El terror que se alarga en el tiempo

$!El terror que se alarga en el tiempo

El lugar semeja un jolgorio, aposento de estrépitos, estropicios y turistas con la urgencia de aprisionar en una visita las consecuencias de años y décadas de desencuentros, políticas erradas e intereses abiertos y soterrados que determinan las decisiones de las grandes y no tan grandes potencias.

Es la Zona Cero, hogar tronchado de las Torres Gemelas desde un 11 de septiembre atemporal. Testimonia la destrucción el Memorial 11-S, también el 1 World Trade Center. Metal y vidrio se combinan para romper la gravedad y ascender 541 metros.

Cuando la edificación alcanzó los 380 metros, era ya la más alta en todo el Nuevo Mundo. La visitó el entonces presidente Barack Obama y en una de las vigas de acero que coronarían el edificio aún incompleto escribió con los ojos puestos en la historia: “We remember, we rebuild, we come back stronger!” Recordamos, reconstruimos y regresamos más fuertes.

La fecha se inscribe en el calendario de la memoria eterna. Polvo fuimos y seremos; y el más osado atentado terrorista de la historia permanecerá como un hito por el hecho en sí y, tanto o más, por las derivaciones y excesos aparejados al advenimiento de un mundo cuyos empeños en garantizar la seguridad generan, paradójicamente, inseguridad. Dos mil setecientas cincuenta y tres personas murieron, y años más tarde aún identifican caídos. Una de esas últimas víctimas de reconocimiento tardío fue Patrice Braut, belga de Bruselas, 31 años. Un número más a la suma de 1639 identidades certificadas por los legistas. Vaya paradoja: este europeo trabajaba para Marsh & McLennan Companies, empresa dedicada a servicios profesionales de seguros y evaluación de riesgos.

Hay un antes y después de ese 11 de septiembre. Así, sin necesidad del año para completar la fecha y anclarlo con exactitud en el tiempo. Lo que sigue aterra. Ha confirmado sin asomos para la duda que hay odios y sinrazones que solo se transan con violencia. La duda se aplica al camino escogido para enfrentarlos y que nos ha desviado hasta un recodo en que se achica nuestra lejanía moral de los terroristas.

Porque hay distintos raseros para describir, condenar o medir la violencia. Miles de niños mueren en África, la Franja de Gaza, Siria, Libia y México, por ejemplo, acribillados, hechos migajas o descuartizados con proyectiles y armas manufacturados en el Occidente que nos ha dado a Beethoven, Shakespeare, Cervantes, Rousseau y a Martin Luther King. En la misma geografía donde se puso punto final a la autocracia, freno a las monarquías y se escribieron con letras imborrables los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Esas fotos de niños en una agonía que no alcanzan a comprender, mutiladas su inocencia y extremidades, parten el alma y generan congoja inenarrable. Porque de ellos no debería ser solo el reino de los cielos, sino un espacio donde crecer y desarrollar plenamente su potencial humano.

Se incorporan nuevos términos a la fraseología de la diplomacia y declaraciones rimbombantes para referirse a las armas químicas en manos de la dictadura siria, y al rastro de destrucción dejado por estas fórmulas científicas para extinguir la vida. Silenciosos, de tecnología aún más avanzada, los drones destruyen arsenales y jefes terroristas, pero también a un número mayor de inocentes, infortunados moradores, muchas veces fortuitos, de los improvisados campos de batalla en los intestinos y corazones asiáticos y africanos.

Con precisión quirúrgica y a suficiente distancia para no escuchar el ruido de las explosiones ni los gritos desgarradores de los heridos y moribundos, alguien comanda esas operaciones y alguien oprime el botón fatídico o teclea el código para desatar el micro Armagedón. Y desde barcos surtos en radas quietas o columpiados por las olas de mares tibios, se envía la muerte a cientos de kilómetros de distancia sin que luego se sepa con certeza si a los objetivos buscados hay que arrimar otros.

Cuando una historia había terminado, la de los encontronazos ideológicos encapsulados en una guerra fría que en oportunidades devino bochornosa, se iniciaba otra. Esta nueva versión guarda consonancia con las ideas originales de Toynbee, reformuladas por Samuel Huntington en El choque de las civilizaciones para rebatir a Francis Fukuyama y su concepción hegeliana del final de la historia: el fundamentalismo islámico contra la civilización judeo-cristiana.

Revivir aquella mañana de un septiembre con el final del verano a cuestas es adentrarse nuevamente en la espesura del salvajismo, y en la contemplación de un dolor angustioso para el que no había remedio. El terror llegaba en directo por vías audiovisuales y pronto se comprobó que no fue accidental la incrustación de aquel primer avión en la anatomía metálica de la torre norte. Poco después, otra aeronave, de United Airlines, sobrevolaba los rascacielos del distrito financiero neoyorquino para estrellarse en la materia dócil, de vidrio y acero, de la torre sur.

Esas escenas de gente saltando a la muerte desde los pisos superiores al área impactada aún producen escalofríos. El grito inhumano de la primera torre doblándose sobre sí misma al tiempo que sus pisos se amontonaban uno sobre el otro en colapso furioso, permanece invariable en el recuerdo. Luego, una maraña de escombros y una espiral de polvo que llenaba y cubría todo. Poco después le seguía la torre sur, espejo de la estructura y del destino final de la otra. En poco menos de dos horas, el centro neurálgico del capitalismo mundial había mutado en hecatombe y a su alrededor, un pandemónium de mujeres y hombres en retirada desordenada con los rostros demudados y una nube de polvo en persecución.

Aparte de la inseguridad aneja, el 11-S ha provocado un dilema ético y moral del que no hemos escapado sin daños severos a los principios que sustentan la civilización occidental. ¿Es posible combatir el terror sin sacrificar derechos consubstanciales al hombre y que nos separan de la irracionalidad de los fundamentalistas? La seguridad se ha convertido en psicosis y conducido a decisiones controvertidas, como las torturas, la cárcel de Guantánamo, detenciones sine die y el transporte ilegal de sospechosos secuestrados en cualquier parte del mundo hasta cárceles en países reconocidos por la dureza de sus regímenes.

Como corolario, las secuelas de violencia que han ensangrentado Madrid, Londres, París, Bruselas, Barcelona, Mumbai y tantas otras ciudades del Medio Oriente. En adición a esas estadísticas sangrientas, se calcula que la violencia en Irak durante y luego de la invasión extranjera se ha cobrado cerca de un millón de seres humanos, mención aparte los incontables daños materiales y al patrimonio cultural de un país milenario. ¿No merecen esos nombres otro memorial, otro recordatorio de que las víctimas inocentes de la violencia son todas iguales?

A 18 años de la fecha trágica, las amenazas de nuevos atentados terroristas son una realidad en todo el mundo. Gran Bretaña, Francia, España, Alemania y Bélgica han descubierto decenas de tramas para entintar de sangre las ciudades, luego de sufrir embates terroristas criminales. Surgió el Estado Islámico (EI), autodesignado califato que sobrepasaba a Al Qaeda en fundamentalismo y comisión de horrores. Aún agónico, se corre el peligro de la resurrección y conversión en el primer estado terrorista del mundo, responsable ya de una era de violencia oficializada peor que la Inquisición: mutilaciones genitales, destrucción de iglesias y mezquitas, decapitaciones sumarias, torturas, palizas y conversiones forzosas. Sus creadores nos sirvieron en vídeos a domicilio ejecuciones barbáricas de gente tan inocente como los niños exterminados en Gaza, Siria o los tres adolescentes judíos secuestrados y luego asesinados vilmente en las cercanías de Jerusalén por desalmados palestinos, hace varios años.

El daño a las libertades públicas rige en sociedades de larga tradición democrática. El miedo al terror se ha saldado con una disminución aceptada de la intimidad. El espionaje público es moneda de curso legal. Si creemos a Edward Snowden, el técnico de la estadounidense Agencia Nacional de Seguridad (NSA) exiliado en Moscú, millones de compatriotas y extranjeros, sin excluir jefes de Estado aliados, son espiados rutinariamente y sus conversaciones escuchadas. Gran Hermano más sofisticado y menos notorio, pero igualmente destructivo de las libertades individuales y que ha abierto una dilatada controversia en todo el mundo.

La batalla contra el terror dista del triunfo o de un final previsible. Por el contrario, las sinrazones se hermanan en un nudo gordiano imposible de desatar.

La ecuación arroja un balance favorable a los mensajeros de la intolerancia y la muerte. Es otro resultado fatal del 11-S: seguimos aterrorizados, tanto por las amenazas de los yihadistas y fundamentalistas como por el juego perverso que entrañan las posiciones de poder.

Aparte de la inseguridad aneja, el 11-S ha provocado un dilema ético y moral del que no hemos escapado sin daños severos a los principios que sustentan la civilización occidental. ¿Es posible combatir el terror sin sacrificar derechos consubstanciales al hombre y que nos separan de la irracionalidad de los fundamentalistas?

+ Leídas