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El Palacio donde Moran los Sueños

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El Palacio donde Moran los Sueños
En el Parque Colón, sentado en su clásica mecedora, aparece el presidente, Lic. Jacinto B. Peynado. Sentados, de izq. a der. el Lic. Gilberto Sánchez Lustrino, Rafael Damirón, Armando Mieses Burgos, Arturo Pellerano Sardá y Boyía Gautier. En pie, aparece
No sé qué imán atrae a los cronopios a esa esquina, que junto a los famas y las esperanzas fueron tipologizados por la magia literaria de Julio Cortázar, al cronicar el cotidiano bonaerense. Hay cuatro ángulos en la plaza mayor que se conoce como Parque Colón, cuyo centro preside la estatua del Almirante de Ernesto Gilbert, erigida en 1886 mediante contribución popular.

Los dos anejos a la Catedral están reservados a las palomas, a niños inocentes y ancianos cansados. Uno que otro grupo de Politures que platican en el descanso de la ronda, a la sombra de un árbol centenario. El ángulo noroeste es un cruce abierto sobre la calle Isabel la Católica que no retiene al transeúnte.

Sólo el recodo que forma El Conde con la Meriño, dominando la escena, concilia los sueños de jóvenes artistas plásticos que asisten a la vecina Escuela de Bellas Artes, de poetas trashumantes, abogados desahuciados, comunistas conversos, turistas de todos los pelajes. Galenos, arquitectos, historiadores, sociólogos, psicólogos, politólogos, profesores, periodistas, publicistas, mercadólogos, corredores de inmuebles y seguros. Teatristas, novocineastas y criticones de oficio. Algún calié devaluado, como el peso. Probable que unas cuantas putas y pankis disimulados. Por fortuna, ni políticos ni economistas ni deportistas, mucho menos líderes empresariales y de la sociedad civil, han descubierto el punto.

En los años 30, Mozo Peynado mantuvo una tertulia nocturna en el Parque Colón, con despliegue de confortable mecedora, a la que acudían prestantes caballeros de la vieja ciudad del Ozama. Cucho Álvarez Pina, Arturo Pellerano Sardá, Rafael Damirón, Gilberto Sánchez Lustrino, Enrique Aguiar, participaban atraídos por el encanto coloquial de este jurista y estadista que consagró la blasfema fórmula de "Dios y Trujillo".

Sin que nadie me lo dijera, es seguro que en la década del 40, mi padre, Francisco del Castillo también tertuliara en esos lares, junto a sus colegas Eduardito Read Barreras, Eurípides Roque Román y Emilio de los Santos, con quienes compartía un bufete de abogados sito en el Arquillo de los Curas, al lado de la Catedral. Muchas veces he sentido su perfume en el ámbito de ese cuadrante y me he dejado arropar por la calidez de su cariño.

En esa plaza memorable, los cronopios del Partido Socialista Popular y la Juventud Democrática desafiaron en 1946 a la manopla trujillista, que se dejó caer con fuerza sobre las cabezas de estos luchadores por la libertad, muchos de los cuales irían a parar al exilio, la cárcel o el cementerio. Allí me deleité, bajo la Era Gloriosa, con las retretas de las bandas de música militares, dirigidas por los maestros José Dolores Cerón, Rafael Ignacio y Luis Rivera, en mis años infantiles y juveniles.

Como lasallista, cada domingo en la mañana hacía formación uniformado de gala en la explanada frontal de la Primada, antes de entrar a misa. Entonces cantaba en el coro bajo la batuta del inolvidable Luis Frías Sandoval. Tras el deber religioso, el parque y sus contornos se abrían a sus anchas para el disfrute junto a los compañeros.

Palacio de la Esquizofrenia

El Bar Restaurante El Conde -que hoy se conoce popularmente como Palacio de la Esquizofrenia- es propiedad desde hace 30 años del laborioso empresario Manuel Aybar, todo un caballero, que decidió adquirir una década atrás el edificio completo y habilitar el Hotel Conde de Peñalba, que brinda excelente servicio a su demandante clientela. Antes, según refiere Manuel, operó como Café Colón y luego Bar Restaurante Canada, bajo la responsabilidad de los empresarios chinos Chong Ng y Miguel Ng, respectivamente. El inmueble fue edificado por la familia Roselló en los inicios de los 40.

Ámbito de la bohemia, de él hizo Manuel del Cabral su segundo hogar, rodeado de jóvenes poetas y escritores como Tony Raful, Pedro Peix, Andrés L. Mateo, quienes a su vez instalaron su meridiana "Peña de Tres", que llevaron a la RTVD-, de artistas como Carlos Sangiovanni y José Cesteros, y del mítico animador de Cacibajagua, Carlos Gómez Doorly. Encuentros a los que asistía el legendario Ramón Lacay Polanco y el escritor Fernández Spencer.

El poeta Víctor Villegas, cronopio magistral- ha mantenido su espíritu siempre juvenil y su talante cordial asociados a este lugar, desde el cual fraguó el magnífico proyecto literario de la revista Yelidá, que sufragó con fondos propios. Otro artífice de la cultura dominicana, el escritor Clodomiro Moquete, quien edita Vetas a fuerza de persistencia tenaz- frecuenta este espacio de estímulos creativos. Como lo hizo por años el genial Pedro Conde Sturla y todavía lo hace Plinio Chahín y sus amigos.

Mario Heredia, Darío Bazil, Miguel Ángel Monclús, han sido habitués de este recinto, como en su momento lo fuera el querido Ilander Selig Hernández.

El doctor José Miguel Paliza, prestigioso radiólogo compañero de La Salle, ataviado de graciosa colita, suele degustar un cigarro entre sorbos de aromático café, junto a su bella esposa Anita Navarro, médico también. Remedo quizás de aquellas tacitas bien lavadas que su padre nos servía en la cafetería 1 y 5 de la Palo Hincado con Conde, en los gloriosos 60.

El politólogo Pedro Catrain y la artista Quisqueya Henríquez, los arquitectos Macky de Peña Tactuk y Marcelo Alburquerque, la diseñadora Jenny Polanco, y el genial "Gordo" Oviedo, el hijo de Betania Landestoy-, asoman sus humanidades con frecuencia por este bulevard aportando valor agregado.

Así sucede cada domingo al mediodía con el director de El Nacional, el veterano periodista Radhamés Gómez Pepín, quien acompañado de Luis Pérez Casanova (Lupeca) disfruta la gastronomía del recinto, próximo a su vieja morada laboral del rotativo El Caribe.

Hace más de una década, el poeta Carlos Gómez Doorly -encarnación misma del surrealismo- estableció su cuartel general en ese sitio. Con febril tenacidad de polifacético editor armaba en su mesa de trabajo una revista literaria que luego fotocopiaba y distribuía.

Un verdadero "hand made" elaborado con esmero, el producto contenía colaboraciones de poetas de la talla de Manuel del Cabral, Fernández Spencer, Víctor Villegas, sus maestros-, Mieses Burgos, a quien siempre invocaba-, así como narraciones breves de Lacay Polanco, René Rodríguez Soriano y otros escritores.

Su militancia cultural le llevó a organizar el "espacio" Cacibajagua, que operó en el restaurante La Atarazana, la Casa de la Cultura de la UASD y en el Colegio de Artistas Plásticos, todos en la Zona Colonial.

La última morada tertuliana del entrañable Chito Henríquez fue el Palacio. Hizo allí su instalación final, rodeado del respeto y el cariño de amigos viejos y nuevos. Los Dato Pagán, Kasse Acta, Vallenilla, Nabú Henríquez, Ilander Selig, compartieron su mesa gratamente, antes de adelantar el viaje.

A su manera, lo hizo su primo Fitó desde una mesa solitaria, sin intercambiar saludos. Le dejaron con Luis Rodrigo, Vetilito Alfau, Eugenio Checo, Enrique Kury, Macho Miolán, Teddy Hernández, Roberto Cassá, José Isidro Frías, José Martí y Pedro Samuel Rodríguez. A vuelta de semana, Juan Ducoudray, Tonito Abreu, Alfredo Rizeck y José del Castillo se dejaban caer.

Actualmente, cada martes en horas de la noche, Roberto Cassá alienta una peña de historiadores y archivistas que le acompañan en la tarea ciclópea que se ha impuesto de rescatar y modernizar el Archivo General de la Nación que dirige con eficaz acierto.

Quien crea todavía que la vida es sueño, tiene una oportunidad en el Palacio de la Esquizofrenia.

Por fortuna, ni políticos ni economistas

ni deportistas, mucho menos líderes empresariales

y de la sociedad civil, han descubierto el punto.