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Encuentro en la Puerta de San Diego

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Encuentro en la Puerta de San Diego

Vámonos Ramón, antes de que venga Otilio, el chupasangre prestamista a cobrarme y me quite los cheles estos.

-Carajo Néstor, qué día que ‘tuvo duro con el barco noruego ese. Menos mal que nos pagaron temprano la estiba, contestaba Ramón, al ver al delgado y fibroso peón de carga, nariz larga, tez algo oscura y más bien alto, mientras se echaba encima su camisa a cuadros aún con el harapo de saco puesto como mandil alrededor de cintura y piernas.

Ya se había preparado hasta con baño de lata de agua que le había echado el compañero y, camisa y pantalones en ristre se aseguró, mientras de prisa se los ponía, que el pago de la semana aún estaba en el bolsillo delantero derecho que había mandado a alargar -más profundo Nela-, a su mujer para evitar que se salieran o se lo sacaran.

-Estoy listo, arranquemos, ordenó Ramón dando un largo paso adelante con una agilidad que desafiaba su contextura algo obesa y tamaño no muy agraciado. Azuano, de los de tela blanca, es decir de los sureños de tez muy clara de la región, y criado en Barahona, Remigio Encarnación, conocido mejor por Ramón, llevaba el liderazgo entre los campeones de velocidad en número de sacos estibados. Al principio, cuando llegara cuatro años atrás a la capital, Néstor ganó algún dinero apostando a favor de su amigo Ramón, antes de que se dieran cuenta los demás muelleros que estaban apostando en contra del “Ciclón Barahonero” una vieja ficha de aquel puerto contra la que nadie se atrevía a apostar. Ramón no gustaba discutir. Si había que pelear, pelea era, sin muchas palabras. En una ocasión en que vinieron en un barco muelleros de San Pedro, de los llamados caradura, famosos por su anormal corpulencia y musculatura y además porque se valían de todas las artimañas para entrar en pleitos, tales como tatuajes escandalosos, pelarse a lo mohicano, o con rapes sesgados con cabellos y pintura, para entrarle a trompadas a los que osaren mirarlos, Ramón no vaciló en liarse con tres de ellos, quedando los caraduras provocadores con la peor parte de la pelea. No tenía el estibador tal corpulencia, pero era muy fuerte y aún más rápido. Sí, Ramón peleaba y comía mucho, pero sobre todo bebía.

–Y a beber nos vamos, no llego a casa hasta mañana, sentenció.

–Pues ya sabes que mi mujer no está aquí, así que somos dos, secundó Néstor.

–Pero vámonos lejos de aquí, para encontrarnos con caras nuevas y no con ingleses (acreedores, prestamistas).

–Sí, pero, ¿por dónde? Pregunta Néstor.

–¿Te acuerdas del lugar que nos dijo el viejo Milo, camino a Haina, cerca del Doce?

–Ah, sí, un sitio llamado “Bar Bigote”. –Bueno, vámonos allá, pues.

La bebe y tragantina comenzó poco después del mediodía, una vez que llegaran al popular Bar, en ese tiempo en los confines externos de la capital. Las botellas se fueron apilando en la mesita y sólo las guarachas apartaban de los vasos a los protagonistas portuarios, que eran atendidos, coqueteados, bailados y sopeteados por más de cinco damiselas a las que de entrada regalaron ¡veinte pesos! –repártanse esa papeleta (En el año 1952, el valor adquisitivo al 2015, de esos $20 serían unos RD$3,500). Ramón y Néstor no eran muy buenos con las cuentas y entre regalos, propinas y comida, ya antes de las diez estaba escaseando la “gasolina” que hizo posible el fiestón.

–Néstor, se me acaba el melindre* y aquí no fían. Vamos a coger una carrera al muelle que si tenemos suerte podemos localizar a Josefo, que me prometió compartir conmigo la tarjeta (de turno y autorización para estibar carga) pa’ que sigamo’ la romería.

–Bueno. Pero si consigues suficiente volvemos aquí ¿’tá bien?

–¡Claro! aquí está lo que queremos.

Regresaron pues, los amigos a la ahora triste y desolada zona del muelle con el prendi* en sus buenas, pero malas se les hizo al no encontrar por parte alguna, ni en su casa, ni en los colmados, ni en la barra, al nombrado Josefo.

–Bueno compadre Néstor, no aparece el hombre, y hay que seguir bebiendo.

–¿Cuánto tienes ahí? Ramón saca del bolsillo el menudo que le restaba y juntándolo, cuenta,

–Pues apenas para dos Jacas*

–Nos lo’ tiramos entonces.

Cerca de la una, y ya acariciando el lavagallos* el fondo de las botellas, se sientan los inseparables, en la muralla, a unos 40 metros al sur de la Puerta de San Diego, a tomar un respiro. De repente, Ramón se queda como una piedra, con los ojos grandes y fijos. Néstor nota el cambio. –Qué te pasa Ramón le dice en broma. –Ramón... ¡Remigio! lo llama entonces por su verdadero nombre de pila. Pero Ramón no responde y luego de unos segundos interminables grita –Mira quién está ahí enfrente de nosotros. –¿Quién? Yo no veo a nadie. – ¿Cómo que no la ves? Es una señora muy elegante y está diciendo que es María de Toledo ¡mírala!

–Los tragos ya te dañaron la cabeza, el jumo te está haciendo ver disparates. -¡No! ¿No la escuchas? Está diciendo que detrás de ella, en esta misma parte de la pared, está guardado su tesoro, que es mío, que me lo da, que lo tome.

–Ramón no jodas con pendejadas así, empieza a inquietarse Néstor.

–¿Pero tú no la ves? Se despide... mira, ya se fue. Se fue como si se hubiera apagado un bombillo.

Acobardado y con la resaca sacudida por el susto, el compañero insiste

–Ciclón Barahonero, ¿tú estás seguro que no fue un sueño?

–Por mi santísima madre que no! Déjame buscar... aquí... sí, con este carbón voy a marcar el sitio que me dijo el fantasma, la señora, la María de Toledo, estaba el tesoro, los cuartos.

–Bueno, pero ahora vámonos de aquí que me ha entrado como un escalofrío.

–Despeguemos, Ramón.

Entre traspiés y miradas de los escasos insomnes los encendidos estibadores portuarios se dirigen a cruzar el puente a pie, hacia Pajarito*, su barrio.

Nuevo día, nuevo sol y las cosas se ven diferentes a las siete de esa mañana para los dos amigos, que ya despiertos, levantados, y casi vecinos se encuentran en la calle Real.

–Qué, Ramón, ¿todavía crees que es verdad lo que te pasó anoche?

–Con jumo y sin jumo, como que te estoy viendo a ti, Néstor.

–Pero mira, responde el amigo, si e’ verdá y hay algo ahí, no podemos buscar nada ni hacer hoyos sin tener problemas.

–Sí, bueno, pero... ¿te acuerdas que una vez acompañamos a la mujercita esa que antes tenía, a trabajar a la casa de Nieve Luisa?

–¿A Esthervina? Sí, yo fui contigo.

–Pues, ya sabemos dónde vive la hermana del Jefe. Ella tiene la fuerza para buscar ese tesoro.

–Ajá, pero, ¿y nosotros Ramón? No nos van a dar na’.

–Pero, ¿cómo que no? De calle que nos van a dar un buen dinero.

–Bueno, pues vamo’ pa’ allá.

Dos días habían dejado de trabajar en el puerto, montando guardia al frente de la casa de la desconfiada Nieves Luisa Trujillo, a la que no habían podido ver. En varias oportunidades, al salir ella en el automóvil le decían que querían hablarle, y... nada, seguía el coche de largo. Pero ese mediodía al salir, Ramón le gritó –iEspere... es un tesoro! El vehículo, que salía de la residencia a toda prisa se detuvo abruptamente a escasos diez metros delante de ellos. Bajó el vidrio la hermana del dictador Trujillo, y preguntó ¿cómo dicen? ...

0000000OOOOO0000000

De pie, como a unos 30 metros de distancia, observaban desde el lado de afuera del cerco de soldados fusil en mano, cómo unos obreros ahuecaban el segmento de pared donde Ramón y Néstor habían señalado estaba la marca. La muralla cuan gruesa, permanecía inmóvil ante las agudas preguntas que los picos le hacían con ritmo algo acelerado hasta que finalmente respondió... con un sonido diferente... metálico, algo sordo. Se acercaron varias personas: un oficial de alto rango, dos personas en ropas de paisano, bajo la escrutadora mirada de Nieves Luisa Trujillo, ordenando a los obreros, unos a agrandar el hueco y otros a retirar los escombros. Como si estuviera resguardado en una capilla natural, se fue revelando un enorme cofre y objetos metálicos imprecisos encima y alrededor.

–Ves, Néstor, en hablar casi frenético –¿ahora crees lo que vi?

–Siempre lo creí, responde tembloroso, nervioso. –Vamos a tratar de acercarnos más.

–Néstor, pero... es mucho, muchísimo lo que hay ahí. Nieves Luisa se voltea y tras alcanzarlos con la vista brevemente habla al oficial, que entonces camina, atraviesa el cerco militar, y se dirige a ellos sin preámbulos.

–Esto que vamos a sacar es un asunto de seguridad. Vamos a llevarlo al Museo, pero nadie debe verlo por ahora. La Señora, refiriéndose a Nieves Luisa, -les agradece y envía estos sobres como gratificación. Ahora, váyanse. El guapo de Ramón y el taimado de Néstor se alejan hacia la Atarazana. Al doblar la esquina, aún sin abrir los sobres que les entregaron se suben por el lado de las casuchas al techo de la No. 13. Y un poco agazapados, ahora más lejos, pero con mejor vista, siguen los pormenores del hallazgo.

Primero, se removieron los sables y armaduras, que se encontraban encima y alrededor., luego con gran cuidado y dificultad empiezan entre dos, entre tres, entre cuatro y no pueden, llegando entonces hasta seis, los que pudieron sacar el enorme arcón metálico, del nicho que lo había cobijado por más de cuatrocientos años. La señora, parece que sin poder aguantar las ganas ordena abrir, forzar la tapa, y desde la privilegiada atalaya, apostados, alcanzan los amigos estibadores a distinguir el inconfundible amarillo aún brillante de cosas innombrables, aunque por breve tiempo, pues el arcón es cerrado rápidamente, para luego remover el resto de objetos de plata que se encontraba a ambos lados de éste y montarlos en un camión con cama cubierta de lona verde, del ejército.

–Ahí va el tesoro, Ciclón, tu tesoro.

–Mira, responde el muellero afortunado, –si era para mí, como esa aparición me dijo, ya no lo es. Ese se queda entre los grandes. Mientras tanto, conformémonos con lo que nos dieron.

–¿Cuánto crees que nos habrán puesto en los sobres?

–Carnal, vista mata fe, abramos.

Con su sobre abierto Néstor abrió los ojos y boca, Ramón sólo se sonrió al enseñarse mutuamente sus papeletas de 500 pesos.

–Vámonos de parranda, dice Néstor.

–Bueno, algo me dijo esa María de Toledo que no te he dicho, “con ese tesoro mira dónde vivir”. Creo que lo que me quiso decir es que tratara de conseguir una casa. Con esto ahora puedo comprar un ranchito o una mejora ahí en Pajarito.

–Pues si tú lo haces Ramón, yo también. Así ya puedo traer a mi mujer y a mis hijos a la capital para que vivan todo el tiempo aquí. Además, para beber, ya ganaremos más tululuses* y hay más días que cocos.

–Sí, respondió Ramón, el “Ciclón Barahonero”, –Y todo gracias a ese fantasma, María de Toledo, ni siquiera sé quién es, que en el ‘prendi’ encontramos tan cerca de la Puerta de San Diego.

*Ingleses: acreedores, prestamistas

*Melindre: argot para dinero, subsistencia

*Prendi: Borrachera

*Lavagallos: licor de bajo precio y calidad

*Carrera: Transportarse en taxi a un lugar determinado

*Pajarito: Villa Duarte

*Tululuses: pesos dominicanos