El liderazgo de los 70 en la literatura

¿Y qué pasó en los setenta? Es el intermezzo entre la fuerte presencia de los sesentistas y la agresiva propuesta de los ochentistas. No hay proclamas colectivas en ese decenio. Pareciera como si fuese un agujero negro.

Siempre han existido los liderazgos en las generaciones literarias. Casi nunca se asumen como tales. Surgen. O los señala el tiempo y las trayectorias. Los del 48 pudieron tener varios: Avilés, que fue el primero del grupo que se dio a conocer. O Villegas, que fue siempre tan activo, aunque muy posterior al surgimiento del colectivo. Pero, el líder fue Lupo Hernández Rueda, fundamentalmente por ser el de una obra más extensa y madura. Los Sorprendidos, anteriores a los del 48, conformaron un conjunto donde resulta difícil seleccionar liderazgos. Pudo haber sido Manuel Rueda, pero sin dudas fue Franklin Mieses el que portó el cetro, por su obra y porque en su hogar se guarecían todos. Rueda decidiría mucho más tarde otro liderazgo para sí con su casi natimuerto Pluralismo.

Los del 60, que como hemos dicho muchas veces son dos grupos diferentes que confluyen, tienen liderazgos difusos. Estaban todavía con fuerza creadora y proyectiva, que con los años sería más gravitante en algunos, los que venían de los cuarenta y cincuenta. Y, entre los sesentistas que van surgiendo en la primera mitad, la obra de mayor calado se configurará en la segunda parte de esa década de tantos sucesos históricos influyentes. Antonio Lockward puede ser uno de esos líderes, en especial por su constante presencia en los medios y en las tribunas de la época. Pero, su incidencia sobre los demás integrantes del grupo del que formó parte, no fue tan contundente. Hubo nombres sonoros, obras relevantes que con el tiempo alcanzarían su mayor elevación, pero no hay liderazgos concluyentes en esta etapa, por demás muy corta, de apenas cinco años.

Fueron tiempos difíciles. La dictadura se extirpa por completo casi al finalizar el segundo año de la primera parte de lo que, en otros lugares del mundo (tal vez no tanto en el nuestro) se consideró la década prodigiosa. El liderazgo mayor recae, por la enorme proyección que tenía y por las piezas narrativas y poéticas que logró construir en breve tiempo, en René del Risco Bermúdez. Acaparó toda la atención, literaria y general, por su presencia en varios espacios –literatura, publicidad, televisión, bohemia– y llenó la época con su impactante personalidad. René fue un sesentista de la posguerra. El mayor. Nunca hizo literatura importante hasta que cesaron las balas en la zona intramuros. ¿Por qué pues considerarlo sesentista a secas? Los demás o cortaron su trayectoria o la levantaron en los años siguientes bajo la cobija de la posrevolución. René, empero, no formó parte de todo ese grupo relevante surgido después de 1965 bajo el liderazgo indiscutible de su hacedor, relacionista, impulsor y orientador, Mateo Morrison. La trayectoria de René estuvo unida a la de Miguel Alfonseca, Jeannette Miller, Ayuso, Caro, entre otros. En la denominada posguerra es difícil establecer principalías en un grupo donde surgirían nombres que años más tarde ocuparían posiciones de excelencia: Norberto James, Andrés L. Mateo, Enriquillo Sánchez, Soledad Álvarez, Tony Raful, Luis Manuel Ledesma.

Desde luego, hablamos de los más jóvenes, de eso que se llamó Joven Poesía, pues los sesenta de la posrevolución terminó siendo una amalgama de grupos, generaciones y propuestas, y en ese terreno es difícil configurar liderazgos absolutos. También en las provincias surgieron grupos diferentes, tras los liderazgos de Bruno Rosario Candelier y Manuel Mora Serrano, y presumo que en otras partes del país también, pero en escala menor o, por lo menos, sin publicidad que los nombrara y elevara, y pienso en William Mejía y Virgilio López Azuán, entre Ocoa y Azua.

Saltamos a los ochenta. Surgen los poetas de la ruptura. Mateo Morrison los incuba. Y en ese grupo de los ochentistas, rebelados abiertamente contra las proclamas sesentistas, el liderazgo mayor termina en manos de José Mármol, aún cuando en esa generación nacieron voces sobresalientes, algunos todavía manteniendo incidencia y proyección indiscutibles: León Félix, Zapata, Chahín, Dionisio de Jesús, José Alejandro Peña y el fenecido Adrián Javier.

Pero, ¿y qué pasó en los setenta? Es el intermezzo entre la fuerte presencia de los sesentistas y la agresiva propuesta de los ochentistas. No hay proclamas colectivas en ese decenio. Pareciera como si fuese un agujero negro. Los del 48 y los Sorprendidos y los Sesentistas y hasta los Independientes y Moreno Jimenes, siguen publicando. Sus gravitaciones se hacen extensas. De hecho, los poetas y narradores de la posguerra maduran su obra en este interregno, sobre todo cuando comienzan a abandonar sus originarias proclamas guerreras e ideológicas [Todavía hoy se esconden algunas de sus producciones matizadas por la lucha social y revolucionaria]. Pero, algo nuevo debe surgir en los setenta, tan marcados por la influencia de las generaciones anteriores, absorbentes y poderosas. Yo no veo otra voz que no sea la de René Rodríguez Soriano, quien a los 27 años de edad inicia una carrera que tiene hoy 42 años de vigencia. En 1977 publica Raíces con dos comienzos y un final, que reedita en 1981. Hablamos de ruptura en los ochenta, pero el primer rompimiento con todo lo anterior lo produce René Rodríguez, quien remata su proclama poética ultranovedosa en nuestro ámbito con otro libro rompedor, publicado dos años después, en 1979: Textos destetados a destiempo con sabor de tiempo y de canción. Memorias del amor y sus destellos. Y reminiscencias de las preocupaciones sociales sesentistas, dichas de otro modo, escritas con otro estilo, manufacturadas con otra tendencia, propia, muy propia. Era la otra voz. René Rodríguez deja estampada su impronta, y sin saberlo, su liderazgo, en unos setentas tan vacíos de nuevas voces. Todas eran ya veteranas o habían iniciado el intento de serlas. René Rodríguez era la excepción. Poesía publicitante, se le llamó. Y tal vez, alguna influencia tuvo el ejercicio de publicista que entonces era su modus videndi. Pero, ¿y qué? Su obra comenzaba a marcar un nuevo itinerario en la poesía dominicana. Muchas veces he dicho que esa poesía iniciática de René fue la predecesora entre nosotros de la poesía que ha surgido en los últimos años tanto aquí –con Frank Báez– como en otras latitudes, España, principal ejemplo. Pero, en fin, la escritura literaria de Rodríguesoriano –como entonces firmaba– se introdujo en los ochenta que es cuando este autor fundamenta la misma, enriqueciendo la cuentística dominicana como uno de sus principales creadores. Su ruta seguirá hacia los noventa y llegará hasta hoy, en una producción incansable, de alta calidad.

Lo de René Rodríguez fue un gran desafío. Había abierto sus caminos en la década setentista; de ahí mi firme postulado de que es el líder de ese tiempo, en tanto renovador y voz naciente, al margen de los que ya, para entonces, eran casi viejos. Pero, el desafío ocurre cuando se interna en los ochenta con el César Vallejo comenzando su andadura con un grupo que daría la batalla con obras de importancia en nuestra literatura que, por igual, desafiaban los esquemas ya conocidos. Rodríguez Soriano lidera el Colectivo de Escritores... Y Punto, acompañado de Pedro Pablo Fernández, Aquiles Julián, Juan Freddy Armando, Amable López Meléndez, Raúl Bartolomé, entre otros, de los cuales la mayoría no hizo filas en el desafío reneniano y se quedó en la gatera. Empero, en su momento los de... Y Punto enfrentaron el pasado y lo que ya se cocinaba, con buen caldo y especias, en el César Vallejo. Pero, Rodríguez Soriano quedaba como el líder de ese grupo generacional no fichado como tal; como la cabeza de un núcleo de jóvenes que deseaba su propia independencia literaria y que buscaba formas y haberes para construir su bandera. El líder de los setentas fue el casi treintiañero joven constancero que a lo largo de cuatro décadas ha dejado una estela de rigor y de dedicación plena al oficio literario y una obra que merece desde hace rato el reconocimiento más rotundo y señalizador de la sociedad cultural dominicana.

Libros
  • Raíces. Con dos comienzos y un final
  • René Rodriguesoriano
  • Editorial Gente, 1981. 50 págs.
  • Un breve poemario con el que se dio el pistoletazo de partida de una de las carreras literarias más activas y valiosas de nuestra historia.
  • Textos destetados a destiempo. Con sabor de tiempo y de canción
  • René Rodriguesoriano
  • Editorial La Gaviota, 1979. 149 págs.
  • Fue el segundo libro de Rodriguesoriano. Una boutade poética que quedó como un eslabón jacarandoso y desafiante, lleno de “canciones para tragos largos en la varra de la bida”.
  • Muestra Gratis
  • René Rodriguesoriano
  • Editorial Gente, 1986. 145 págs.
  • Un libro emblemático de los ochenta. Por su hechura editorial. Por su andamiaje verbal. Por los retos que se planteaba el autor mismo. Recientemente, Miguel D. Mena lo ha reeditado.
  • Canciones Rosa para una niña gris metal
  • René Rodriguesoriano
  • Serigraf, 1983. [No indica número de págs.]
  • Otro libro icónico de la época, que hizo que muchos se jalaran las greñas. Los ochentistas aún se están preparando para dar el salto. El líder setentista se arroja sobre el bolero y un rayo misterioso hace nido en tu pelo.
  • No les guardo rencor, papá
  • René Rodríguez Soriano
  • Prólogo: José Rafael Lantigua. Publicaciones ONAP, 1989. 82 págs.
  • La década de los ochenta termina. René deja de unificar sus apellidos y hace ruta en el relato. Muchos otros buenos libros de cuentos le seguirán –uno anterior le precedió- pero este sigue siendo mi favorito, desde hace treinta años.

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