20180310 https://www.diariolibre.com

Pocas cosas me divierten tanto como el mundo de las palabras. A muchos les parecerá extraño que algo tan serio como el habla y la escritura, sujetas a normas de expertos y directrices académicas, sea también motivo de entretenimiento. Y puede serlo, en este caso, si logramos adentrarnos en ese universo con cierto espíritu de bureo, que todo en la vida debiera tener su nota jovial para evitar los excesos de la extrema formalidad que a veces no es aconsejable hasta para la buena salud. Claro, cuidado si se entiende con que tomemos la lengua con la cual intentamos entendernos con los demás como una jarana, que de eso no ha de tratarse jamás el asunto.

Hace años que juego con mi propia clasificación de las palabras y presumo que a más de uno puede ocurrirle lo mismo. El grueso de los mortales –es un decir viejo y manoseado- parece sólo admitir las palabras obscenas (malapalabrosas es como las nombro) para lo que basta recurrir al habla común, a algunos textos narrativos y hasta poéticos, y si se desea legitimar la más popular de las divisiones de la palabra, acuda sin sonrojos al Diccionario secreto de Camilo José Cela que se abre con una máxima del maestro Dámaso Alonso donde sugiere que se trate “abiertamente esta cuestión y sin remilgos de pudibundez”.

Precisamente, Cela nos abrió el entendimiento para clasificar las palabras cuando habló del lenguaje afinado o distinguido “que no busca su limpieza en lo que dice sino en cómo lo dice”. Son las que denomino palabras finodas, término por cierto que no aparece en nuestro valioso Diccionario del Español Dominicano y que siempre escuchamos en el habla cibaeña que es lo menos parecido a ese lenguaje distinguido y finodo donde sus “paladines”, en la irónica expresión de Cela, “se regodean en el concepto aunque se desgarren las vestiduras ante las palabras y que llaman –ignorando que con azúcar está peor– cocottes, a las putas, y pompis... a la parte trasera del cuerpo que fíjense ni yo me atrevo a escribir la palabra por aquí.

Alejémonos de este embrollo y veamos mi clasificación. Hay palabras detestables, que uno termina odiando. Hay palabras embarulladas, porque suelen enredar las entendederas. Palabras jacarandosas, esas que son desenfadadas, con cierto garbo. Hay palabras ateas, y no porque nieguen a Dios sino porque tienen un tufo de vanidad, una emanación de soberbia. Hay palabras picarescas (cuyo gozo está en el atrevimiento que conlleva su uso), tutelares (porque actúan como guías), rameras (todos las utilizan para deleitarse a sí mismos solo porque están de moda), inestables (porque muchos las escriben bajo el convencimiento de que así es como se deben escribir y no andan en lo correcto, aunque la palabra misma contribuya a la confusión), hinchadas (cuando las palabras pudiendo utilizarlas en su forma original terminan siendo infladas innecesariamente). Y entre otras –no quiero que esta arbitraria clasificación corra el riesgo de torpedear la lengua (¡Dios me libre!)- Álex Grijelmo me enseña que hay palabras culebreras, de doble filo y que las hay también moribundas. De modo que no ando solo en esto de las clasificaciones de los vocablos.

Palabras que uno termina abrumándose con su uso excesivo y, en consecuencia, provocan angustia y las repele. Escojo esta como la más popular del conjunto por su continua exhibición en el universo de la moda de las palabras: resiliencia. No la soporto. ¿Quién la habrá puesto sobre la pasarela? El diccionario de la RAE la define como la “capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos”. O sea, puede ocurrirle a un ser humano o a un animal o a una mantarraya. Cualquier ser vivo puede resilienciar, quiere decir salir airoso frente a la adversidad. Pero, la palabra es ya cargante. Como sinergia, heurístico, holismo, experticio, correlato o la compuesta “actuar propositivamente” que ni por broma utilizo. Cuando veo que alguien sugiere o afirma que hay que actuar propositivamente, ya no creo en lo que pueda ofertarme. Y agréguele esta otra, gobernanza. La moda hace cosas.

Hay palabras que la Real Academia no ha eliminado, sino que ha permitido también otro uso, aunque la muy docta casa contribuye a veces también a levantar marañas sobre la comunicación. Por ejemplo: élite. Nadie le ha quitado la tilde (que es como prefiero seguir escribiéndola) sino que se puede usar igualmente sin el acento, de modo que “esa minoría selecta o rectora” siga su curso acentuado sobre los infelices mortales que no forman parte de grupo tan eminente. Icono.

Vale con acento o no (yo la prefiero con acento). Por cierto que la Real Academia ha de aceptar pronto el significado que se le da al término usualmente, cuando la verdad es que se aplica a las representaciones “de pincel o relieve, usadas en las iglesias cristianas orientales”, como los llamados íconos bizantinos. Y aunque tiene otras acepciones, en ninguna parte la RAE determina que es un gran ejemplo o un paradigma o una representación de calidad humana en cualquier renglón, ético, social, deportivo, artístico. Y de ese ícono se deriva otra palabra odiosa que se lleva en la boca de muchos hoy día: icónico. Otra imposición de la moda. Folklore. La RAE aceptó, muy correctamente, dar “brillo y esplendor” a la palabra y aceptó que se escribiese folclor y folclórico, pero el folklore sigue siendo válido (y es el que me gusta) y folklorista y folklórico y hasta folklor. ¿Acaso no es la K una letra de nuestro alfabeto? ¿Quién creó la confusión? Y termino con concientizar. No ha sido erradicado el término. Sigue vivo. No se ha cambiado por concienciar, transitivo de uso frecuente, sino que valen igual las dos formas, de modo que de manera concienzuda utilicemos la que nos plazca, aunque yo siga prefiriendo la primera. Período. No se ha desacentuado. Mantiene su tilde, sólo que ahora puede escribirse también sin ella. Descarto meterme ahora en el lío de conciencia y consciencia porque requiere una explicación más honda. Como tampoco voy a remojarme en otro término que produce espanto y que ha creado recientemente la filósofa Adela Cortina para tratar de emular el diccionario Oxford: aporofobia, un neologismo que significa –o debiera significar– aversión por los pobres, seleccionada (la moda, nuevamente) como palabra del año 2017. Ojalá la noble casa que rige la lengua no le ponga caso a esa fobia palabrera.

¿Y quién dijo que a septiembre –el mes de mi nacimiento– se le ha de quitar la p para que suene setiembre. El noveno mes del año, ciertamente, se puede escribir de las dos maneras, pero la colombiana Soledad Moliner ironiza (y la aplaudo) que “así como Susanita explicaba a Mafalda que unos somos iguales que otros, se considera más correcto y más culto septiembre que setiembre y séptimo que sétimo”. Esto me recuerda a Cela nuevamente que cuando la RAE permitió que psicología y psiquiatría se escribiese sin la p delantera, el afamado escritor y académico de la lengua dijo que por nada del mundo aceptaría el cambio, que esa p le daba lustre a la palabra. Y le creí entonces y hoy. Ejemplos de palabras infladas: influenciar, posicionar, concretizar, y como bien dice Grijelmo si seguimos con esta hinchazón han de venir por ahí zumbando influenciación (ya la ví en un escrito reciente), posicionamentar, concretización (que está en uso hace rato). Grijelmo detalla el guiso: “El mecanismo consiste en extraer del sustantivo relativo a un verbo un nuevo infinitivo más inflado y pomposo” y engordar la materia.

Las palabras que podemos incluir para el día de finados, son muchas. Aquellas que o han fenecido ya o están en el proceso de papeleo para sus exequias. Su muerte se produce por los cambios lexicales que son irreversibles y por los cambios sociales que son irremediables. Hay palabras que nunca han de morir. Grijelmo las anota: agua, cielo, sol, luna, estrella, noche, día, nube, lluvia, amor, miedo, sueño, pan... Esas son las inmortales, pero las hay que mueren o van muriendo: retrete, sobaco, verija, baladí, tecnicolor, piscolabis, pickup, elepé... y si las tabletas terminan imponiéndose en el sistema educativo veremos morir a pizarrón y tiza. El universo de las palabras es una diversión plena para quien busque y desee hacer de nuestra lengua una fiesta de conocimiento, utilizando la misma sin excesos.

www.jrlantigua.com

Libros
Pida la palabra
Pida la palabra

Soledad Moliner (Aguilar, 2006. 215 págs.)

Preguntas y respuestas sobre lenguaje para gente común y silvestre. Una manera didáctica y sencilla, sin tono académico, para responder muchas inquietudes sobre el lenguaje.

Palabras moribundas
Palabras moribundas

Pilar G. Mouton/ Álex Grijelmo (Taurus, 2011. 385 págs.)

Las vidas concluyen, los utensilios se pierden, las tareas se superan, las modas pasan. Las palabras corren por nuestras bocas y oídos, y al cabo de los años recordamos que ya no las necesitamos para comunicarnos ni para vivir.

300 historias de palabras
300 historias de palabras

Fernando de la Orden (Prólogo: Juan Gil. Círculo de lectores, 2015. 350 págs.)

Cómo nacen y llegan hasta nosotros las palabras que usamos. Las curiosas historias de las palabras en el tiempo y en el espacio, en un idioma como el nuestro que está lleno de préstamos del latín, el griego, el árabe, el vasco, el francés y el inglés.

Eponimón
Eponimón

Javier del Hoyo (Círculo de lectores, 2016. 300 págs.)

El sorprendente origen de las palabras con nombre propio. Más de mil palabras, ordenadas por temas, presentadas de manera narrativa y amena, con las cuales aprendemos la historia que hay detrás de estos vocablos incorporados al lenguaje común.

El candidato melancólico
El candidato melancólico

José Antonio Millán (Círculo de lectores, 2006, 168 págs.)

Hay que andarse con mucho cuidado y tino al escoger las palabras para decir según qué cosas: muchas de ellas tienen memoria y podríamos estar diciendo lo que no queremos decir.

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