20181013 https://www.diariolibre.com

Nadia Murad Basee Taha, la coganadora del Premio Nobel de la Paz en su versión 2018, tiene novio. Parecería un detalle trivial, mas en su caso no lo es. Marca un escalón importante en su recuperación después del sufrimiento y la afrenta que le dinamitaron su existencia apacible cuando las tropas del Ejército Islámico (EI) exterminaron a los hombres de la aldea donde vivía en el norte de Irak, y a ella la convirtieron en esclava sexual junto a miles de mujeres de la etnia azerí a la que pertenece.

Han quedado aparcados los prejuicios y viejas creencias que se incuban en las sectas afines y en el monoteísmo musulmán. A la violencia sexual sigue el paredón moral. Si violada, a la mujer difícilmente se le reconoce como víctima. La presunción de inocencia tiene sello de género. Sobre ella caen la condena del escarnio público y el ostracismo social, tan crueles como el crimen que dañó su cuerpo y mente.

Nadia tiene novio porque su pueblo, en parte por la intensa campaña que esta joven admirable ha desplegado por todo el mundo, ha liberado de las máculas impostoras y acogido sin reservas a las antiguas esclavas sexuales. Tres mil de sus mujeres y niñas fueron violadas, aterrorizadas y vendidas una y otra vez como mercancía que en cada cambio de mano perdía valor. Muchas de ellas aún continúan bajo el yugo de los remanentes del EI en Siria y en Irak.

Sin que los humos se le subiesen a la cabeza y con una humildad que contrasta con la fortaleza de sus convicciones y dedicación a la causa de la mujer oprimida, la joven de 25 años declaraba a los medios horas después del anuncio de la Academia de Ciencias de Suecia: “Miles de mujeres siguen recluidas en manos de mercenarios del EI. Mi supervivencia se basa en defender los derechos de las comunidades perseguidas y a las víctimas de violencia sexual. Un solo premio y una sola persona no pueden lograrlo. Necesitamos una respuesta internacional”.

Y decía el comité sueco en sus consideraciones para escoger a esta luchadora por los derechos de la mujer: “Nadia Murad es ella misma una víctima de crímenes de guerra. Rehusó aceptar los códigos sociales que requieren a las mujeres que callen y se avergüencen por los abusos a que han sido sometidas. Ella ha mostrado un coraje poco común al comunicar sus propios sufrimientos y hablar por otras víctimas”.

Este año, el Premio Nobel de la Paz es una clarinada contra una forma de violencia que causa tanto o más daño que las balas. Objetivo: doblegar la dignidad de los combatientes, humillarlos con un golpe devastador al orgullo mediante la violación sistemática de las mujeres, sin importar que sean niñas o adolescentes. Ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, en los sangrienltos conflictos anejos a la fragmentación de los Balcanes, en Siria e Irak y, con una asiduidad desconcertante en el África de estos días. De ese continente provienen las noticias de los secuestros masivos de niñas, sacadas a la fuerza de las aulas escolares para luego ser violadas a veces en cadena y retenidas contra su voluntad mientras se las despoja de su humanidad. Es la población a la que el doctor Denis Mukwege, el otro galardonado, un ginecólogo congolés, ha dedicado su vida. Cuidar de la salud de las mujeres violadas en las guerras africanas le ha valido amenazas y atentados contra su vida. Las dudas son ajenas a su ministerio.

A Denis Mukwege se le ha reconocido como “el principal y símbolo más unificador, tanto nacional como internacional, de la lucha para terminar con la violencia sexual en la guerra y conflictos armados. Su principio básico se basa en que “la justicia es tarea de todos”. Hombres y mujeres, oficiales y soldados, y autoridades locales, nacionales e internacionales, comparten todos la responsabilidad de reportar y combatir este tipo de crimen de guerra. En ese campo, la importancia de los esfuerzos constantes, dedicados y desinteresados del Dr. Mukwege no pueden ser pasados por alto”.

Escuché los pormenores trágicos de Nadia Murad Basee Taha de sus propios labios, cuando compareció hace dos años en las Naciones Unidas y conmovió al auditorio por su valentía y entereza. La recuerdo vivamente. Sobre ella escribí y ahora reproduzco en parte mis impresiones de ese entonces. Era la expresión viva de una etnia de la que solo había leído párrafos perdidos en el torrente noticioso de los horrores del EI. En el marco de la Asamblea General de la ONU y en presencia de Ban Ki-moon y una constelación mundial de figuras políticas, esta joven azerí de apenas una veintena de años narró su escalofriante historia personal que comprende el papel de esclava sexual del EI.

Diez y nueve años, 2014, en una aldea de apenas 1700 habitantes en el norte iraquí. Llegaron las tropas del EI, separaron a mujeres y hombres, mataron a seis de sus doce hermanos, a su madre y 80 mujeres más porque eran ya demasiado viejas para servir de concubinas forzosas. Fue subastada, violada, golpeada, vejada, torturada. Escapó y, recapturada, condenada a la violación colectiva hasta desfallecer. Huyó nuevamente y encontró albergue junto a millón y medio de desplazados más en un campo de refugiados en Kurdistán. Luego, la ruta balcánica y finalmente Alemania y tratamiento sicológico. Hoy es la voz azerí que clama en el desierto de la comunidad internacional para que intervenga y ponga fin al genocidio contra su pueblo, perseguido sin tregua por el fanatismo islámico bajo la acusación de “adoradores del diablo”. La minoría de origen kurdo, continuadora de tradiciones religiosas persas que anteceden al islam, suma apenas unos cuantos millares. En cambio, sus mujeres pueblan mayoritariamente los listados de esclavas sexuales en el territorio del EI.

Habló en persa y debí conformarme con la interpretación simultánea, convencido de que perdía la emoción del verbo, el matiz vigoroso de la palabra denuncia, el calor humano de la voz atormentada. Todas esas sensaciones me llegaron de golpe cuando vi que Murad, arropada su delgada figura por un vestido negro luto y el pelo azabache recorriéndola por el frente hasta la cintura, apenas lograba reprimir las lágrimas, que aquel rostro joven endurecido por el sufrimiento desvelaba una vez más el drama de la familia perdida, las tradiciones milenarias de su pueblo aplastadas, el futuro para siempre maltrecho por un pasado irremediablemente tormentoso. Le habían robado la libertad, también los sueños.

La Asamblea General escuchó en silencio cuando Murad dijo que no vivía allí el momento más feliz de su vida, pese a que estaba dirigiéndose a connotados jefes de Estado en el recinto solemne donde se debaten los grandes problemas mundiales. Sus momentos de mayor felicidad fueron el cultivo de la tierra familiar junto a la madre y los pícnics batidos por el aire fresco de las montañas cercanas a la aldea de la juventud arrebatada. Felicidad imposible de reproducir, y he ahí el resumen del avatar de Murad y de los suyos. Y de los miles de refugiados cuyos rostros jamás recogerán las cámaras de los fotorreporteros.

La joven azerí rehace su vida o lo que queda de ella, en Alemania. Su humanidad rota es un poderoso mensaje en un mundo con callos en el alma. Temo que la instrumentalicen. Al día siguiente, volvía yo a mi hotel desde la ONU y George Clooney y su mujer, activista internacional de los derechos humanos, caminaban cerca. Amal Clooney se unía poco después a Murad en otra actividad en las Naciones Unidas.

Este año, el Premio Nobel de la Paz es una clarinada contra una forma de violencia que causa tanto o más daño que las balas. Objetivo: doblegar la dignidad de los combatientes, humillarlos con un golpe devastador al orgullo mediante la violación sistemática de las mujeres, sin importar que sean niñas o adolescentes. Ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, en los sangrientos conflictos anejos a la fragmentación de los Balcanes, en Siria e Irak y, con una asiduidad desconcertante en el África de estos días.

adecarod@aol.com

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