitalidad democrática, de designio consciente para reconocer las injusticias y recompensar a las víctimas y sus herederos con el reconocimiento abierto de las desgracias que se les causaron.

Discernir sobre el pasado será siempre tarea ímproba. Incluso con la ventaja de la edad. Controversias las habrá sin que baste una vida para resolverlas. Las nostalgias son subjetivas y generan sentimientos encontrados. Puede que para otro sean simplemente caprichos pasajeros; o una obsesión con episodios que nunca fueron ni tuvieron la coherencia con que ahora se arrastran a la contemporaneidad.

A sesenta años de aquel mayo, convencido estoy de que aún le sobra pasado a este presente.

En nuestro país de amores y calores, el pasado histórico surge como punzada, jolgorio o épica, de acuerdo siempre con quien lo evoca...Tenemos grandes y pequeñas fechas, pero todas encuentran acogida en unas ansias inexplicables de acomodar el pasado, revivirlo, exaltarlo o condenarlo. Ninguna como el 30 de mayo, hito de heroicidad y génesis de una nueva historia.

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