Donald Trump, la democracia crispada

Tres años antes de llegar a la presidencia de Estados Unidos, en 2013, Donald Trump creó su propio eslogan de campaña, casi sin saberlo. Se oponía fieramente a la presencia de las fuerzas militares de su país en Afganistán y no daba tregua a cualquier medida que en esa, o en cualquier otra dirección, dispusiese el presidente Barak Obama.
Cuatro años antes de ser el presidente electo, en 2011, Trump comenzó a crear opinión pública con la publicación de tuits diarios y desde esta plataforma social encaminaría su meta electoral y, posteriormente, su propio ejercicio de jefe de Estado. Pero, fue en el 2013 cuando acentuó su presencia en Twitter. En abril de ese año escribía: “No permitamos que estos inútiles que tenemos por líderes firmen para seguir en Afganistán hasta 2024. Sobre todo cuando Estados Unidos cubre todos los gastos... ¡Hagamos a América grande otra vez!”. No fue ningún publicista, ningún asesor de campaña quien le creó su famosa frase. Fue él mismo. Desde entonces, no cesó en seguir utilizándola, luego de que comenzara a reunir prosélitos de zonas rurales y lejanas de Norteamérica, pero también entre la clase acomodada de los enclaves urbanos de los principales estados. Hasta negros y migrantes hispanos se les sumaron. Trump, un neoyorquino nacido en el barrio de Jamaica perteneciente a Queens, fue un engendro de Twitter, quien ayudó, sin proponérselo, a elevar las cotas de simpatía de quien aún, para entonces, no había manifestado públicamente sus aspiraciones presidenciales.
La democracia de Estados Unidos nunca ha sido un discurrir plácido. Para construirla ha necesitado sobrevivir a muchos capítulos amargos de su historia. Es como si las heridas por las diferencias nacionalistas, raciales o de posiciones radicales en distintas vías, nunca supuraran. Cuatro presidentes fueron asesinados en el ejercicio de sus mandatos: el republicano Abraham Lincoln, uno de los padres fundadores de la nación, baleado por un secesionista; otro republicano, James A. Garfield, quien apenas gobernó durante seis meses, lo mató de dos disparos un abogado desempleado de su mismo partido, cansado de solicitarle al presidente que le otorgara un puesto en su administración; un tercer republicano, William McKinley, recibió varios disparos que le ocasionaron la muerte de parte de un anarquista que consideraba que el presidente no simpatizaba con los trabajadores; y, el demócrata John F. Kennedy fue baleado en Dallas por motivos que aún se debaten. Pero, otros nueve presidentes sobrevivieron a atentados contra sus vidas: Andrew Jackson, Theodore Roosevelt, Franklin D. Roosevelt, Harry Truman, Richard Nixon, Gerald Ford, Jimmy Carter y Ronald Reagan. Los magnicidios forman parte de la crónica negra norteamericana. Entre las grandes personalidades asesinadas mencionemos a Martin Luther King, Robert Kennedy y Malcom X, todos por acciones de fanáticos. Puro terrorismo interno.
En Estados Unidos se guardan por largos años los resentimientos. Se sigue viviendo en medio del confort que proporciona un sistema que funciona con eficacia en su dinámica abierta, plural y de firme legalidad, aunque aún no sea, como podría entenderse, un estado perfecto. La democracia norteamericana tiene logros que no pueden exhibir otros sistemas políticos, pero a su vez parece conservar silenciosamente, si es necesario, los dilemas que un importante sector de sus ciudadanos recluyen en su interior y comentan, de seguro, en los encuentros familiares o en los bares de copas. Uno no puede precisar nada claro, pero algo sucede.
Donald J. Trump heredó de su padre el negocio inmobiliario que dio fama al apellido, pero también su altanería. A partir del decenio de los ochenta, el nombre Trump se convirtió en una marca de bienes raíces, con decenas de torres apellidadas, y poco a poco, también perfumes, camisas, corbatas, champú, zapatos, batas de baño, zapatillas deportivas, vinos, vodka, sudaderas, y hasta filetes. Había comenzado un imperio que pronto se adueñaría del mayor espectáculo de la belleza femenina, Miss Universo, y manejaría los más importantes casinos de Atlantic City. La fachada del hombre de negocios exitoso se fue, sin embargo, desvaneciendo con el paso de los años, cuando las deudas comenzaron a minar su poder económico. Trump era, sin embargo, un hombre que no conocía límites ni eliminaba las posibilidades. Con su célebre reality show por NBC, The Apprentice –que permaneció por 14 temporadas- consiguió adentrarse en el público estadounidense. Ya no era sólo el magnate inmobiliario, era ahora una estrella de la TV y serlo en Estados Unidos cobra réditos cuantiosos. Cinco veces estuvo en bancarrota, y de todas logró salir airoso. Cuando el 16 de junio de 2015 anunció que correría por la presidencia de Estados Unidos, ni su familia le creyó. Su tía Maryanne lo llamó “payaso” (Joe Biden diría lo mismo en uno de los debates presidenciales) y comentó que su racismo y su declarado odio a los migrantes, eran las señales de su derrota anticipada. Su larga familia, que eran sus principales críticos y la mayoría nunca le votó (salvo, desde luego, su esposa, sus hijos y su yerno), pronto se darían cuenta que estaban equivocados. Los primeros en apoyarlo fueron evangélicos blancos (“Pero, si Donald nunca ha ido a la iglesia, salvo cuando hay cámaras allí”, declaró la tía Maryanne), y luego, paso a paso, Trump fue levantando los oscuros desagrados, muchos con espíritu violento, de millones de norteamericanos, los mismos que le dieron la victoria sobre Hillary Clinton y que concluirían el periplo de una sociedad desgarrada con el asalto al Capitolio el 6 de enero pasado.
Fue el gran final de una democracia crispada que durante cuatro años, y desde antes, observó –aplaudió y respaldó desde una parte considerable de la población estadounidense- los comportamientos erráticos de un presidente que se insurreccionó contra el sistema, intentó edificar su propio mecanismo de valores “patrios” y prohijó desafíos que pusieron en jaque a la nación y a los ideales de los reverenciados padres fundadores. Trump hizo añicos la reputación de muchos líderes norteamericanos, se indispuso contra las tradicionales naciones aliadas, insultó a mucha gente de copete o desvalida, aisló a Estados Unidos de importantes organismos internacionales, estableció abiertamente cuáles medios periodísticos merecían trato preferente y cuáles no, infringió leyes no escritas del stablishmen norteamericano, y quebrantó la unidad nacional. Búsquense otros pecados en Trump como gobernante; éstos habrán de ser los mayores. Bastaban para contraer el cuerpo de la nación y crear renegados, discípulos obsecuentes, deshumanizar su investidura y desnaturalizar el comportamiento de un jefe de estado de la nación de mayor poder sobre la tierra. De hecho, en su ejercicio presidencial ese poder comenzó a menguarse mientras avanzaba la fuerza gravitante de sus contrarios históricos en el entramado global. La patología política Trump estaba en auge. Regresó el racismo, la supremacía blanca, las olas antimigratorias, el populismo más torpe, y por supuesto, el surgimiento de grupos conspiranoicos como QAnon. “Hasta hoy, las mentiras, tergiversaciones e invenciones que son la suma total de quién es mi tío, son perpetuadas por el Partido Republicano y los cristianos evangélicos blancos”, sentenció el año pasado su sobrina Mary L. Trump, hija del hermano mayor de Donald, que lo acusa de haber sacado su nombre del testamento del padre de ambos.
En la Casa Blanca, Trump hizo desesperar a todos sus colaboradores. A algunos, los envió de vuelta a casa. Los que quedaron, salvo los pocos que creyeron en sus acciones, mantuvieron discrepancias y tomaron decisiones contra su proceder para evitar males mayores. Un total de 62 millones de norteamericanos respaldaron sus proclamas en 2016. Hillary Clinton le hubiese vencido con 3 millones por encima, si el sistema norteamericano no mantuviese el ya obsoleto conteo de colegios electorales. Pero, en noviembre de 2020, a pesar de ser derrotado, Trump elevó su cuota de simpatizantes al obtener 72 millones de votos, diez más que hace cuatro años, aunque los demócratas también subieron de forma impresionante sus bonos frente al electorado con los 77 millones obtenidos por Joe Biden, o sea 12 millones más que Hillary. Donald Trump mantuvo su látigo tuitero durante cuatro años, permitiendo que resurgieran los viejos prejuicios de un sector amplio de la sociedad norteamericana y que el asalto al Capitolio y la propia juramentación de Biden, en medio de temores de toda laya, parecieron propios de una “república bananera” como afirmara George W. Bush. Sacó a flote dudas y temores, irritando sensibilidades de pobre conceptualización –que existen allá tanto como en cualquier otro país menos desarrollado que Estados Unidos- y el resultado fue una democracia crispada que todavía tiene que demostrar que puede resurgir de las cenizas. Bob Woodward declaró al final de las elecciones de noviembre que la democracia norteamericana había resistido el fracaso del gobierno de Trump. Setenta y dos millones de votantes podrían todavía tener algo más que decir. La inquietud que provoca el “legado envenenado” de Donald Trump, como le llamó un escritor, tal vez puede que siga cruzando otras avenidas. En Joe Biden está el pandero. Y en un Senado que el martes pasado inició el segundo impeachment al neoyorquino de Jamaica, Queens. Pueden condenarlo o absolverlo. Si sucede lo último, la democracia estadounidense aumentará su crispación. Si es lo primero lo que ocurre, ¿habría un sustituto en el Partido Republicano que recoja ese funesto legado y, con otras formas, siga haciendo “uso” de los 72 millones que quisieron una América Grande Otra Vez. ¿Otra vez?
Siempre demasiado y nunca suficiente
Mary L. Trump
Ediciones Urano, 2020
222 págs.
“Cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo”. La sobrina del ex presidente que afirma que su tío sufrió carencias que le dejarían cicatrices de por vida.
Miedo
Trump en la Casa Blanca
Bob Woodward
Rocaeditorial, 2018
455 págs.
El famoso periodista de The Washington Post, que destapó el escándalo de Watergate, escribe esta objetiva historia sobre la era Trump y su legado.






José Rafael Lantigua