20180630 https://www.diariolibre.com
El Telégrafo de Lilís
Ulises Hereaux (Lilís).

A fines del siglo XIX hizo su aparición en el país el telégrafo junto a otros avances tecnológicos como el teléfono, el ferrocarril y los ingenios movidos a vapor. Mediante sus hilos inteligentes se enlazaron los principales pueblos del interior con la capital, mientras el cable trasatlántico nos unió a la red mundial de comunicaciones. El telégrafo no sólo se reveló esencial en los negocios para realizar transacciones rápidas y participar en las bolsas de productos, sino también en lo político para controlar los movimientos de la gente. Por ello, el presidente Ulises Heureaux, un sagaz guerrero y político de garra a la vanguardia de la onda modernizadora, ordenó la confección de un Código Telegráfico para las comunicaciones oficiales. Que devino en brillante catálogo de maquiavelismo político.

Revelador de los patrones políticos de la época, en especial del estilo de gobierno autoritario, a ratos benevolente, desarrollado por Lilís, el Código constituye un fascinante compendio de reglas prácticas sobre el arte de gobernar. Control de las frecuentes conspiraciones, vigilancia y represión de opositores, manipulación de elecciones, domesticación de la administración de justicia, consolidación de lealtades de parciales y aliados vía el halago de un cargo público o la intimidación, son tópicos contenidos en su cuerpo.

La conspiración es el primer tema consignado. Desde los procedimientos de vigilancia y los medios de neutralización preventiva de los contrarios, hasta la represión violenta a los conjurados, figuran previstos en este rico inventario de reglas para mantenerse en el poder. Algo que Bosch resaltó en su célebre debate televisivo con el jesuita Láutico García, horas antes de las elecciones de 1962, al destacar el arquetipo de gobernante y sus reglas de oro. Pero que la geopolítica regional de la Guerra Fría y los demonios domésticos desbordados le impidieron aplicar con éxito.

Así, la primera palabra clave listada es Abigarado: “¡Alerta! ¡Se maquina algo en la sombra! Dicte usted sus medidas para conseguir conocer de qué se trata, y avise a los amigos para que desarrollen la más estricta vigilancia. El gobierno nada sabe todavía; pero no duerme”. Camarón que se duerme se lo lleva la corriente, pensaría un filosófico Lilís.

Un activo exilio político –correlato del destierro indulgente de los opositores-, obligaba a la presunción de “movimientos” desde el exterior. Máxime cuando empréstitos que se convertirían en deuda pública externa, se originaban en créditos para armas y avituallamiento otorgados a políticos desterrados por comerciantes/prestamistas radicados en el Caribe o en facilidades concedidas por algunos gobiernos. De allí la necesidad funcional de Abogado: “El que dirige el movimiento revolucionario desde el extranjero es...Vea a ver qué clase de conducta observan su familia, amigos y parciales, y así podremos saber cuáles son sus proyectos. Encargue a una persona habilidosa. De esas que no se meten en política y que son políticos de los pies a la cabeza, para que se acerque a uno de los sospechosos y habilidosamente averigüe lo que hay”.

A veces no bastaba la vigilancia y había que desplegar destreza táctica para neutralizar al enemigo. De ahí la utilidad de Abolorio: “Es necesario desarrollar ahora política de atracción y de benevolencia. Las circunstancias son eminentemente delicadas y cualquier medida de fuerza puede producir una gravísima alteración del orden. Esfuércese, pues, en atraer y calmar por el momento a los disidentes halagándolos y amansándolos de modo de ganar tiempo a todo trance, pero es de advertir que usted no debe obrar de modo que nuestros contrarios lleguen a creer que se les teme, y que así aceleremos lo que tratamos de evitar”. Simulacro de ablandamiento y conciliación, pasamanos y pasa pesos –recurso que empleó Lilís para ablandar a insurrectos con balas de papeletas. Pero no al grado de lucir blandengue o asustadizo.

La situación que motivaba a Abolorio podía modificarse prontamente y entonces se hacía indispensable aplicar Abollón: “Esta vez es necesario obrar con gran energía y severidad. Pasó ya la hora de las contemplaciones que hoy no producirían resultado. Obre usted, pues, enérgicamente y resueltamente, y que nuestros contrarios vean que estamos dispuestos a reñir en el campo en que se nos cite. El gobierno no teme a nadie y escarmentará duramente a cuantos se atrevan a retarlo”.

Contar con colaboradores fieles era tan importante como chequear los pasos de los disidentes. Así funcionaba Aborrendo: “No siento bien a ... ¿qué tiene? ¿Por qué está así? Cree usted que se ha debilitado su lealtad. Temo que pueda oír malos consejos, y espero que usted no me lo deje mucho de la mano”. O sea, no le pierda pie ni pisada. Comprométalo con la situación, tal como se designaba al gobierno. Trujillo fue constante usuario de este recurso de verificación de lealtad de sus parciales: seguimiento asfixiante de los servicios de inteligencia, reiteradas demostraciones de apoyo público y privado al régimen y su persona, así como la exposición en la picota vía el temido Foro Público.

Bajo el prolongado régimen del general Heureaux lo peor para un opositor era que se le aplicara Abudilla: “La gravedad de las circunstancias me obliga a decir a usted que ya es tiempo de dar por terminada la política de atracción y de contemplaciones. Pase usted por las armas a quien quiera que intente alterar el orden o inducir a que otros lo alteren, y finalmente, a cualquiera que preste recurso de cualquier género a nuestros contrarios para alterar la paz”. Política que ejecutó con crueldad la dictadura de Trujillo, abudilleando sin piedad a sus contrarios. En especial cuando la amenaza provenía del exterior.

El interés de controlar las elecciones, buscando resultados favorables, dio origen a Nata: “Necesito que... salga electo”. Igualmente, el bloqueo de candidatos justificó a Natación: “Necesito que ...no salga electo. Procure impedirlo por los medios que estén a su alcance”. El jefe local que recibía tal orden podía responder con Neptuno: “Descuide usted... no saldrá electo”. O mejor todavía, con Nerval, término que nos remite a procedimientos reeditados en el ciclo democrático tras la dictadura trujillista: “Intervendré en la elección y saldrán electos miembros de la situación”.

Si se tenía un problema judicial debía procurarse los oficios de Ofelia: “Influya usted para que los jueces procedan benevolentes respecto de...”. Y evadir a todo trance a Ofeltes: “Influya para que los jueces sean severos respecto a...”. En tanto un trabajo de manipulación sutil era asunto de Ofiodoente: “Intervenga usted en el proceso de... pero hágalo de manera prudente y delicada de modo que ni se note su intervención, ni los jueces se sientan lastimados”.

Un procedimiento cauteloso propio de tratos entre caballeros. Más ajustado a tiempos de modernización judicial y de constitución de las altas cortes. Como decir, “déjalo fuera de la Suprema sin que afloren las razones”. O más sofisticado, “utilízalo en el filtrado y la degollina sin que perciba que la suya va al final”.

Si un jefe local iba a salir de su demarcación en circunstancias que ameritaran precauciones, podía recibir una instrucción en Diacrolita: “Es necesario limpiar el campo antes de la salida de usted de ese punto. Lance orden de prisión contra cuantos le inspiren sospecha y asegúrese”. Pero debía proceder Dadivoso: “Al llevar a cabo las arrestaciones que he ordenado a usted o las que usted crea oportunas efectuar, tenga cuidado en no arrestar ninguna persona insignificante”. Sea selectivo. Evite agitar el avispero. Concéntrese en los cabecillas.

Las personas de cierta notabilidad se hallaban listadas en este manual de maquiavelismo tropical. Así el arzobispo Meriño –presidente entre 1880 y 1882, destacado como intelectual y orador, y su notorio galanteo amoroso raíz de múltiples señeras descendencias- era Sabroso en el Código Telegráfico lilisista. Arturo Pellerano Alfau –director fundador del Listín Diario en 1889 como una hoja informativa del movimiento mercantil y portuario de Santo Domingo- era Sacabuche. Mientras que a Manuel de Jesús Galván –autor de la novela Enriquillo, quien presidiera la Suprema Corte de Justicia y desplegara importantes misiones diplomáticas, entre ellas la negociación de un tratado de libre comercio con EEUU- se le designaba Saburral.

“El Maestro” Federico Henríquez y Carvajal –educador positivista, editor de periódicos y revistas de opinión, militante nacionalista y masón, fraterno de Hostos y Martí- era nada menos que Sacrílego. Y al historiador nacional José Gabriel García –autor del Compendio de la Historia de Santo Domingo y de otras obras, librero, periodista y político- se le denominaba Sacuntala. Pepe Espaillat, de Santiago de los Caballeros, aparecía bajo el indeseable nombre de Sarcófago. Sencillamente horripilante.

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