El país que llevamos sumergido dentro

No somos dominicanos en oposición a otras nacionalidades, concretamente a la vecina como se nos dice a menudo. Tampoco sirve el común denominador de ariete para marginar al otro o colocarle al frente el sello de la inferioridad. Nuestras reglas, escritas o no, nos describen e informan hacia dentro y fuera cuáles son los atributos, defectos o piezas del rompecabezas de ser dominicano.
$!El país que llevamos sumergido dentro

En estos días del otoño que pinta colores inverosímiles en el trono de los árboles, revivía episodios con las complejidades detrás de la nacionalidad. No esas líneas estrechas que caben en constituciones, leyes, sentencias de tribunales y oenegés, sino señas que de inmediato revelan adscripción a un país sin necesidad de papeles.

Las lluvias, los vientos y avisos gélidos propios de la antesala del final del año invitan a la reclusión. A resguardarse de las inclemencias y luego contemplar los paisajes de la naturaleza todopoderosa. Con el espíritu serenado, la proclividad a la reflexión adviene como regalo sin el sobresalto de las emociones.

Ojo a los estereotipos: emboscan la prudencia y el sentido común para llevarnos a aceptar como válidas pretensiones que se incuban en el desconocimiento. Al británico se le reconoce por su compostura, propiedad en el trato y respeto a las convenciones. Hay la historia en broma sobre dos súbditos de la reina varados en una isla por meses y que solo se dirigieron la palabra una vez rescatados y a la mesa ya del capitán del barco salvador: no habían sido presentados formalmente. Falso o estereotipado ese trozo del retrato inglés, hay rasgos comunes a la nación que confieren una especificidad que al mismo tiempo es diferencia y definición.

Así, con destellos de gran intuición, un compañero reciente de mesa a cargo de negocios en Escandinavia repasaba en un instante las diferencias, notables, entre nacionalidades que a mí me parecían casi idénticas, unidas por la historia y el smörgåsbord. Difícil de describir porque la diferencia emerge como conducta y sentimiento espontáneo cuando se pulsan ciertas notas que nos conducen sin escala al origen, que nos apiñan en el colectivo y con igual intensidad desencadenan orgullo, vergüenza, nostalgia o alegría.

No somos dominicanos en oposición a otras nacionalidades, concretamente a la vecina como se nos dice a menudo. Tampoco sirve el común denominador de ariete para marginar al otro o colocarle al frente el sello de la inferioridad. Nuestras reglas, escritas o no, nos describen e informan hacia dentro y fuera cuáles son los atributos, defectos o piezas del rompecabezas de ser dominicano. La expresión política de la ecuación pertenece a cada Estado, consenso establecido sin remilgos en la La Haya en 1930.

Antes que facilitarlo, los Estados han dificultado el acceso a la nacionalidad. Los requisitos aumentan en número y dificultad burocrática. A los inmigrantes se les repele, se les estigmatiza, se les mantiene a raya. Se nace en el Reino Unido o en España, para citar un ejemplo, y se es extranjero. Tampoco es automáticamente haitiano todo el que suelta el primer grito en el oeste de la La Española.

El punto de partida es la sangre, tampoco una regla universal. La apatridia, ese pecado original, adviene con la imposibilidad de acceso a otra nacionalidad excepto la del país natal. Que un Estado empantane o niegue la nacionalidad a sus hijos nacidos en el exterior libera de responsabilidad al país anfitrión, como establecen claramente las reglas del derecho internacional. La decisión constitucional de que es ciudadano de los Estados Unidos o Canadá todo aquel nacido en el territorio, el ius soli sin calificación, apenas rige en 45 de 190 países. Sin embargo, ese derecho predomina en la mayoría de los países hispanohablantes.

Tiempo atrás regresaba a mis obligaciones diplomáticas y Atlanta era el primer punto de ingreso a la tierra del hombre libre en el himno nacional. Al ver el pasaporte, la oficial de migración, una afroamericana amable y con la gracia y acento de la mujer sureña, exclamó: “¡Óscar de la Renta!” Había muerto en esos días ese dominicano universal. Ante el alborozo y genuina admiración, guardé con el documento de viaje la usual circunspección y le dije que asistiría como parte de la delegación oficial al memorial que tendría lugar en Nueva York. En todos los medios que leí o escuché noticias o comentarios sobre el gran diseñador, decían que era norteamericano. Algunos añadían el lugar de nacimiento, la República Dominicana.

De la Renta desarrolló su gran talento fuera del terruño patrio, primero en Europa y luego en los Estados Unidos. Diría que catalogaba como ciudadano universal, porque su arte y la belleza que creaba cabalgaban allende las fronteras de cualquier país o intento de encasillarlo. Sin embargo, nunca perdió la dominicanidad o la nacionalidad que es más emoción que decisión política y, por tanto, imposible de determinar con una cédula personal de identidad y electoral o un pasaporte. Muchos se han olvidado de la tienda a la que puso su nombre en la calle Pasteur, hace ya más de treinta años, de los corozos que rompió cuando trilló camino más allá del Caribe familiar.

En decisión para aplaudir, el Ministerio de Relaciones Exteriores ha creado un reconocimiento a los dominicanos destacados fuera de nuestras fronteras. El nombre lo dice todo: Premio Señor Oscar de la Renta.

El modisto era dominicano por nacimiento y adscripción a un colectivo con el que compartía los intangibles de una cultura, de una práctica social y de unos convencimientos personales en los que destacan la generosidad, sentido de compasión y preocupación por la imagen del país.

Esa República Dominicana de cientos de miles de apátridas imaginada por las oenegés y a la que castigan con declaraciones insensatas, noticias tendenciosas y una imagen desapegada del derecho internacional, si existe, alberga a muy pocos dominicanos. La han resucitado a propósito de las intenciones de Donald Trump para desarbolar el ius soli de la constitución norteamericana, un propósito que desde ya los comentaristas y expertos instantáneos califican de cuesta arriba.

La construcción novelesca, puesta a tono para el ejercicio de la doblez, choca con otras realidades, verbigracia la de británicos que militaban en el Ejército Islámico y ahora envejecen en cárceles de Irak sin patria: el país que era suyo los ha despojado de la nacionalidad. Simpatía cero para estos desalmados que cometieron crímenes brutales, inenarrables, especialmente contra la mujer.

Dominicano por sentimiento y adscripción, como el gran Oscar de la Renta, debería ser la meta. Y a esas cláusulas culturales y de práctica condicionar en el futuro el otorgamiento de la nacionalidad, cumplidos los requisitos que solo a nosotros toca determinar con arreglo al consenso de la comunidad internacional consignado en el corpus doctrinal del derecho internacional, del verdadero, no el de las noticias falsas.

Ajeno a la discriminación, ese dominicano ejemplifica la solidaridad, cree en que el respeto al derecho ajeno es la paz, desmiente la superioridad étnica y mucho menos repara en el color de la piel o rehúsa la validez de otras manifestaciones culturales. La buena vecindad, más que concesión o virtud, es una obligación derivada de la observación escrupulosa de normas internacionales, con la no injerencia en los asuntos internos de otros países como piedra de toque. En la cultura de la paz, desaparecieron los enemigos gratuitos y mutaron en amigos a los cuales se les tiende la mano cuando lo necesitan, o porque se acepta el imperativo de la solidaridad.

Propio de los humanos es cultivar la trascendencia como antídoto contra la certeza de la biología. Duda ninguna de que el país, el colectivo llamado dominicano, continuará. Y con él lo mejor de unas tradiciones que ya nos han definido como amistosos, generosos y bullangueros, donde caben todos los colores capaces de tintar la piel. Como los que aún advierto en la corona de los árboles en el otoño que cada vez es menos.

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