El Pentagonismo, sustituto del ¿presidencialismo?

Ni Barack Obama ni Joe Biden tuvieron nunca vocación guerrerista. Desde sus jóvenes militancias políticas –cuando ambos aún no se conocían- mantenían una firme oposición a la presencia de Estados Unidos con fuerzas invasoras en otros países. Desde luego, Obama favorecía en ocasiones la guerra, cuando estas eran absolutamente necesarias para afianzar la seguridad nacional y sostener la fortaleza de su país frente a otros ejes con potencialidad para crear problemas en su territorio.

Siendo precandidato presidencial, Obama fue invitado a pronunciar un discurso en una manifestación en Chicago contra los planes de invasión a Irak. El futuro presidente de Estados Unidos dijo allí: “No me opongo a todas las guerras. A lo que me opongo es a una guerra estúpida. Sadam Hussein no supone ninguna amenaza inminente para Estados Unidos o para sus vecinos. Incluso una guerra exitosa contra Irak exigirá una ocupación estadounidense del país de duración indefinida, a un coste indefinido, con consecuencias indefinidas. Si el presidente Bush tiene ganas de pelea, debería rematar el trabajo contra Al Qaeda, dejar de apoyar regímenes represivos y cortar la dependencia de Estados Unidos del petróleo de Oriente próximo”. Fue un discurso premonitorio.

El candidato demócrata decidió viajar a Irak y a Afganistán a conocer sobre el terreno lo que sucedía allí, antes de ocupar el salón oval. Pudo comprobar desde que aterrizó en Bagram, donde estaba ubicada la mayor base militar de Estados Unidos en Afganistán, que Irak estaba colapsado por causa de la violencia sectaria y que el presidente Bush al reforzar la presencia estadounidense con un permanente envío de tropas, había desviado los fondos de las capacidades militares y de inteligencia fuera de Afganistán, por lo que en Irak había cinco veces más tropas que en Afganistán, y que en este último país los islamistas suníes estaban a la ofensiva, provocando que las bajas mensuales norteamericanas fueran mayores que las de Irak.

Ya siendo presidente, en sus habituales reuniones con el Consejo de Seguridad y la Inteligencia Nacional, los temas centrales eran tres: la guerra en Afganistán que pronto sería la más larga en la historia de Estados Unidos; la guerra en Irak donde habían desplegados 150 mil soldados; y la guerra contra Al Qaeda, que en ese momento reclutaba nuevos prosélitos o “conversos”, para tramar atentados en la nación norteamericana. Hemos de recordar que todavía Osama bin Laden no había sido cazado por los Navy Seals, como finalmente ocurrió en la administración Obama en 2011. En esos tres frentes, la administración Bush había invertido un billón de dólares, tres mil soldados estadounidenses habían muertos y el número de heridos –muchos de ellos discapacitados para siempre- era diez veces superior a los fallecidos. Además, recuerda Obama, el país estaba dividido, las alianzas se deterioraban y el traslado extrajudicial de prisioneros a centros clandestinos de detención, especialmente en Guantánamo, ahogamiento simulado y otras acciones extremas, “habían llevado a que dentro y fuera de Estados Unidos se cuestionara el compromiso de nuestra nación con el Estado de derecho”.

Obama, empero, a diferencia de la guerra en Irak, favorecía la guerra en Afganistán. Los talibanes estaban allí guerreando, bin Laden se movía por esos territorios sin que Pakistán ni el propio gobierno afgano limitaran sus movimientos, por lo que Estados Unidos preciaba del apoyo de Afganistán para poder acorralar a sus enemigos y destruir la red terrorista. El presidente se quejaba de que no existía una estrategia coherente y que los grupos estaban divididos entre los que consideraban que la misión en Afganistán era simplemente acabar con Al Qaeda, y otros que estaban a favor de que debía levantarse allí un Estado moderno, alineado con Occidente. Eso parece que nunca quedó bien definido, y tal vez por dicha razón el actual presidente Joe Biden ha afirmado que nunca el propósito de Estados Unidos fue transformar a Afganistán en un Estado con estabilidad y prosperidad.

Pronto, el Pentágono entraría en juego. Los altos comandantes militares favorecían una revisión de la estrategia en Afganistán, pero “había trampa” dice Obama: querían que antes se autorizara el despliegue inmediato de treinta mil soldados adicionales, pues ya habían pedido antes diez mil. “¿La conclusión del Pentágono es que no podemos esperar dos meses más para decidir si duplicamos el despliegue de tropas?”, le cuestionó duramente Obama al jefe del Estado Mayor Conjunto. Le respondió que en última instancia esa era su decisión, pero que mientras más se demorara con el envío de tropas, los riesgos eran mayores. Incluso, el secretario de Defensa no estaba seguro de que fuese necesario un incremento de soldados allí. Pero, había una voz abiertamente disidente: el vicepresidente Joe Biden, quien consideraba que Afganistán era “un lodazal peligroso” y que el replanteamiento de la estrategia no debía incluir el despliegue de mayor cantidad de tropas.

Cuando salían de aquella reunión crucial, Joe Biden subió las escaleras hacia el despacho oval acompañando al presidente. Lo tomó del brazo y le dijo en voz baja: “Escúcheme, jefe. Puede que lleve demasiado tiempo en esta ciudad, pero si algo sé es cuándo esos generales intentan acorralar a un nuevo presidente. No permita que le pongan trabas”. Biden mostraba ser un claro antipentagonista. De hecho, la CIA lo señaló como el responsable de enturbiar las relaciones entre la Casa Blanca y el Pentágono. Lo cierto era que, como recuerda Obama, lo de Afganistán eran “años perdidos”. El ejército afgano ayudaba discretamente a los talibanes para debilitar al gobierno de ese país; Estados Unidos invertía millones de dólares en ayuda militar y económica; Pakistán daba cobijo a los talibanes condenando al fracaso a la estrategia norteamericana; las fuerzas afganas estaban muy mal preparadas y necesitaban siempre de la ayuda militar estadounidense para enfrentar a los talibanes; transformar esa nación solo hubiese sido posible siete años antes cuando Estados Unidos logró expulsar a los talibanes de Kabul; existía el temor –desde entonces- de que la campaña militar fuera larga; que el costo militar y en vidas estadounidenses se incrementara sustancialmente; que el gobierno afgano, declaradamente corrupto con el dinero que recibía de Estados Unidos, pudiese caer fácilmente; y que los talibanes se hicieran fuertes en determinadas ciudades.

Mientras, el presidente Obama y Bob Gates, un republicano que fue su secretario de Defensa y en los noventa director de la CIA, solían coincidir en muchos aspectos, a pesar de sus diferencias políticas. Sabían que había que terminar la guerra en Irak y permanecer allí por varios años organizando a su gobierno, asesorando ministerios y financiando la reconstrucción del país. Pero, igualmente ambos estaban de acuerdo en que Afganistán era otra cosa. Era un pueblo inestable y la presencia militar no había podido detener los ciclos de violencia que se producían. Las bajas estadounidenses iban en aumento. Los talibanes mostraban sus garras con frecuencia. El ejército afgano se mostraba débil. La corrupción del gobierno de Hamid Karzai era visible. Su sustituto, Ashraf Ghani, no fue menos, y se afirma que huyó con el botín encima, cuando los talibanes entraron el domingo 15 de agosto a Kabul. La disyuntiva afgana era difícil: el Pentágono pedía cuarenta mil soldados más de los solicitados anteriormente, eso significaba mil millones de dólares por cada mil efectivos adicionales. No había garantía de éxito y la estrategia no planteaba una salida clara. Obama escribió: “El poder militar estadounidense no podría estabilizar Afganistán mientras la corrupción generalizada y la explotación del pueblo siguieran caracterizando el sistema de gobierno de ese país”. Para un presidente antiguerra, refiere Obama, aquella no parecía ser una situación ideal. “No era difícil pensar que me habían vendido gato por liebre”, escribe sin medias vueltas. Las desavenencias entre el presidente y el Pentágono parecían insalvables. Se filtraron informaciones a la prensa, hicieron una campaña pública para continuar la guerra. Era claro –lo dice el presidente- que el Pentágono había orquestado esa campaña. “Me encantaría que mis asesores militares dejaran de decirme lo que debo hacer en la portada del periódico matinal”. Obama los reunió y los increpó a todos. Cuando salieron de la reunión, Joe Biden le dijo: That’s a fucking scandall. Desde entonces, Biden estuvo esperando su oportunidad y contra todo riesgo ha puesto fin al lodazal de Afganistán.

LIBROS
  • Los talibán
  • Ahmed Rashind
  • Península, 2001
  • 383 págs.
  • ¿Quiénes son los talibanes? El Islam, el petróleo y una realidad política y militarista que se inició con el siglo y que ha permitido conocer al movimiento que, a juicio del autor, es una seria amenaza a la paz mundial.
  • Las niñas clandestinas de Kabul
  • Jenny Nordberg
  • Capitán Swing, 2017
  • 375 págs.
  • Qué significa ser mujer en el país declarado el peor del mundo para ser mujer. La historia de esta reportera sueca que acercó al mundo a una realidad desconocida.
  • El operador
  • Robert O’Neill
  • Crítica, 2018
  • 381 págs.
  • La historia del Seal que mató a Osama bin Laden. O’Neill intervino en 400 misiones de guerra en Irak y Afganistán. Condecorado en 52 ocasiones. Un hombre que cada despedida de su familia podía ser la última.
  • Joe Biden
  • Una nueva era
  • Evan Osnos
  • Península, 2020
  • 184 págs.
  • Un análisis conciso, brillante e incisivo del actual presidente de Estados Unidos. Una biografía trepidante basada en largas entrevistas con Biden, así como con Obama y los pesos pesados del Partido Demócrata.
  • Una tierra prometida
  • Barack Obama
  • Debate, 2020
  • 905 págs.
  • Las memorias de un gran presidente a las que hay que regresar con frecuencia, para poder ahondar en el muchas veces turbio engranaje de la sociedad política norteamericana. Un libro imprescindible.

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