20160507 http://www.diariolibre.com

Sin saber siquiera lo que somos y por qué, hemos acumulado un descomunal acervo de verdades y respuestas a las preguntas que nuestra especie, en su autoconsciencia ha planteado y luego explicado, en insaciable apetito de conocer y no menos exigente necesidad de incorporarlos como conocimientos. Una parte de estos “conocimientos” se ha convertido en verdades permanentes gracias a la ciencia y su metodología, que los hace verificables. Pero la abrumadora mayoría de lo que sabemos o creemos saber es producto de observaciones imperfectas, apreciaciones, certezas aceptadas por fuerza del grupo o de repetición, por miedo, tradición, superstición o a falta de mejor explicación.

Este cerebro nuestro, con todas sus eximias posibilidades le ha dado a los que lo poseemos, la impresión de ser reyes, soberanos del conocimiento. La verdad es que nuestra soberbia, arrogante convicción de homo sapiens de lo que sabemos no es más que la confirmación de nuestra soberbia ignorancia de lo mucho que no sabemos

Thomas Edison, el hombre que no inventó la bombilla eléctrica, como hemos creído (otra verdad perteneciente a lo que ignoramos,) decía “No sabemos, ni siquiera una millonésima del uno por ciento de absolutamente nada.”

Los humanos ya creemos que sabemos cómo funciona básicamente el Universo; por lo menos así lo aseveran algunos científicos y expertos. Nada más lejano a esto; Nuestro gran error, intentando cuantificar lo que sabemos, es el de no tener ni la más remota idea de lo que desconocemos del Cosmos. Podemos tal vez asimilar esta realidad al ejemplo y comparación de que toda la materia visible en todas las galaxias conocidas y por conocer constituyen apenas un probable 4% de la materia invisible, la no conocida ni detectable por ninguno de los medios disponibles y que ocupa todos los espacios y lugares dentro de las galaxias y presumiblemente entre ellas. Todo ello, tratando de calcular las diez mil millones de galaxias hasta ahora estimadas, cada una con entre diez y cien mil millones de estrellas, resulta incontable y abrumador para nuestra percepción cuantitativa. A partir de la teoría de la Relatividad y de los aportes de las teorías cuánticas, amén de la ya aceptada teoría del ‘Big Bang’ o inimaginable e instantánea explosión que dio origen a lo que llamamos Universo, existen otras 15 coherentes, plausibles y aceptablemente bien sustentadas teorías, acerca de su funcionamiento y hasta una que combina a las más sólidas de ellas, como lo es la del Universo Elegante de Brian Greene, que incluye la Teoría de Cuerdas del Universo planteada por Scherk y Schwarz, esta última que explica mejor el comportamiento extraño de la materia y la energía en la correlación espacio-tiempo y que nos presenta de manera más objetiva la existencia de otras dimensiones, los multiunivesos, que coexisten, paralelos al nuestro.

Lo cierto es que sabemos muy poco de todo. Aplicamos y usamos cosas como la electricidad, la energía o la luz y aceptamos y obramos con los efectos de la gravedad sin conocer qué cosas son. Y si bien desconocemos los cómos y porqués de fenómenos físicos, mucho más desconcertante es nuestra ignorancia de los fenómenos del espíritu: ¿Qué es la vida, el amor, los sueños?

Basados en las indagaciones de conocimientos de sentido común e informaciones aceptadas tradicionalmente, investigadores y autores como el mundialmente conocido Robert Ripley –autor de las series y libros “Aunque Ud no lo crea”, Frank Edwards, investigador y autor de obras como “Gente Extraña”, “Más Extraño que la ciencia” y “Lo más extraño de todo”– y más recientemente, John Lloyd y John Mitchinson, quienes publicaron en el 2006 su reveladora obra “El libro de la ignorancia general” subtitulado “Todo lo que Ud cree que sabe, está equivocado” nos muestran no solo algo de las muchas inexactitudes de lo conocido sino asombrosas precisiones aclaratorias sobre lo que creíamos saber pero ignorábamos.

Como nos explica y aconseja Stephen Fry, una de las mentes contemporáneas más lúcidas a quien se le atribuye ser uno de los humanos vivientes con mayor conocimiento sobre todas las cosas. “Lo que sé, son apenas unos granitos de arena adheridos a mi cuerpo, en un inmenso océano de arena... así que aprende y lee sabiamente ‘Pequeñín’, pues el poder de la ignorancia es grande”

Nuestro cerebro, aquello de que nos valemos para conocer, pensar, imaginar, calcular, es todavía un inmenso enigma que apenas empieza a descifrarse. Posee unas cien mil millones de neuronas, cada una con un promedio de 7,000 conexiones sinápticas con otras neuronas. El cerebro de un niño de menos de tres años –en extraordinario proceso de crecimiento y aprendizaje– usa cerca de un cuatrillón (Agregue al uno, 24 ceros) de sinapsis convirtiéndolo en el objeto unitario más complejo del cosmos, según los cálculos estimados por neurocientistas, las personas normales y las inteligentes sólo usan regularmente entre 100 a 200 trillones’ (un trillón es: el uno, seguido de 18 ceros) de sinapsis; los superdotados o genios emplean sólo de 200 a 300, permaneciendo las demás conexiones sin usar. Surge entonces la esencial pregunta: ¿Para qué son esas otras conexiones sin usar?

Tal vez el faltante sin uso –las sinapsis no utilizadas– sería esencial para cerrar la brecha de la mucha inexacta o falsa información que percibimos y procesamos y de la que derivan muchos de nuestros supuestos y razonamientos.

Conocimientos como cuál es el lugar más seco de La Tierra, se nos caen cuando nos enteramos que no está en ningún ardiente desierto, sino ¡en La Antártica! En los llamados Valles Secos, donde hace dos millones de años no llueve nunca y ‘no hay una sola onza de hielo o nieve. O cuál es el organismo unitario viviente más grande del planeta (Sí, la ballena azul, diremos) siendo el llamado hongo de miel –Armillaria Ostoyae– que casi todos conocemos, que crece en los troncos muertos o podridos de nuestros parques y montes, pero si se dejaran crecer por unos dos mil o más años, como el que se encuentra bajo la superficie en Oregon, EE.UU. en el Bosque Nacional Malheur, cubre una superficie de 8,901 kilómetros cuadrados, con raicillas densas –Mycelias– que son una sola raíz, y solo pequeños grupos de sus hongos salen aislados a la superficie. Si nos preguntaran cuál es el animal más mortífero que haya existido y que más vidas humanas ha cobrado –se estima que unas 45 mil millones, tal vez no pensemos que es ¡el mosquito! cuya hembra porta más de 100 enfermedades contagiosas y las más de ellas fatales, tales como la malaria, elefantiasis, encefalitis, filiriarsis, paludismo, dengue, chicunguya, zica, estas últimas azotando ahora de manera más agresiva a nuestro país. ¿Creemos que el camaleón cambia de color por mimetismo u ocultarse? ¡No! sino de acuerdo a su estado de ánimo.

La lista de conocimientos comunes que aceptamos como verdades inmutables es inmensa: Antes que Alexander Graham Bell inventara su teléfono y lo patentara, en 1876, Antonio Meucci, un Florentino que emigró a New York ya lo había desarrollado y bautizado como teletrófono, tal vez el nombre no más feliz, en 1860 y obtuvo una patente provisional en EE.UU. que no pudo registrar como definitiva, por encontrarse en precaria situación económica y no tener los US$10 que el registro costaba, venciéndose en 1874. Bell, de quien no hay duda desarrolló su invención en forma totalmente independiente, patentó la suya sin objeción dos años después. En el 2004, el Congreso de los EE.UU., pasó una resolución reconociendo los aportes de Meucci en la invención del teléfono.

Que los sentidos humanos no son cinco, sino nueve, pues además de vista, oído, olfato, gusto y tacto están: el de la termocepción o percepción térmica, (calor frío) el de equilibriocepción que nos da el balance con respecto a la fuerza de gravedad a través del receptáculo líquido que poseemos en el oído interno (y que al funcionar deficientemente incide en el llamado ‘Mal o Síndrome de Méniere’; el de la propiocepción, o sentido de saber dónde está cada parte de nuestro cuerpo sin siquiera verlas ni sentirlas y la nocicepción, que es la que nos indica dolor en la piel, órganos, coyunturas, excepto la del dolor en el cerebro, pues el cerebro no tiene receptores de dolor, lo que nos lleva a otra falacia: que no hay tal cosa como un dolor de cabeza (como los que tan física y sensiblemente el autor siente cada dos o tres meses y le son tan terriblemente reales) sino ligero corrugamiento o encogimiento de la membrana exterior de éste.

Que los estados de la materia no son tres: (sólido, líquido y gaseoso) sino, que hasta ahora se cuentan quince y el número sigue creciendo. La lista de los descubiertos junto a los ya conocidos ahora es como sigue: sólido, sólido amorfo, líquido, gas, plasma, superfluido, supersólido, materia degenerada, neutronio, materia fuertemente simétrica, materia débilmente simétrica, el plasma quark-gluon, el condensado fermiónico, el condensado Bose-Einstein y la materia extraña

Que la Luna no gira solamente alrededor de La Tierra sino también viceversa: La Tierra alrededor de la Luna. Ambos cuerpos celestiales orbitan (poéticamente diríamos, bailan) alrededor de un centro de gravedad situado a mil millas debajo de la superficie de La Tierra, de manera que la Tierra experimenta tres rotaciones diferentes: alrededor de su propio eje, alrededor del sol y alrededor de este centro de gravedad.

Que el país donde viven más tigres africanos y de Bengala hoy día es: ¡Estados Unidos! Con una población de más de diez mil, todos en parques, fincas privadas o en cautiverio y cuya población, por el cuidado que se les da, sigue creciendo. Algo bueno es que no haya tigres sueltos en República Dominicana (salvo los tiguerazos nuestros) pues el tigre no soporta y le enfurece el olor a alcohol, por lo que ha habido muchas víctimas a las que el tigre ha sentido el tufo alcohólico.

Y sobre nuestra Biblia, que el fatídico número de la bestia, el Anti-Cristo que aparece en Las Revelaciones no es 666, sino 616, evitando la mayoría de la civilización cristiana tal número. El Parlamento británico, por ejemplo, deja su asiento 666, donde debía sentarse el respectivo numerado representante, siempre vacante, ocupando el que sigue al 665, el 667. El más antiguo papiro que excede 1,700 años, contentivo de Las Revelaciones, recuperado en Egipto y descifrado y publicado en el 2005 por el profesor David Parker de la Universidad de Birmingham de manera incuestionable arroja el número 616, y atribuye el error a otra antigua traducción. Curioso como pueda parecer, Friedich Engels, en su libro ‘Sobre religión’, tras analizar La Biblia había concluido también en el siglo XIX, que el número de La Bestia era el 616. El número es tan atemorizante que la Autopista 666 de EE.UU. fue cambiado por Autopista 491. Algo similar hicieron las autoridades de transporte de Moscú, en Rusia, cuando en 1999 cambiaron la aprensiva ruta de autobús 666, por un nuevo número. Desafortunadamente, el nuevo número de ruta escogido fue ¡el 616!

Y que el color del Universo no es negro, ni negro con lucecitas plateadas, ni verde pálido, sino beige -es decir, de tenue amarillento doráceo- producto de la inmensa cantidad de estrellas cuya luz no había aun llegado desde remotísimos confines y que sigue incrementalmente llegando a La Tierra. Esto fue determinado en el 2002 por el Censo Australiano Redshift de Galaxias, tras científicos norteamericanos de la Universidad de John Hopkins analizar la luz de más de 200,000 galaxias. No hay aún explicación plausible a lo que en 1826, planteara el astrónomo alemán Heinrich Olber, de que el universo lo vemos negro, no obstante las infinitas estrellas que prácticamente están en todas partes. Este enigma es lo que se conoce como la Paradoja de Olber.

Que América no debe su nombre al comerciante y cartógrafo italiano Américo Vespucio sino a Richard Ameryk, un rico comerciante de Bristol, quien financió el segundo viaje del navegante italiano Giovanni Caboto (John Cabot para los ingleses). Consideremos también que el primer dispositivo fabricado por el hombre capaz de romper la barrera del sonido no fue en 1947 –el avión Bell XI– sino hace siete mil años en China: ¡El látigo! Al moverlo enérgicamente, el sonido que emite en la punta no es el roce con el aire, sino la mini-explosión al romper la barrera del sonido, a unas 742 millas por hora.

Todavía falta mucho para que estos niños frágiles, de corta relativa vida, henchidos con ínfulas vanidosas por nuestro relativo “progreso” científico y tecnológico, algunos, tal vez muchos, regodeados y mullidos en el bienestar y comodidades de la vida moderna y definitivamente en mayoría, casi todos, creyéndonos todavía ser centros, protagonistas y amos de nuestro entorno y saber descubramos el real lugar que ocupamos, en la prosecución del camino a la conciliación de nuestra singular paradoja existencial de poquedad y grandeza, de estiércol y perfume, de temporalidad y eternidad.

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