$!Emilia Serrano: 3-En-1

Celebérrima viajera, la escritora española Emilia Serrano (1834-1923), Baronesa de Wilson, publicó artículos y obras de gran calado sobre sus vivencias en el Nuevo Mundo, que recorrió desde 1865: Americanos Célebres (1888, 2 v), América y sus Mujeres (1890), Maravillas Americanas (1910). De 75 perfiles biográficos de Americanos Célebres, dedicó 3 a dominicanos: Duarte, Sánchez y Heureaux. Por su especial importancia, se transcriben las estampas de los patricios Duarte y Sánchez íntegramente, publicadas tan temprano como en 1888 como parte de una galería meritoria de próceres americanos. Y por razones de espacio queda pendiente la de Lilís, “Presidente de la República de Santo Domingo”.

“En 1876 murió en Caracas triste y solitario un desventurado proscripto dominicano: era Juan Pablo Duarte. Su historia era corta y conmovedora, su infortunio grande y su nombre el de un patriota abnegado y digno de perdurable recuerdo.

Había nacido en Santo Domingo en 1813, es decir, algunos años antes de que los haitianos extendieran su dominio por toda la isla, y cuando aun en su más tierna edad pudo recibir en su patria la primera enseñanza, continuada más tarde en Barcelona, en donde cursó Latinidad, Filosofía y Matemáticas, sobresaliendo entre sus compañeros por su mérito intelectual.

Su recto criterio y las ideas liberales que en su mente se agitaban, le hicieron más tarde forjar en suelo patrio planes de independencia y sublevarse contra el yugo haitiano; pero anhelaba transmitir la savia de aquellos principios a la juventud, dedicándose a instruirla en unión con el presbítero D. Antonio Gutiérrez, y a la propaganda del verbo liberal por medio de la sociedad La Trinitaria.

La revolución haitiana del 24 de Marzo de 1843 y la persecución de Herard contra los separatistas, llevaron a Duarte a suelo extranjero, sin que abandonara su propósito, madurando en el ostracismo el plan que debía dar la victoria y crear patria.

Ya resuelto se dirigía a Curazao, cuando llegó a su noticia que la revolución había estallado y que Santo Domingo era libre: activó su marcha, y cuando llegó al suelo natal, fue aclamado con entusiasmo, dándole el nombramiento de general y un puesto en la Junta Central. Surgían por entonces desavenencias entre el Gobierno y Santana, vencedor en la campaña contra los haitianos. Duarte marchó como designado por la Junta a entenderse con el triunfante general, pero sólo consiguió acarrearse su enemistad.

El desvelo más constante de Duarte era el servicio de la patria, y marchaba hacia el Cibao para contrarrestar los planes de Santana, cuando sus partidarios y amigos, acaudillados por el general Mella, le proclamaron presidente de la República: pero ya Santana había entrado en la capital y escalado la suprema magistratura.

Duarte, acusado como revolucionario, fue preso en Puerto Plata, conducido a Santo Domingo y encerrado en la Torre del Homenaje, hasta que, condenado al ostracismo perpetuo, abandonó la tierra natal.

El más profundo misterio cubrió su existencia por espacio de veinte años. ¿En dónde se ocultaba el benemérito patriota? ¿Qué país le había prestado asilo?

La República, entre tanto, después de incesantes revoluciones, dejaba de ser nación para tornarse en colonia; arriaba el pabellón de 1844 para enarbolar los colores de Castilla.

La magna transformación llegó hasta el albergue en donde vegetaba Juan Pablo Duarte. ¡La patria estaba en peligro, la patria zozobraba, y voló a su socorro!

Su repentina aparición en el Cibao, causó profunda sorpresa, pero no entusiasmo, y tal vez deseando alejarle, se le envió en comisión al extranjero.

Años más tarde murió su enemigo Santana, desprestigiado, escuchando en su agonía el estampido del cañón y el rumor de la batalla. ¡El edificio que había levantado sobre frágiles cimientos se desmoronaba!

Santo Domingo volvió a emanciparse por la incontrastable voluntad de sus hijos; se renovaron las luchas civiles y los enconos de partido, y en aquel tempestuoso oleaje, no hubo quien recordara a Duarte. ¡Había caído en el insondable abismo de la indiferencia popular!

El, en tanto, moría en Venezuela balbuceando: ´¡Viva la patria!´”

A seguidas, el perfil de Sánchez. “¡Cuán azarosa ha sido siempre la vida de los redentores de la humanidad! ¡Las sublimidades de la tierra son por lo general mal comprendidas, porque cuando del gran templo de las ideas se desprende una proyectando vasto foco de luz, ésta ofusca y llega a herir a los átomos que giran en espacios menos luminosos y más reducidos! ¡En todas las evoluciones sociales se destacan algunos seres que, sobreponiéndose a la generalidad, dominan, luchan en pro de grandiosas reivindicaciones y en su heroísmo van hasta el sacrificio, hasta el martirio, hasta el Gólgota!

Francisco del Rosario Sánchez era incansable propagandista en favor de los derechos y libertades patrias: los dominicanos carecían de unos y de otras; vegetaban bajo el dominio de Boyer, y Sánchez idolatraba el suelo en donde se meció su cuna, en donde jugueteaba niño, en donde había aprendido desde el regazo de su madre a odiar a la tiranía.

Después de la insurrección del 24 de marzo, y como era de los más intrépidos y osados revolucionarios, Herard le persiguió sin tregua y le hizo blanco de su furor; varios de sus compañeros lograron embarcarse, huyendo del encono del tirano; pero postrado por grave dolencia quedó Sánchez oculto y permaneció largo tiempo al borde del sepulcro.

Tan providencial circunstancia le salvó; por todas partes corría la noticia de su muerte y de haber sido enterrado en la ermita del Carmen: sus amigos lamentaban tan cruel pérdida, ínterin los enemigos celebraban tan fausto suceso.

Sánchez, tranquilo y sin temor, ocupábase activamente en fraguar la revolución, y comprendiendo había llegado el momento favorable, dio el grito de independencia con los esforzados patriotas que le secundaban, lanzándose a la Puerta del Conde el día 27 de Febrero de 1844, consiguiendo que, al día siguiente, el comandante de Santo Domingo, general de brigada Desgrotte, se sometiera a una capitulación y entregase la plaza el 29 de Febrero de 1844.

¡El país era independiente!

La Junta Gubernativa se ocupó de que los pueblos se identificaran con el alzamiento de la capital, y Sánchez, entusiasta por D. Juan Pablo Duarte y creyéndole indispensable para la obra redentora de la cual había sido el primer apóstol, envió un buque a Curazao en busca del proscripto.

El patriotismo, actividad y noble empeño de Sánchez, se hicieron notables en la jefatura del departamento del Ozama, y más tarde en la presidencia de la Junta Central, cayendo con ella en el golpe de Estado del 12 de Julio.

Tomó parte en la nueva Junta de Gobierno presidida por el general Pedro Santana, pero fiel a Duarte y perseguido éste por los odios políticos, participó aquélla de la persecución.

¡Un día fue reducido a prisión, y aquel pueblo a quien había hecho libre e independiente, aquellos hombres que eran ciudadanos por su iniciativa pidieron a gritos su cabeza, premio reservado a la abnegación y al sacrificio!

El mar se presentaba tempestuoso e imponente; en su profundo seno bramaban las olas y se levantaban con sin igual furor, estrellándose contra velera nave que era juguete del poderoso elemento. Montañas de agua amenazan hundirla en el abismo y dar inmensa e ignorada tumba a Sánchez, desterrado de su patria y abandonado a merced del mar y del viento.

Las playas de Irlanda fueron hospitalario puerto para el náufrago y desde allí, animoso e intrépido, volvió a emprender la peregrinación hasta Curazao: ¡allí estaba cerca del país de su nacimiento y parecíale no se encontraba tan lejano y solitario!

¡Cuatro años se alimentó con el pan del destierro! ¡Cuatro años vivió aislado, sombrío y entregado a la desesperación!

El Gobierno de Jiménez, sucesor de Santana, dio en 1848 un decreto de amnistía general, y entonces volvió a pisar el suelo dominicano; la emulación y la calumnia acogieron al infeliz desterrado. Rechazados sus servicios en el ejército, se consagró a su carrera de abogado hasta 1855, que, complicado en una conspiración política, volvió a tomar el camino del destierro.

Los trastornos y luchas de partido elevaron poco después a la Presidencia a D. Buenaventura Báez, y Sánchez fue nombrado comandante de armas de la ciudad de Santo Domingo. Coincidencia extraña; el capricho de la fortuna puso preso a Santana y sometido a la autoridad de Sánchez.

¡Su encarnizado enemigo indefenso en sus manos! Sin embargo; ¡el alma grande del digno patriota no podía abrigar el ruin sentimiento de la venganza, y su generosidad le devolvió bien por mal!

Después de la revolución de 1857 que combatió Sánchez, al lado del general Cabral, se encerró de nuevo en su despacho de abogado; pero el infortunio no se había cansado de perseguirle, y calumniado se le deportó a San Thomas.

Toca a su término este rápido boceto; anexionado Santo Domingo a España, intentó el patriota infatigable devolver a su patria la perdida libertad.

Dirigióse al Cibao y en «El Cercado» enarboló la bandera republicana; ¡el temor acobardaba a los que podían apoyarle! ¡la traición le perseguía, y los traidores estaban a su lado! Sus esfuerzos eran supremos, tratando en vano de reanimar el abatido espíritu nacional.

Pensó en expatriarse; nada podía hacer contra los enemigos, ni contra los traidores; de ellos era el triunfo; pero su contraria suerte le hizo caer en una emboscada, y herido y prisionero le condujeron a San Juan, y el Consejo de Guerra condenó a muerte al valeroso caudillo. El 4 de Julio de 1861, fue pasado por las armas con veinte de sus adictos y esforzados compañeros.

Corrieron cuatro años: el pueblo dominicano recobró sus derechos y prerrogativas de nación libre, y los restos del infeliz patricio fueron solemnemente transportados de San Juan a la capital.

¡Los fratricidas hicieron del más resuelto de los dominicanos un mártir; la gratitud nacional y su civismo inmaculado han hecho un héroe! ¡Las obras del heroísmo y del valor son eternas!”

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