20180127 https://www.diariolibre.com

Se enrosca aquel país europeo en el Círculo Polar Ártico y después desciende al sur como lengua regordeta de tierra alargada, con un lado oceánico atiborrado de paisajes espectaculares llamados fiordos: “golfos estrechos y profundos, entre montañas de laderas abruptas, formado por los glaciares durante el período cuaternario”.

Habitan allí los noruegos, de estirpe legendaria, de piel tan blanca como la nieve que les llega en sus inviernos de noches eternas. En su haber histórico, ferocidad guerrera y proezas marineras cuando vikingos que, a decir de algunos, hollaron el Nuevo Mundo antes que Cristóbal Colón. En una sola invectiva del presidente Donald Trump quedó definido el claro deseo de que las estadísticas crecientes de los inmigrantes que tocan a las puertas de la tierra del hombre bravo y libre correspondan a una raza determinada.

Cada día es otra oportunidad para aprender. Cambian los nombres mas no las características que definen aquellas regiones que, como la nuestra, marchan a la zaga en la prosperidad material de sus habitantes. Subdesarrolladas, en vías de desarrollo, no industrializadas, menos avanzadas, emergentes, de renta baja... Con un doctorado en muchísimas cosas, el presidente norteamericano ha enriquecido la literatura sobre el desarrollo con un aporte conceptual de dimensiones sospechosas: shithole countries, países de mierda, letrinas, agujeros de excrementos, pozos de inmundicias, hoyos de detritos, depósitos de defecación, y, una más diplomática y menos ofensiva traducción, retretes. Apropiadamente, pues, a reemplazar América Latina por América Letrina. Sin más ni mayores pruebas, graduación exprés en el uso del lenguaje más vulgar. Atribuyan la última expresión al senador Dick Durbin, de Illinois, el mismo que desaconsejó maltratar al exembajador James W. Brewster a cuenta de su preferencia sexual. Finalmente entiendo la autoproclamación como genio del señor Trump.

En contraposición a los ciudadanos provenientes de los almacenes de caca (boñiga añadida), en esta recomposición de la movilidad humana —fenómeno más viejo que el Viejo Continente—, emergen los noruegos como paradigma de inmigración deseada, ingredientes indispensables para aligerar el color de lo que se echa a y sale del melting pot. El sueño americano convertido en uniformidad racial.

Solo que los noruegos ya no emigran. ¿Para qué, si Noruega supera a los Estados Unidos en ingresos por cabeza, ocupa el primer lugar en el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas y su matrimonio de socialismo y capitalismo ha parido una de las sociedades más igualitarias del mundo, amén de rica? No todo allí es blanco, sin embargo. Parte de esa riqueza se debe a la abundancia de petróleo en sus aguas, y esa materia sigue siendo negra sin que a nadie moleste.

Antes sí que huían en masa de la miseria, hasta principios del siglo XX. Al igual que los dominicanos, haitianos, cubanos, salvadoreños, irlandeses y escoceses, como la línea materna de Trump. Millones de esos descendientes nórdicos, casi tantos como los noruegos de hoy en tierra natal, viven en los Estados Unidos y Canadá.

Pese a su epidermis reacia al sol y el amarillo del oro coronando la cabeza, sufrieron el látigo de la discriminación en las tierras anfitrionas. En su calendario de pobreza, también los hoy igualmente avanzados suecos soportaron los prejuicios y taras con que se carga al inmigrante. Como ejemplo, me llega sin permiso a la mente aquella peli genial de hace 30 años, Pelle el conquistador, con el mismo actor, Max von Sydow, que hoy reemplaza al desgraciado Kevin Spacey de House of Cards.

Algunos sueltos mentales, esos que se escapan sin preaviso del subconsciente, califican como deyección. Empero, se cuelan unos atisbos de verdad en el desvarío que supone el relato sobre cuál debería ser la inmigración ideal, aquella afincada en méritos y en el prospecto de aportes, de valor añadido al anfitrión. La ignorancia no genera riquezas, tampoco aporta sensatez a políticos y gobernantes por más poderosas que sean las naciones que representan.

También en los países letrinas hay recursos humanos de riqueza invaluable, como, por ejemplo, revela una rápida revisión de los apellidos de los genios ocultos del Silicon Valley, del personal médico de los grandes hospitales, de las figuras literarias de renombre en la única lengua en que puede tuitear Trump, en las juntas de directores de compañías más ricas que las del inquilino temporal de la Casa Blanca. Otro botón en la muestra son las beldades de Miss Universo, junto a las cuales posaba orondo el otrora dueño de la franquicia.

Durante una audiencia en el Senado norteamericano esta semana, la secretaria de Seguridad Nacional desconocía que la población noruega fuese blanca. O pretendía en opinión del senador Corey Booker, porque su nombre y apellido, Kristjen Nielsen, no dejan espacio en blanco si la pregunta versara sobre el origen escandinavo de su ascendencia, sin duda danés. Deficiencia educativa, por supuesto no. Más bien olvido acomodaticio para evitar la asociación entre el color de la piel y la preferencia presidencial por la emigración del país nórdico, a cuyos habitantes justamente reconoce industria modélica.

¿Acaso no son la industria y la resiliencia características inequívocas del emigrante de los países merdosos, como han probado una y otra vez, por ejemplo, los haitianos en la Florida y los miles de mexicanos a lo largo y ancho de los Estados Unidos? La inmigración de blancos, jabados y negros sigue casi siempre la misma ruta de convicción en el futuro diferente, en la posibilidad cierta de generar ingresos con qué mejorar la suerte suya y de los suyos que dejó atrás, en la necesidad del trabajo duro y acomodo a las nuevas reglas.

Los chinos hipotecan el presente con tal de asegurar el porvenir de la familia, y pagan fortunas para llegar a la tierra prometida. Los dominicanos dejaron la vida en los sweat shops, y cercano tengo el ejemplo de jornadas de varios días seguidos en los muelles helados de Nueva York, con tal de asegurar una buena paga extra para cubrir la educación de los hijos.

Santo Domingo fue primero que todas las ciudades norteamericanas. El archipiélago escocés donde nació la madre de Trump era un páramo cultural cuando en El Salvador de hoy ya existía una de las civilizaciones más avanzadas. Probablemente en un estadio superior a los noruegos-vikingos con la proa hacia el este, en dirección primero a Islandia, luego a Groenlandia y el norte de las Américas. La esposa de Trump, Melania, emigró hace 20 años a los Estados Unidos desde una zona europea marcadamente atrasada en relación con la Noruega ideal, en común tan solo la ubicación continental y el color de la piel.

La peor pobreza guarda distancia de la material, remediable con un poco de suerte, buena disposición, oportunidades a tiempo, gobiernos comprometidos, libertad y educación. La de espíritu sofoca: valladar insalvable ya que se basta a sí misma en el esfuerzo para ahogar cuanto de humano llevamos dentro.

Gunnar Myrdal, escandinavo y uno de los economistas pioneros en los estudios sobre las causas del atraso material y también del racismo en los Estados Unidos, decía que las correlaciones no son explicaciones y pueden ser tan espurias como el intento de relacionar en Finlandia el número de zorros muertos con los divorcios.

E igual ocurre con la pretensión extendida de la superioridad racial y todos los sueños de ingeniería social al estilo de Stalin y Hitler. Al margen del color de la piel y de la procedencia nacional, se necesita de poco genio para convencerse de qué tan grave resulta el subdesarrollo mental en un país desarrollado.

adecarod@aol.com

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