20170715 https://www.diariolibre.com

Años y años de procrastinar y al fin me decidí. Había desaprovechado la colindancia de dos amigos queridos cuando encabezaban las embajadas dominicanas en Ecuador y Perú. E incluso desperdiciado una oportunidad de oro con ocasión de un congreso internacional al que asistí en Lima hace algún tiempo y que ofrecía a su término una excursión a Machu Picchu a la que sin pestañear se unieron mis colegas dominicanos.

Habiendo resistido el embate de seis siglos, las huellas destructoras de los conquistadores y el abandono de los independentistas republicanos, de seguro que esta integrante de las siete nuevas maravillas del mundo, selección cuya primera década se celebra en estos días, no desaparecería antes de agotar yo mi agenda vital de visitas a lugares emblemáticos repartidos por la geografía global. Tanto o más que una ciudadela de piedras empalmadas sin auxilio de argamasa y sí de mucho talento, Machu Picchu se yergue como símbolo inextinguible de la cultura que domesticó las alturas andinas que hoy se dividen cinco países, abarcó un territorio de centenares de miles de kilómetros cuadrados con unos 18 millones de habitantes en su cénit, y dominó técnicas de agricultura, ganadería, ingeniería y arquitectura de igual o mayor calado que las provenientes de los imperios contemporáneos.

Sorprendente la obra como exponente del avance de los pueblos precolombinos y foco de atracción para turistas que cada año se desplazan desde los cuatro puntos cardinales. Sin embargo, la joya material compite con otro aspecto no destacado en las muchas guías que orientan al visitante: la organización social y económica que regía en aquel imperio que tenía al Sol como deidad suprema. No se conocía allí la escasez gracias a la eficiencia de la administración pública, el régimen de propiedad privada y el comercio como tales no existían y el sentido de comunidad obraba como el tegumento social que solo contadas luchas de sucesión y la insidia del conquistador descompusieron. Sin caer en el extremo de la versión idílica de Inca Garcilaso de la Vega, la sociedad incaica es aún hoy en día un modelo digno de estudio. Algunas de sus facetas son perfectamente adaptables a la modernidad.

Una cosa piensa la alpaca y otra el indígena que la esquila. Traspuesto el Atlántico y aceptado el reto del soroche o mal de altura, la meta es Cusco. De la capital histórica de Perú, de inmediato dos horas en taxi hacia Ollantaytambo, otrora asiento de Manco Inca Yupanqui, cabeza de la resistencia indígena contra los conquistadores. Allí debía tomar el tren que recorre unos 80 kilómetros hasta Aguas Calientes, base de los autobuses que llevan hasta la entrada misma de Machu Picchu. El número de visitantes al monumento declarado Patrimonio de la Humanidad está controlado. Se precisa adquirir los boletos con mucha anticipación para formar parte de uno de los dos grupos que se reparten el horario de cada día.

Ollantaytambo ejemplifica la concepción urbanística inca con sus callejuelas empedradas acomodadas a las ondulaciones del terreno. La aprisionan cerros donde aún se observan las terrazas milenarias que servían a una agricultura muy avanzada para la época y las circunstancias, habida cuenta de la inexistencia de animales de tiro para el arado. Es el invierno austral y las temperaturas se desploman en la noche para subir en el día a cuentas de un sol implacable, que escuece en aquellas alturas de picos que se esconden en las nubes o exhiben coronas nevadas.

Los maestros del Cusco están en huelga desde hace varias semanas. Como parte de su protesta, bloquearon las vías del tren en varios trechos y, en otros, estropearon los raíles. Las operaciones ferroviarias fueron suspendidas por varios días y, de paso, descarriladas mis vacaciones, descaminado yo de la historia que es Machu Picchu. A propósito y por razones de protección, no hay carretera que lleve a la ciudadela. Las únicas opciones viables, ambas no aptas para mortales altos en años y bajos en condicionamiento físico, conllevan largas caminatas más sacudones inmisericordes durante cuatro horas en un vehículo por trochas sin pavimentar. Miles de turistas varados, vuelos perdidos, cansancio inútil e insatisfacción que no apacigua el pisco. Ni intentar la segunda fase, Puno, el Lago Titicaca y las islas flotantes de los uros. Porque allí la majadería magisterial se repite.

Sin embargo, hay contrapartida en la amabilidad de estos descendientes de los incas que hablan con diminutivos y cargan la tristeza de una historia que se mide en términos de la avaricia de los conquistadores. Sus silencios profundos comunican un idioma de tragedia, de pérdidas que el tiempo jamás recompensará. Hacen suyas las penas ajenas en peticiones seguidas de perdón, pese a que ellos son tan víctimas como los turistas sorprendidos en la vorágine de las protestas. Los visitantes extranjeros son los consumidores de la artesanía que recoge la herencia textil del imperio, impulsan la economía local con la demanda de alojamiento, alimentos y hasta pagan por retratarse al lado de la indígena regordeta, arropada de cabeza a los pies en prendas tradicionales y, de la mano, una baby alpaca de blanco inmaculado.

Servidos gratis para el aprecio de todos, los restos de un pasado glorioso en el Valle Sagrado de los Incas, los mercados regionales, los tejidos de colores deslumbrantes y una gastronomía que nos remite a la riqueza agrícola precolombina. Los indígenas sembraban decenas de variedades de papas y aprendieron a preservarlas para los tiempos de baja producción. Paradojas del destino, el tubérculo cultivado en la región andina durante más de ocho mil años, mutó en patata, potato o pomme de terre. Abrió así posibilidades alimenticias insospechadas a los intrusos europeos y espació las hambrunas que, como en Irlanda y Ucrania, arrasaron miles de vidas.

Inmune al vandalismo y la agitación, el paisaje retador de los Andes soberbios que acogen a Cusco a 3500 metros sobre el nivel del mar. La huella colonial se revela en balcones construidos con madera noble, guardianes silenciosos de las callejuelas empinadas que conducen a plazas placenteras donde el bullicio no cesa durante el día. Conservado con esmero, el casco histórico invita a recorrerlo con la parsimonia que imponen el soroche y los años a cuestas. Sobre toda la ciudad y las estribaciones montañosas que la contienen, un cielo de azul imposible y una pocas nubes miedosas. Se está a todo lo alto en la ciudad donde se fusionan sin fisuras aparentes las dos culturas, una importada, invencible a caballo. Otra que aún sorprende, y ahí está Machu Picchu para probarlo.

Ignoro si volveré a intentar tomar el tren en Ollantaytambo, parte de la encomienda que tocó a Hernando Pizarro, apellido que aún guarda riquezas materiales en el lar nativo de Trujillo, en Extremadura. Cuesta arriba, como la de Machu Picchu, se me antoja la repetición de meses de cuidadoso planeamiento, los muchos tés de coca para el mal de altura, compra adelantada de boletos, reservas de hoteles y transporte. Empero, apostar al futuro será siempre un ejercicio de optimismo y aceptación de la idea de que aún hay tiempo por delante para concretar sueños y completar lecciones en el terreno mismo de la historia.

Con las vueltas del calendario viene la paciencia, sin pretensión de emular a Job o a los orientales. Queda otro remedio, en compañía de la sabia decisión de Voltaire cuando a la adversidad toca enfrentarse: ser feliz porque es bueno para la salud.

adecarod@aol.com

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