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El Sheraton y la Reina Renée

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El Sheraton y la Reina Renée
Promovido por un grupo empresarial local encabezado por Oscar Lama con apoyo financiero del fondo INFRATUR manejado por el Banco Central. Concebido en su arquitectura por Manolito Baquero y Milán Lora con participación activa de Virginia Cabral en los diseños de interior. Respaldado por el prestigio y la experiencia de una de las más reputadas operadoras internacionales, abrió sus acogedores espacios en 1977 el Hotel Sheraton, situado en el corazón del Malecón capitalino. Mirando de frente al mar Caribe, como un enorme crucero de turismo que enfila su proa hacia la mar rumbo Sur. Ligeramente lateralizado en su volumetría para beneficiar a las habitaciones con el goce de la panorámica azul marina. Desde sus primeros días esta nueva facilidad se convirtió en meollo del encuentro de una ciudad que se modernizaba sin destruir sus barrios amables, sin arrabalizar el entorno o demoler y hoyar sin ton ni son. Bajo un enfoque enmarcado en ciertas regulaciones y planes maestros de desarrollo urbanístico.

Para un grupo de jóvenes que nos acercábamos a los 30, el Sheraton se convirtió en segundo hogar, estimulados por la campaña incitante ideada por el publicista Nandy Rivas ("Ven a probar/ todo lo bueno del Sheraton") en la cual se desplegaba un personal afable y dinámico. Encabezado en la gerencia por Joaquín Jessen -hotelero alemán de grata recordación por su jovialidad-, completado por damas dominicanas talentosas como Niurka Read de Camino (hoy exitosa empresaria gastronómica que opera El Conuco, un centro de la mejor culinaria criolla), Marisol Ortega de Read (a quien conocí en la II Convención Nacional de Turismo en Puerto Plata cuando Angel Miolán impulsaba pionero la "industria sin chimenea", quien hizo carrera en Sectur y con su propia agencia de viajes) y Lourdes de la Rosa, convertida ahora en una veterana gerente residente con tres décadas de experiencia hotelera, quien también manejó el Camino Real de Santiago, donde fui objeto de sus atenciones. Pilar Tapia de Fernández y Jaime Tió, soportes en las áreas de crédito y finanzas. Frank Núñez del Risco -hermano mayor de Yaqui y Pedrito, ya fallecido- tuvo a su cargo las actividades artísticas. Josefina Rodríguez se sumó con su entusiasmo contagioso a este dream team.

Junto a Manolito García Arévalo, me inscribí en el Gimnasio, que tenía una sección femenina que funcionaba separada, con gimnasia rítmica sonorizada y bellísimos ejemplares que llegaban con sus mallas ajustadas. No muy amplio pero bien equipado con las máquinas más sofisticadas del momento, caminadoras, tablas de flexión, bancos para press, pesas de todos los pesos, lo regenteaba Quezada, un buenazo. Sauna, baño de vapor, jacuzzi, lockers individuales, duchas y vestidores. La opción de natación en la piscina, situada en el mismo nivel, con vista al Malecón, relajante y salutífera. La otra de caminar a manera de calentamiento por el paseo marino, antes de "entrarle a los jierros". Allí, casi a diario, una peña tertuliante: Oscar Luis Valdez Mena -quien prácticamente vivía refugiado en el jacuzzi o en la piscina- era una exquisita compañía que discurría sobre temas musicales, él un adiestrado pianista que admiraba "el oído de tísico" del ingeniero melómano, aquél que no necesitaba partitura porque llevaba toda la música por dentro.

El economista planificador Fernando Mangual -querido compañero de barrio de la Martín Puche y uno de los "chilenos" cepalinos experimentados del viejo aguerrido socialcristiano-, Rafaelín Melo -ex Rondalla de la UASD, químico, diplomático y jugador de carabina cantábrica-, el arquitecto René Alfonso -condiscípulo salesiano, excelente productor radiofónico y publicista-, entre otros gimnastas, formaban tropa caminadora disciplinada que salía al Malecón previo al levantamiento de pesas. A su regreso triunfal, esperaban unos más discretos ejercitadores haciendo sus rutinas, guarecidos entre cuatro paredes. El odontólogo Nonín Galán -orquideólogo consagrado de la Ciudad Jardín- flexionaba en la tabla para mantener cintura hercúlea. El mercadólogo Coqui Jorge ejecutaba movimientos sincronizados en el press de pecho para conseguir volumen. El museógrafo Moisés de Soto se concentraba dándole a las mancuernas para hinchar los bíceps. Algo que también hacía un conocido jefe policial, de cuidada anatomía y buenos modales.

Manuel Pichardo se relajaba en meditación profunda y posición yoga, mirando siempre hacia el techo. En la trastienda, en el cubículo del sauna, el lingüista Pedro Ureña Rib filosofaba sobre Ferdinand de Saussure y la semiótica estructuralista, distendido cual Maja desnuda. El banquero Luis Canela sudaba la gota gorda en el baño a vapor, entre ecuaciones y cálculos de tasas de interés, cuidando el factor de riesgo cambiario. El arquitecto y galerista Federico Fondeur, un asiduo gimnasta que mantiene fidelidad a esta disciplina asistiendo al Jaragua, hacía sus ejercicios con moderación, sin sofocarse, preservándose para la jornada de la nocturnidad bohemia. Los amigos García Arévalo y del Castillo aguajeaban aquí y allá, algo de flexión sin exagerar, un poco de máquinas y mancuernas. Una dosis de sauna y vapor. A veces la piscina y la caminata en el Malecón. Mucho parlar, que es otro ejercicio tonificante, cerebro liberador. Ya habían superado la etapa de Charles Atlas y como Fondeur y Melo, pensaban que había que reservar energías para el resto de la jornada, potencialmente gratificante.

Justo el Sheraton abría todo un mundo de posibilidades. A la salida del Gimnasio, en la cafetería sita en el segundo nivel, un jugo rehidratante o un cortadito estimulante, en coincidencia con el arribo de la rama femenina. Los concurridos happy hours en el área abierta del Piano Bar El Yarey, repleto de jóvenes ejecutivas relucientes. Abejoneo, vitilleo, abordajes, intercambio de datos, citas. Desde allí, debidamente higienizado y reciclado, un anclaje en Le Café de los hermanos Read, con sus crepes y su buena onda musical. Damas elegantes, muchas diplomáticas y extranjeras. Aterrizaje en la Taberna de María Castaña, pura candela variopinta. Para retornar, en el remate de la noche, a disfrutar de la Reina del Feeling, doña Renée Barrios, ese mujerón inmenso que provocaba emociones encontradas entre sus fans de ambos sexos. Yo era un loco enfebrecido con su arte, que conocí temprano en el night club Europa de mi primo Felo Haza, presentada por Rivera Batista. A diario la seguía en El Yarey, luego la buscaba en los hoteles San Juan y Caribe Hilton, y en incursiones en Ocho Puertas, en la Isla del Encanto, o en el Bar de María en Delcasse, cerca del apartamento de don Jaime Benítez. Para reencontrarme con ella en El Diamante Bar & Casino de Edmón Elías, en su última temporada dominicana. Y en el recital homenaje de su amiga Marta Valdés en Casa de Teatro.

Su imán atraía y llenaba una mesa -la primera- capitaneada por la entrañable Norín García Hatton, quien gustaba presentarla con su gracia veterana de radiodifusora bonita, junto a las compositoras Meche Diez, Leonor Porcella de Brea, la cantautora Luisa María Güell cuando se hallaba en el país. A fuerza de admirar y pedirle temas hice amistad con ella. Acompañándose diestramente al piano, en coloquio de voz y teclado, su interpretación de las inspiraciones de Sylvia Rexach Y entonces, Olas y arenas, y Mi versión ("Hay variedad de opiniones/mil definiciones de lo que es amor", popularizada por Tito Rodríguez), revelaba su calado profundo. Para levantar ánimo, un chispeante De Repente, del maestro venezolano Aldemaro Romero que pegara Daniel Riolobos, le insuflaba energía contagiosa al auditorio. Una pieza que me derretía, de Manuel Alejandro y Ana Magdalena, alcanzaba plenitud de identidad en su voz: "Si amanece y ves que estoy despierta/ porque de tu amor aún no estoy llena/ ámame otra vez/ámame otra vez/ con las mismas fuerzas que la primera vez". Era muy apropiada para los gimnastas del Sheraton de entonces que soñábamos con sexo.

De la cubana Concha Valdés Miranda, Renée nos ofrecía sólo La Mitad, tan magistral como la logró Tito con su cantar pujaito. De la mexicana María Grever, Alma mía, un clásico de la desolación sentimental. De la Gorda de Oro, Myrta Silva, Qué sabes tú "si tú no sabes nada de la vida", caballero. Afincando en lo mejor del feeling cubano, La noche de anoche de René Touzet y Tú mi delirio de César Portillo de la Luz. Inolvidable, del gran Julio Gutiérrez, también inmortalizada por Tito. Para recalar en Imágenes del pianista Frank Domínguez: "Como en un sueño/sin yo esperarlo/ te me acercaste/ y aquella noche/ maravillosa/ tú me besaste". Un tema que dice: "y entre mis brazos quedó el espacio de tu figura". Juguete de Bobby Capó, alcanzaba nuevos ribetes en un jugueteo de registros vocales muy propio de Renée. Llora, de Marta Valdés, evocaba esos amores viejos. Para remontar, como un ángel alado de la canción antillana, con una soberbia pieza de la mexicana Lolita de la Colina: Mitad mujer mitad gaviota. Ay, Renée, que todavía llevo el ala rota, por tu ausencia de mujerón gorrión. Mulata bella.

Lo demás era el pechugueo y el tirapiernas con la música bailable del maestro Félix Valoy y su cantante Ana Gilda García. El general Ramiro Matos González compartiendo la barra conmigo, en plena liberalización de las FFAA, hermanándose guardias y civiles bajo Guzmán. El maestro Tito Delgado en show sabatino con Sonia Silvestre. Le grandeur de nuestro chansonier Lope Balaguer respaldado por Jorge Taveras. O la orquesta de Rafael Solano con Vinicio y Luchy como atracción. Los más golosos tenían la discoteca Onmi a disposición para liberar el cuerpo en trance danzario. El restaurante Antoine para degustar tiernos filetes bañados en salsas sofisticadas con derrame de tinto y salpicados de setas. Para los madrugadores, buceadores de los misterios de la noche, pecadores irredentos y seguros achicharrados en las brasas del infierno, La Canasta servía frescos caldos para borrachos.

"Ven a probar/ todo lo bueno del Sheraton". Qué tiempos aquellos.