En el umbral de la incertidumbre

$!En el umbral de la incertidumbre

Como nevadas interminables, granizadas violentas o huracanes tropicales —tiempos todos de adversidad—, se abaten sobre el alma esas notas que, encapsuladas con destreza periodística bajo el título de Ellas se llamaban, publica este diario cada seis meses. Sumatoria de feminicidios que deja al desnudo un mal entronizado en esta y otras sociedades, en las que la violencia contra la mujer ha adquirido ya categoría de epidemia.

Vidas apagadas a destiempo, algunas apenas egresadas de la pubertad; y otras, sin trasponer aún esa línea divisoria con cargo a la biología que marca el tránsito de la adolescencia a la juventud. Las circunstancias difieren, pero antes y después de que baje el telón en la tragedia aparece siempre el protagonista. No es otro sino el amante despechado, el marido burlado o rechazado, el pretendiente frustrado. Cambia el disfraz mas no la razón verdadera: el feminicida se cree siempre amo y señor de la mujer a la que, en el último ejercicio de un patriarcado asumido como inacabable, la despoja de lo más preciado, de la existencia misma. De no ser yo, nadie. Antes muerta que de otro. Ese convencimiento tóxico deriva a veces en el suicidio del victimario o un rastro sangriento del que no escapan hijos, familiares y a cuantos la cercanía los sitúe en el episodio de vesania.

La autora, Margarita Cordero, advierte sobre las dificultades para compilar datos válidos y, por tanto, estadísticas acabadas. Puede que algunos casos sean remitidos al encasillado de la violencia común por autoridades desaprensivas a las que poco importa la naturaleza real del crimen que reportan. Otros caerán en un intríngulis indescifrable, sin que a nadie interese resolverlo. Triste y cierto, los feminicidios corresponden en su gran mayoría a esa legión de ciudadanos sin nombre y apellido que habitan los tantos barrios urbanos de sordidez a la vista, los tantos parajes ignorados: la marginalidad que el mucho crecimiento económico no ha logrado doblegar.

El fin último de este diario —que celebro pese a la congoja—, es impedir que se diluyan en el tiempo las consecuencias y causas. Y librar del olvido fácil a esas víctimas, que lo son también de una sociedad culpable por traición doble. Porque ha reaccionado muy tarde ante un flagelo con fecha muy atrás en el calendario. Porque aún no termina de ir a la raíz misma del problema y crear las condiciones que dificulten la asiduidad de los feminicidios. Aunque las habas de la violencia contra la mujer se cuecen hasta en los fogones más refinados, es en la pobreza donde mayormente se consumen. Basta con leer cualquiera de las entregas de Ellas se llamaban y lo aprehenderemos de inmediato. El registro geográfico revela un ángulo social del drama. Y los números, la ineficiencia pública ante situaciones que reclaman acciones y políticas que sobrepasen lo episódico.

La cortedad del relato que acompaña el nombre de cada víctima impide percatarse de la desventura en su totalidad, mas, sin embargo, no merma la eficacia del relato periodístico. Rescatadas quedan las señas humanas de esas pobres mujeres heridas de muerte por la vileza de un hombre y la sociedad que generó el caldo de cultivo. Sabemos que existieron, que fueron madres, hermanas, primas o amigas, dominicanas que amaron y fueron amadas, respiraron el mismo aire que nosotros, compartieron una rutina y soportaron las exigencias del quehacer cotidiano. Fueron parte de un colectivo en el que no encontraron la protección debida; pero, ahí están, registradas, identificadas. Si ignoradas en su individualidad, no podrán serlo en el proceso, indudablemente largo, de lucha sin cuartel contra la violencia de género. Ellas se llamaban es parte indispensable de la concienciación en desarrollo que a trompicones gana terreno en nuestro país y en otras partes del globo. El feminicidio es el extremo, la consecuencia final de un aprendizaje social que es necesario modificar de arriba hasta abajo. Las soluciones son múltiples y, desafortunadamente, requerirán de tiempo. Algunas radicales, como cero contemplación en la aplicación de leyes obligatoriamente cada vez más severas contra la discriminación y la violencia contra la mujer. Otras más sutiles pero que en la práctica despejan dudas sobre la igualdad de género y atienden también a las diferencia naturales que trae aparejado el sexo.

De lo sombrío a territorio más afable cuando me entero por este diario que la empresa que lo edita ha abierto una sala de lactancia en sus instalaciones. Igual han hecho los grupos empresariales Ramos, uno de los mayores empleadores del país, y Mejía Alcalá, continuación del ejemplo de la Primera Dama, Cándida Montilla de Medina, en el Centro de Atención Integral para la Discapacidad, en Santiago. En el mismo apartado se sitúa la Dirección General de Programas Especiales de la Presidencia, pionero de este movimiento positivo en el sector público cuando acondicionó un espacio para las lactantes en el edificio principal de oficinas gubernamentales.

Habrá quienes tilden como nimiedades estas acciones. No lo son. Entrañan un reconocimiento del derecho de la mujer al trabajo que la maternidad no extingue. Simultáneamente, adelanta como una necesidad ese lazo especial entre madre e hijo en esos meses que preceden al nacimiento y, de paso, asienta el valor de la lactancia en su doble dimensión, de salud y afectiva. No olvido que en mis años de estudiante, aquella campaña de breastfeeding is best (amamantar es mejor) recondujo mis ideas por caminos necesarios. Había huellas de feminismo detrás, y qué bueno, pero también un mensaje de alerta sobre la voracidad de las multinacionales y los males acarreados por el biberón y las fórmulas infantiles en regiones del mundo subdesarrollado con baja observación de reglas elementales de higiene.

Dolor, inevitable, más que pesimismo, acarrea Ellas se llamaban. Suma números trágicos, ciertamente, pero también fuerzas a ese movimiento imparable de posicionar a la mujer en el lugar que le corresponde en la sociedad y corregir los tantos obstáculos que dificultan ese tránsito. Casualidad ninguna que una mujer de temple como Ana Botín, cabeza del pujante Santander con inversiones financieras repartidas por el mundo, se declarara feminista en una entrevista reciente. Lo hacía desde la cumbre del éxito, lugar ideal para entender cuánto más lejos está el paraíso profesional cuando en la concepción se imponen dos copias del cromosoma X.

En el África a la que se reputa atrasada, Ruanda muestra índices envidiables de igualdad de género y de políticas contra la discriminación por sexo. Lo dice su presidente, el espigado Paul Kagame, en un evento especial reciente de la Unión Europea. En el mismo escenario, la reina Letizia, de España, habla de su experiencia con mujeres emprendedoras en Cité Soleil, en la marginalidad del haitiano Puerto Príncipe. La precedió su par belga, Matilde, con un vibrante discurso, sin desperdicios, que cierra filas en el ejército de militantes contra la violencia de género y reclame medidas indispensables para que ellas se llamen en presente.

Habito un mundo profesional en que el tema de género es el tema. No se escatiman recursos para diseminar el buen mensaje urbi et orbe y superar prejuicios atávicos. El año pasado, la Unión Europea comprometió 500 millones de euros para el programa Spotlight, de las Naciones Unidas. Ante el déficit extendido de conciencia, que incluso toca países en la cúspide del desarrollo como Noruega, confesión que escucho de su primera ministra Erna Solberg, no caben vacilaciones ni dilaciones. Si queremos un futuro, Ellas se llamaban nunca deberá conjugarse en pasado.

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