20180414 https://www.diariolibre.com

Tiempos freudianos. Escarbar en el pasado para desterrar los fantasmas que agobian el presente y traban el futuro se ha vuelto viral. Con el sacudimiento de la memoria se aligera la carga de pesares que acongojan el ego atormentado, pueblan de insomnio las noches y emboscan la rutina. Liberados los recuerdos, esos rescoldos indeseados, sobreviene la catarsis. Desaparece el trauma, o al menos no hinca con la misma fiereza.

En una pieza magistral, Junot Díaz, el escritor norteamericano de origen dominicano, ha confiado a las letras el desgarre de su cuerpo y de su alma. Ha desnudado el yo profundo y, sin remilgos, expuesto la tragedia de su vida, marcada por violaciones sexuales cuando tenía ocho años. Relato valiente, prosa límpida que reclama, sin decirlo, comprensión. Porque implícito hay también un redoble de campanas a sus muchos lectores para que entiendan el porqué de tantos hiatos en su producción literaria.

Lo que cuenta es turbador. Lo comprobé al recibir un correo electrónico, cercana la medianoche europea, con un avance del número correspondiente al 16 de abril de The New Yorker. Adiós sueño reparador al enfrascarme enseguida en la lectura de The silence: the legacy of childhood trauma (El silencio: el legado de un trauma infantil). Debajo del título, unas líneas impactantes: “Nunca recibí ayuda, ningún tipo de terapia. Nunca lo conté”. No era ficción, como pensé al inicio, sino una historia personal. Tal como anuncia el epígrafe.

Prescindibles los detalles lúbricos para aprehender el impacto de aquel episodio cuya secuela de trastornos irrumpe aún como huésped apestoso en el quehacer de Junot Díaz, a pesar de la terapia a la que ha acudido en la adultez. Con destreza literaria envidiable, el escritor se adentra en el laberinto de sus mortificaciones. Las expone con elegancia en su inglés cultivado y desenfadado, y al que esta vez no marchitan los injertos en español. Hay un hilo imperceptible que atrapa al lector y lo arrastra al drama de años y años con un dolor a cuestas para el que no se han inventado bálsamos. De repente, la víctima somos todos. Y en lo adelante, testigos de una lucha sin cuartel para sustraerse a la maldición del “legado”.

Díaz conoce a fondo su oficio de escritor. Más que sus libros, uno sobre todo insufrible para mí, prefiero sus entregas en The New Yorker. En ellas desgrana sus prejuicios habituales, fino humor, sarcasmo, y encuentra entretención en la burla de sí mismo. Ojo fino para el detalle, lo común adquiere relevancia gracias al manejo envidiable del lenguaje expuesto en descripciones vívidas, coloridas, amenas. Hay una levedad de estilo que contrasta con lo sustantivo del fondo. En la explosión-implosión personal que es The silence, ese atributo dobla como dramatis personae de un relato que es un escape de emociones.

Toda historia de violación es personal. Por más que se intente, imposible entender a plenitud lo que envuelve el trance de experimentar en carne propia el robo violento de la intimidad. Como a veces interviene la falsía o la denuncia pierde intensidad por la tardanza en formularla, afloran las dudas. En oportunidades, las circunstancias conspiran contra la credibilidad del agraviado. El machismo rampante, por otro lado, genera una impunidad vergonzosa. O actúa como disuasivo perverso para que el silencio cubra un capítulo que, hecho público, acarrea el inri.

Con su desahogo corajudo, Junot Díaz nos ha aproximado a todos a la verdad desgarradora de un delito mayor: “Esa violación. No hay páginas suficientes en el mundo para describir lo que me provocó. El planeta entero podría ser mi tintero y aun así sería insuficiente. Esa mierda rompió mi planeta en dos, me sacó completamente de órbita, hacia las regiones oscuras del espacio donde la vida no es posible. Puedo decir, verdaderamente, que casi me destruyó. No solo las violaciones pero todas las secuelas: la agonía, la amargura, la autorecriminación, el asco, la necesidad desesperada de mantenerlo oculto y en silencio. Me fastidió mi niñez. Me fastidió mi adolescencia. Me fastidió mi vida entera. Más que ser dominicano, más que ser un inmigrante, mucho más que ser de descendencia africana, me definió esa violación”.

Párrafo sísmico y que deja constancia inmediata del infierno que sigue en el resto de la narración. Con ella, con la domesticación de sus miedos, Junot intenta ahuyentar demonios que conoce de sobra porque han sido sus compañeros inseparables en la soledad de su planeta roto en dos. He recorrido una y otra vez esas líneas, y no cesan de impresionarme. Porque abren una ventana por la que espero le entre aire fresco a la vida del joven escritor ganador de un Pulitzer.

En el caso de los crímenes sexuales contra menores, hay mayor comprensión social. La presunción de inocencia suele asumirse sin reparos y es la razón de que hasta la tozuda Iglesia católica haya bajado la testa, y que la piedra de San Pedro cruja ante el peso de tanta pederastia, de tanto encubrimiento, de tanto sufrimiento huérfano de la compasión afín a la tradición cristiana. El pío Francisco debió recoger velas y aceptar públicamente su error por haber defendido al obispo chileno que torció la enseñanza evangélica de dejar que los niños se acerquen.

Que el origen del trauma de Junot Díaz se remonte décadas atrás no quita relevancia a su confesión. Por el contrario. La fuerza del relato —y la lección aneja— radica, como apunta, en la secuela que dejó ese instante, repetido al día siguiente bajo amenazas del adulto en quien confiaba. La tragedia se alarga por la impotencia de la víctima, por su incapacidad para librarse de tormentos que avasallan su voluntad, que se imponen a una inteligencia sin duda brillante y que, sacados del clóset finalmente, quizás se esfumen para siempre. El trauma implica frustración; se revela como desierto sin oasis, y se reproduce y prolonga en el tiempo hasta convertirse en martirio constante. Cierto que el estilo mágico en The silence despierta simpatías, mas el fondo es tan poderoso como la forma en el estremecimiento por el viacrucis de Junot y la apreciación de la magnitud de esa herencia execrable que advino con sus ocho años.

El crimen no comprende una sola instancia, tampoco se agota con la comisión. De ahí que el artículo doble como alerta severa sobre los efectos desastrosos que acompañan la violación infantil. Claro está, la vulnerabilidad se acrecienta por la carencia de herramientas mentales para manejar una situación de por sí traumática. El remedio más eficaz es la ayuda terapéutica inmediata. Junot no la buscó, y nadie se la proveyó porque a nadie le dijo lo ocurrido. Se impuso su contexto cultural, el aprendizaje temprano de que “esas” no son cosas de hombres. Que a los “verdaderos hombres dominicanos” no los violan. Quizás su condición de inmigrante lo hundió en el error de no procurar ayuda y permitir que se impusiese la desesperanza aprendida que acuñó el sicólogo norteamericano Seligman. La fecha de caducidad de la inocencia le llegó ese día. Se marcharon sin regreso las reminiscencias cándidas del Azua natal y su refugio en Tatooine, el planeta del filme Star Wars, de moda en esos días tan dolorosos de imaginar para el profesor de escritura creativa.

Confieso mi respeto por Junot Díaz luego de leer su historia personal, tan pesarosa como aleccionadora. Ese relato habitó por demasiados años en su mente, con efectos tan perturbadores que lo indujeron al suicidio. Por suerte para sus lectores, la muerte rehusó darle la paz que ojalá encuentre tras la catarsis de The silence.

adecarod@aol.com

COMENTARIOS
Para comentar, inicie sesión o regístrese