Desembarco en Luperón: el Adiós de los Dioses

La historia del desembarco en Luperón parece una narración salida de la fértil imaginación garciamarquiana, antes que un dramático episodio de las luchas antitrujillistas. Como apunta Juan José Arévalo en el prólogo del libro de Horacio Ornes, "si no fuera porque se sabe que aquellas cosas se verificaron realmente, el argumento entraría en el género de lo fabuloso". Una precipitada sucesión de eventos azarosos así lo evidencia.
El único efímero apoyo recibido de la población por los expedicionarios fue fruto de la confusión. Mientras los lugareños creyeron que se trataba de militares llegados de la capital, tanto las autoridades como la gente común prestaron su concurso voluntario al desembarco. La llegada del primer hidroavión que acuatizaba en Luperón se convirtió en un verdadero acontecimiento, al grado de provocar la movilización hacia el muelle de los tranquilos parroquianos que disfrutaban en el parque al son de una retreta musical dominical. Era como si el hielo llegara a Macondo, llevado por los gitanos en sus carpas.
El único efímero apoyo
recibido de la población
por los expedicionarios
fue fruto de la confusión
Funcionarios, mujeres, niños y todo tipo de curiosos, vestidos con su mejor ropa de domingo, se trasladaron en masa a dar la bienvenida al anfibio (sólo faltó llevar la banda de música local). "Varios cientos de personas nos vitoreaban desde el pequeño muelle", relata el expedicionario Tulio Arvelo. Unos se lanzaron en yola para aproximarse al aparato y auxiliarle en la tarea de amarrar un cable para atracarlo en el embarcadero. Tras lo cual, los recién llegados, armas en mano uniformados de kaki, salieron del hidroavión con su comandante Ornes al frente. La segunda operación consistió en descargar el armamento y los pertrechos, labor para la cual las autoridades y los mejor dotados del pueblo arrimaron el hombro.
En el curso de este movimiento Ornes estimó prudente desarmar a los principales de la localidad. La confusión era tal que el encargado de la dotación policial (todavía portando su arma como "ayudante" del presunto "jefe de la capital"), creyendo que se trataba de una orden de "la superioridad", le sugirió a Ornes permitirle buscar al juez de paz para levantar un acta y legalizar la acción. El teatro terminó cuando Miguelucho Feliú decidió apresar al cabo policial y evidenciar que se trataba de una invasión. Tras el "¡Abajo Trujillo!" pronunciado por Gugú Henríquez, la estampida de la gente fue mayúscula. "Muchos optaron por lanzarse al agua desde los costados del embarcadero", afirma Arvelo.
Un raso del ejército vestido de paisano que se hallaba franco de visita en el poblado, al percatarse de que se trataba de gente "virada", se escurrió en busca de un fusil que emplearía como francotirador. Al parecer pudo herir más tarde en el poblado al costarricense Alfonso Leyton. Esta acción le ganaría la condición de héroe a Leopoldo Puente Rodríguez, quien fue promovido a 1er teniente por el Jefe.
Pero las primeras dos bajas sufridas por los expedicionarios se las ocasionaron ellos mismos al intercambiar disparos en un confuso incidente. Sucedió cuando el ingeniero Hugo Kundhart -quien se encaminaba hacia el edificio de correos y telégrafo en medio de la noche-, ante una voz que le daba un alto y medio cegato como era, creyó ver a un soldado enemigo en su compañero nicaragüense Alberto Ramírez y le soltó una ráfaga con su subametralladora Reising, perforándole mortalmente los intestinos con cuatro impactos. Este, a su vez, antes de caer, también disparó alcanzando a Kundhart.
De este modo, sin trabar combate con el enemigo, ya la fuerza del Ejército de Liberación perdía a dos de sus hombres e inutilizaba a un tercero, el cuasi médico Salvador Reyes Valdés, a cargo de la enfermería, quien debió atender al herido, representando así una cuarta parte del contingente.
Mientras Ornes fijó su puesto de comando en una explanada equidistante entre el Catalina -que todavía descargaba por cuenta de Tulio Arvelo y su grupo- y el centro de Luperón, una vanguardia dirigida por Gugú Henríquez fue enviada al poblado a asegurar los puntos estratégicos. Allí fue lanzada una granada de mano en el parque, hiriendo levemente al director de la academia de música, Emilio Rosario. Ocasión que aprovechó su hermano, encargado de la planta eléctrica, para cortar la luz del alumbrado público y dejar a oscuras a la comunidad. El tableteo de las ametralladoras indicaba que los trujillistas ofrecían resistencia a los "sediciosos".
Aunque Ornes afirma en su memorial sobre estos hechos que el grupo logró sofocar la resistencia y dominar la situación, lo cierto es que pronto se replegó hacia el muelle, informando Henríquez "que con tan pocos hombres era imposible consolidar y sostener la posición". Leyton, herido, había sido dejado en el pueblo por muerto. Sin embargo, reapareció entre las sombras y se sumó al grupo, que deliberaba abortar y reembarcarse en el hidroavión para escapar de una segura y mortal cacería a cargo de las fuerzas regulares.
En la lógica de Ornes y sus compañeros pesaban varios factores. La gente del Frente Interno no se había presentado para hacer contacto, recibir las armas y engrosar la fuerza insurgente. No se tenían noticias de que el resto de la expedición, con el contingente mayor, hubiese tocado tierra dominicana.
El guardacostas que prestaba servicio en la costa Norte estaba supuesto a llegar al embarcadero de Luperón a las 9 de la noche, con lo cual se cerrarían las oportunidades de elevar vuelo en el hidroavión. Se exponían además a un bombardeo aéreo in situ, ya que había transcurrido tiempo suficiente para comunicar lo sucedido a los centros de mando del país. Finalmente estaban los dos heridos (Kundhart y Leyton), quienes tendrían chance de ser operados si lograban llegar a un lugar con facilidades hospitalarias.
La decisión se tomó. Abortar y tratar de alcanzar Santiago de Cuba, o en su defecto, por limitaciones de combustible, llegar a algún punto de Haití. Había que aligerar el peso, dejando armas y pertrechos.
Iniciadas las maniobras para el despegue acuático el piloto cometió un error garrafal: equivocó el lado en que debía tomar el canal de salida de la peculiar bahía, siguiendo una pauta contraria dada deliberadamente por un lugareño. El avión encalló en un banco de arena al acelerar los motores. Pese a los esfuerzos por destrabar la nave, con los hombres tirados al agua haciendo todos a una, el hidroavión no cedió un milímetro.
Una alternativa era esperar que la marea subiera y ayudara en la faena. Pero ante la inminencia de la llegada del guardacostas de la MGD, se optó por abandonar el avión y ganar tierra, corriendo la suerte que le queda al desamparado por los dioses. En esas estaban cuando hizo su aparición un avión Grumman que los enfocó y realizó vuelos rasantes, alejándose sin disparar, que según Ornes era de la embajada americana en Haití. Momentos después, con una parte de la gente fuera y los heridos y su enfermero todavía en el hidroavión, llegó el guardacostas dominicano y colocó sus reflectores sobre el Catalina. Acto seguido disparó con su antiaérea provocando la explosión de los tanques y con ello la carbonización de sus ocupantes. Un espectáculo doloroso que, desde la orilla, Ornes y sus hombres contemplaron impotentes.
Lo que siguió fue un estremecimiento de bengalas y ametrallamiento desde el guardacostas, respaldado por una fragata que permanecía más distante fuera de la bahía por razones de calado, en dirección a la costa donde se presumía estaba el grupo "sedicioso".
Y el inicio de la lucha por sobrevivir en el monte, en terreno hostil, con la persecución mordiendo los talones de los expedicionarios en fuga. Literalmente mordiendo, ya que Trujillo contrató los servicios de los perros sabuesos del entrenador norteamericano Lewis Proudfoot, para rastrear y cazar a los sobrevivientes. Duke y Tojo -así se llamaban los canes- al parecer fueron efectivos en la persecución de Gugú Henríquez y Manuel Calderón Salcedo, quienes serían capturados juntos, o en la ubicación del nicaragüense Alejandro Selva y los tres tripulantes norteamericanos, según admite Ornes al analizar un reportaje realizado a Proudfoot, quien cínicamente declaró: "No sé qué les ocurrió después que fueron hechos prisioneros, pero me sorprendería saber que murieron de vejez".
José del Castillo Pichardo
José del Castillo Pichardo