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¿Cuándo se gana y se pierde en política?

No cómo, sino cuándo. El político puede –y debe- emplear todas las argucias para ganar una contienda electoral o, mejor aun, para establecer su agrupamiento sobre fundamentos robustos en coyunturas específicas. Hablo de argumentaciones, rejuegos, sutilezas, y eso que en definitiva deviene en algo muchas veces tan etéreo o difícil de entender que suele denominarse estrategia.

El político crea sus propias resoluciones y aguza sus sentidos para insuflar en sus conmilitones las ideas con las que busca hacer su andadura en un terreno tan áspero, donde el albur es siempre una posibilidad abierta. Se entra a la política para practicar estas claves que nunca estarán sobre la mesa de los planes y de los hechos, sino que se hace necesario aprehenderlas, cultivarlas y, en definitiva, sorprenderlas. El político crea sus astucias, pero ha de ir, sobre la marcha, acogiendo las revelaciones que se suceden y desconcertando al contrario para turbar sus tácticas. No pocos ingresan a la acción política sin barruntar la sordidez de su ejercicio, las impurezas de su trajinar, los horizontes inescrutables de su devenir, las mutaciones tan propias del oficio, y el abierto espacio del azar.

Un político (hablo de los que realmente ejercen como tales desde configuraciones bien diseñadas, no del que monta tienda para abastecerse en cada temporada de los beneficios de variada realidad que pueda generar su micromilitancia) ha de tener sus miras siempre sobre el presente que habita y el futuro que aguarda, sin dejarse vencer por lo que la actualidad le muestra y sin dejarse engañar por lo que el porvenir pueda dictarle. Ha de estar seguro de sus pretensiones y saber encaminarlas hacia la finalidad a que aspira. Joaquín Balaguer siempre aspiró al manejo propio del poder, para lo cual tuvo que esperar, con inteligencia jesuítica y con la paciencia de Job, a que el porvenir dictara sus pormenores. Estuvo a punto de salir del cuadrante, cuando se presentó la posibilidad de que Rafael F. Bonnelly fuera el presidente de la república, luego de las sanciones económicas de la OEA. Balaguer terminó siendo el favorecido, porque además era el que tenía la trayectoria trujillista de mayor tiempo. Cuando salió del país, humillado y zarandeado por la turbamulta, Bonnelly lo sustituiría al mando del poder colegiado del Consejo de Estado, pero al cabo de cuatro años, Balaguer ascendería al poder que ambicionó y Bonnelly nunca pudo, pese a su prestigio, alcanzar la más mínima cuota política que le hiciese sombra al liderazgo de quien estuvo al frente de la cosa pública por veintidós años, y fuera del poder mantuvo su hegemonía patriarcal contra todo designio y contra todo razonamiento. Balaguer fue un político que se confió en el conocimiento del comportamiento de las masas, en su propia capacidad intelectual para discernir las conveniencias y los atajos de su ejercicio político, su mano dura en tiempos de tempestad, y en la siempre abierta posibilidad de las conquistas de los contrarios. Dícese que de uno de sus últimos servidores cuando le renunció, expresó que ya estaba satisfecho pues era el único “cívico” que le faltaba por servir en sus gobiernos. Naturalmente, exceptuaba a algunos que se los tragó su respaldo al golpe septembrino. Tal su manejo del ser político, sin distracciones sentimentales ni éticas.

Juan Bosch venció en 1962 a los que se veían con mayores posibilidades de triunfo. No logró sostenerse en el poder, pero vio crecer la ambigüedad y el deterioro de sus contrarios en poco tiempo, que no pudieron levantar cabeza jamás. No pudo tampoco frenar a sus contrarios en el PRD, cuando José Francisco Peña Gómez tenía en sus manos las riendas que Bosch ya no lograba conducir. Bosch no pudo nunca volver al poder, pero mantuvo desde el pequeño partido que fundara para contrarrestar al PRD que abandonara, una preeminencia que sostuvo su liderazgo social y político por largos años. Sus rivales en el PRD, luego de un extenso y difícil camino, consiguieron –apenas cinco años después de la salida de Bosch del partido que ayudara a fundar en 1939- alcanzar el poder. Pero, la división los arrastró al deterioro, al suicidio del primer presidente, al exilio y la cárcel del segundo, y al fracaso en medio de ruidos que crearon un ambiente inhóspito, del tercero. El PLD de Bosch, desde la estrategia que le proporcionó el azar, junto a una alta dosis de aprovechamiento correcto de las circunstancias y un sentido de practicidad política que, contrario a lo que se ha afirmado incorrectamente, no era diferente a alianzas estratégicas defendidas por Bosch en distintas circunstancias anteriores, se alza con el poder en 1996, el cual habrá manejado hasta el 16 de agosto próximo durante veinte años, con un intervalo de cuatro años que, en vez de perjudicarle le facilitó la vuelta al palacio con mayor solidez y experiencia.

Poco a poco, el PRSC y el PRD se fueron desintegrando, perdiendo su esencialidad de poder el primero y sus principios sustentadores el segundo. Probablemente, hayan concluido su ciclo en este 2020, como antes vimos terminar los de la poderosa UCN que -aguijoneada por alientos conspirativos y un liderazgo fofo- terminó su ciclo de vida penosamente. O como otros muchos que nunca pudieron forjar un liderazgo de alzada, ni mucho menos concertar prosélitos de magnitud considerable, y peor aún –y ésta habrá de ser la razón fundamental- no congregaron las cualidades propias del auténtico ejercicio político. Exceptuamos a una izquierda con rasgos de heroicidad que no mostró apremios de poder y que se quedó siendo sólo un aglutinante de masas que luego hicieron reflujo cuando acciones erradas llevaron a sucumbir trayectorias promisorias, o grupos enanos que se sostuvieron en la alquimia ideológica que, por igual, fueron extinguiéndose en la retórica y en historias concebidas sólo para la memoria y el olvido.

La mayoría del PRD se recicló en el PRM, luego de intentos fallidos, y hasta violentos, por recuperar la dirección del viejo partido. Paso a paso, fueron reanimando al grupo y reconstruyendo la heredad. Las primarias peledeístas de octubre y la subsiguiente división del partido gobernante (un propósito que fue posponiéndose desde el 2007 y tal vez desde antes), los veinte y tantos fallos cometidos reconocidos por los observadores de organismos internacionales, y la selección –que habrá de merecer un exhaustivo análisis de parte de especialistas- de un candidato que tanto se prestó para la mofa (elemento que siempre hay que tomar en cuenta en el ejercicio político-electoral), contribuyeron a crear una firme vocación de cambio en la mayoría del electorado que se manifestó abrumadoramente en las urnas el pasado domingo 5 de julio. EL PRM podría realizar un buen gobierno que lo lleve incluso a proyectar, contrario a los que antes no pudieron más que completar un solo cuatrenio, un segundo periodo. El PLD debe examinar su misión, visión y valores, con un análisis FODA colectivo e individual a toda su dirigencia, salvo que ocurran situaciones que descalabren a la organización. Fuerza del Pueblo, formado en medio de mil contrariedades que incluyó tropiezos múltiples para su reconocimiento ante la JCE, y el hecho inédito de fundarse para salir de inmediato al ruedo electoral, ahora ha de iniciar su real proceso de organización y consolidación de su estructura. Los agrupamientos que no poseen liderazgo de influencia, ni presentan un esquema que proyecte crecimiento, deberán salir del escenario y en un caso, por lo menos, intentar con una nueva dirigencia si desean ser opción de poder. Si algo relevante ha demostrado el proceso electoral recién pasado es la cada vez más importante presencia de la juventud. El partido que desconozca este elemento se coloca de espaldas a la realidad y sus circunstancias que, en los años por venir, llevará a más jóvenes al ejercicio político. Ojalá que bien preparados intelectual y profesionalmente, con propuestas atractivas y conscientes, visión histórica y las cualidades políticas esenciales. De lo contrario, se desvanecerá el suceso.

¿Cuándo se gana y se pierde en política? No sólo cuando se llega al poder ejecutivo. Sino también cuando se dejan atrás episodios de bochornoso autoritarismo y necias veleidades, y los proyectos políticos que no alcanzan el poder quedan en capacidad de remover sus cimientos para consolidarse. Cuando se aprende de las circunstancias. Cuando profundizan en sus objetivos a mediano y largo plazo. Cuando aplican un dinamismo basado en razonamientos y en prácticas oportunas. Cuando trabaja para generar oportunidades de expansión cualificada. Cuando imprime solidez a su discurso y genera expectativas en su quehacer. En cualquier proceso electoral democrático, hay partidos que pierden para siempre, otros que inician su proceso de extinción gradual, y algunos que ganan espacio para ensanchar sus posibilidades futuras. Aún, con el azar siempre al acecho.

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Escritor y gestor cultural. Escribe poesía, crónica literaria y ensayo. Le apasiona la lectura, la política, la música, el deporte y el estudio de la historia dominicana y universal.