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En el camino de la destrucción voluntaria

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En el camino de la destrucción voluntaria

Andaba bien encaminado Platón al prescribir el gobierno de los filósofos como necesidad insoslayable para un mundo ideal, con habitantes poseedores del equilibrio preciso entre la razón, apetito y ánimo. En la armonía de estos tres elementos consubstanciales al alma y de donde deriva la ética, residen el bienestar y la salud mental.

En la propuesta platónica, la razón controla, genera las ideas y a su vez es reforzada por el ánimo. Utopía, ciertamente, que revela la complejidad de la naturaleza humana y la dificultad que conlleva el orden en las sociedades. Como nunca gobernarán los filósofos, especie en peligro de extinción por el olvido de las humanidades en el siglo de la tecnología y la informática, la imperfección rige y regirá en el universo de los bípedos.

No se jugaba béisbol en los tiempos del gran filósofo griego y a los atletas de la época bastaba la corona olímpica de laurel para compensar el esfuerzo del músculo. El desequilibrio entre la razón y el apetito, tan evidente en el deporte más popular en nuestro país, conduce a la ineludible conclusión de que el espíritu destructivo es intrínseco al ser humano. Subvierten el ánimo y debilitan el alma las noticias comprobadas de que los dominicanos en la pelota organizada de los Estados Unidos ocupan lugares precedentes en las estadísticas funestas de los consumidores de sustancias prohibidas. Las penas son severísimas porque la dureza debe igualar la falta, y no puede ser de otra manera si se quiere salvar los principios básicos de la buena lid que rigen toda competencia deportiva. Como disuasivo, empero, el castigo ha fracasado.

Caso relevante el del relevista dominicano Jenry Mejía, primer pelotero en toda la historia suspendido de por vida luego de comprobarse por tercera vez que había consumido substancias prohibidas. Vaya honor: presidir el listado de la ignominia mayúscula, encabezar la alineación de mañosos que nunca más ejercitarán profesionalmente la disciplina que los hizo ricos, famosos. En el 2005, la regla fue establecida con claridad absoluta, sin espacio para interpretaciones antojadizas o posibilidad de escape. A las tres es la vencida, no más oportunidad. Así fue, y hoy Jenry Mejía es historia deshonrosa, ejemplo fatídico del desequilibrio entre la razón y el apetito.

Apenas 26 años y ya había sido suspendido una primera vez por 80 juegos al descubrirse restos de estanozolol en la sangre. Un segundo engaño y pena duplicada: 182 partidos. Y el final, fuera por siempre. Estúpido el joven, porque utilizó los mismos esteroides una y otra vez.

Nuestros atletas ocupan espacios precedentes en las casillas de la excelencia en los circuitos grandes y menores. También en el apartado del escarnio, donde ya estuvo otro lanzador, Bartolo Colón. Inmediatamente antes le había precedido en el escándalo y la vergüenza Melky Cabrera, castigado con la misma pena de 50 partidos sin participar. Al parecer, les faltaba hombría de bien y creyeron suplirla con unas dosis de testosterona. Machismo de pacotilla y traición al deporte que ha echado raíces profundas en los surcos de nuestra cultura, y por añadidura a los compañeros de equipo y fanáticos Ambos caminan en la muy mala compañía de nombres criollos irrespetables: Manny Ramírez, Guillermo Mota, José Guillén y Neifi Pérez, entre otros que engrosan la contabilidad del béisbol vergonzoso.

En estas mismas páginas leía semanas atrás un bien documentado reportaje de Nathanael Pérez Neró, el cual recoge la tragedia dominicana precisamente cuando se cumplen 60 años de nuestra presencia en el “big show”. En los diez años de aplicación de las reglas del dopaje, el 5,6% del total de peloteros dominicanos ha sido sancionado “por el uso de substancias para mejorar el rendimiento o estimulantes, tres de ellos en dos ocasiones”. De primera intención, el porcentaje podría lucir insignificante. No si se sigue la perfecta línea de análisis del periodista deportivo. De cada 100 peloteros en Grandes Ligas, 10 son dominicanos y 70, norteamericanos. Sin embargo, ambas nacionalidades cuentan con el mismo número de sancionados. Fue un dominicano, además, Agustín Montero, otro relevista, quien abrió las puertas a la ignominia. Si se coloca en el apartado deshonroso de dominicanos a Alex Rodríguez, Pérez Neró calcula que nuestros atletas en las Grandes Ligas han dejado de recibir casi 40 millones de dólares a causa de las suspensiones, es decir, 1800 millones de pesos dominicanos, una verdadera fortuna.

Para disminuir el inri se argumenta la presión que sufren estas mega estrellas para producir sin descanso, sin bajas, sin lesiones y siempre a tono con las expectativas de quienes pagan sus salarios millonarios y los fanáticos que los idolatran. Cualquier ensayo de justificación está de antemano condenado al fracaso. Las reglas son muy claras y las advertencias, sobran. Más que eso, la descripción en inglés para esas substancias apunta hacia la raíz medular del problema: enhanced-perfomance, algo así como rendimiento mejorado, reforzado, maximizado. Luego, el uso de esteroides se contrapone a la regla de oro que condiciona todo deporte y el espíritu de competencia anejo: igualdad de condiciones. El engaño se lleva de encuentro el concepto de juego limpio, el fair play como lo llaman los ingleses, y lo que de meritorio tiene superar al rival gracias a las habilidades desarrolladas en base al talento natural y al esfuerzo llevado al límite de la resistencia física, no potencializadas con drogas o elementos químicos.

Cada año, decenas de dominicanos militan en el béisbol organizado de Estados Unidos, llenándose de gloria y de fortuna. Suman ya varios centenares los hombres nuestros que han aspirado a la excelsitud con el bate al hombro, lanzamientos de bolas imposibles o atrapadas espectaculares en los jardines o en el cuadro interior barridos por la brisa primaveral u otoñal, bajo el sol del estío inclemente o las luces artificiales que se estrellan en los uniformes relucientes. Las hazañas de los criollos son material de conversación en los cenáculos sociales, programas y espacios deportivos a lo largo y ancho de la extensa geografía norteamericana. La tierra de los buenos peloteros reemplaza a menudo el nombre de República Dominicana y resuena la pregunta por qué sobresalimos particularmente en el béisbol.

De diplomático en los Estados Unidos, comprobé una y otra vez que la mejor introducción es el pasatiempo nacional. En una ocasión en Seattle en la sede de la Fundación Gates, por ejemplo, la recepción estuvo saturada de referencias a Robinson Canó y las expectativas creadas por su reciente incorporación a los Marineros, a punto de naufragar en las temporadas previas. Nunca faltó alguien que me pidiera la fórmula petromacorisana para producir figuras estelares en capacidad permanente para establecer récords y quebrar barreras.

Que la deshonestidad sea un vicio de alto predominio en los peloteros dominicanos llena de espanto. Al uso de substancias prohibidas se suman las alteraciones de actas de nacimiento para ocultar la verdadera edad y la adopción de identidades falsas. Podría ser revelador de un vacío en el alma nacional que se revela en la aceptación extendida del dictum maquiavélico de que el fin justifica los medios, de que en la persecución de la gloria no hay fronteras válidas. Conducta torpe que acarrea el baldón para un deporte en cuya práctica en los escenarios de mayores requisitos ha quedado sobradamente demostrado cuán talentosos somos. Sin necesidad de imposturas.

La teoría marxista de la naturaleza humana difiere de Platón en la insistencia en las condiciones materiales como determinante. Una y otra, no obstante, coinciden en que el hombre es eminentemente social y en la importancia del grupo o la clase. En la variante aristotélica, sin sociedad no seríamos humanos. Ergo, se impone reflexionar sobre nosotros en tanto colectivo para dirimir esa tendencia destructora tan acentuada en nuestros peloteros.

No voy a decir cosas propias de un análisis profundo del tema, objetivo que escapa a las posibilidades menguadas de este humilde operario del majestuoso idioma español y del pensamiento. Apuntaré un argumento simple que me remite a mis años tempranos, porque, a mi entender, es ahí donde se templa el carácter, donde se genera la tesitura que abre espacio a Platón. Rastros primigenios se encuentran en el aula dominicana, donde copiar, sacar “chivos” o chuletas no conlleva el mismo repudio que en otras latitudes. La deshonestidad académica es tolerada y practicada con asiduidad en el sistema educativo dominicano, sobre todo en el público, al que acuden nuestros peloteros. Donde estudié la secundaria, engañar en los exámenes se castigaba con la expulsión. En Alemania, el plagio ha forzado la renuncia de ministros. Si en esos primeros niveles de escolaridad no se aprende a competir en base al esfuerzo propio, lo que sigue es la imprudencia, la derrota de la razón en la batalla por la vida y por supuesto en el estadio de pelota. Cojeamos demasiado temprano, y la impunidad aneja y el aparcamiento de las inconductas se convierten en el espejismo que nubla la razón. Engañar es fácil en el subdesarrollo, no tanto allí donde la ciencia ha reemplazado el prejuicio y la sospecha como método probatorio.

De amor platónico, la escasez me acompaña igual que la razón en esos peloteros dominicanos. Pero en el montículo, en el plato y en cualquier posición incluida la filosófica, la armonía a que hacía referencia Platón en sus diálogos ilustradores carece de fecha de caducidad.

(adecarod@aol.com)

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