Encuentros imprevistos

$!Encuentros imprevistos

En el mundo creado por la revolución tecnológica, nos hemos acercado y alejado sin encontrar respuesta para esa dicotomía que ha alterado la rutina, transformado héroes en villanos y viceversa y minado la certeza de que el habla de los hechos es incontrovertible. El móvil dobla como marcapasos del día a día, y su olvido desata inseguridades hace poco inexistentes. Instrumentos de tumulto político, las redes sociales son también altar de vanidades y trampolín para nuevos modelos de conducta y hábitos que impactan hasta los mercados.

La fisonomía de las celebridades era antes menos discernible, aunque los medios audiovisuales habían allanado distancia. Los paparazzi vienen de lejos, desde 1960 y La dolce vita de Fellini, pero ahora exceden ventajosamente en número a los descendientes directos del personaje encarnado por Walter Santesso. La capacidad de fotografiar, grabar y transmitir está en manos de cualquier ciudadano y, querámoslo o no, testigos somos de la epifanía de un novedoso poder popular. Y de la necedad de quienes consideran inseparables el selfie y el saludo.

El acceso a la distribución y recepción de datos se ha democratizado, también la fama. Ahora viene en una enorme paleta de colores muy variados, con el merecimiento en la parte baja de la escala. La osadía sí que vale su peso en oro y se refleja el brillo en una nueva categoría perteneciente al mundo milénico: Influencer. Aparcado lo privado en los confines de la timidez o de la prudencia, virtud que creía a prueba de calendarios, asistimos a la demolición de tradiciones, la discreción en riesgo continuo.

Años más o menos, llegué hasta mi asiento para el vuelo de Santo Domingo a Miami, escala obligada en el trayecto de vuelta a mis ocupaciones habituales. Compañero de viaje, Juan Luis Guerra, con altura en más de un sentido. (Bueno, Rosalía sueña con grabar algún tema con él). Pegado a la ventana y sabedor de la inutilidad de esconder su físico, estaba absorto en la tableta que más que fuente de información era guarida. Ocupé la poltrona a su lado tan silencioso como pude, y a lo mío. En el aire y cesado el tránsito de pasajeros en busca de acomodo, el más famoso de nuestros artistas se encasquetó sus auriculares e imagino que remontó a otras alturas, a la de la música, mientras dormitaba o simplemente negaba a sus ojos el aburrimiento de la cabina de un avión. Ya lo había precedido yo en el menester de conectarme con la discoteca y la biblioteca que llevo siempre a mano escondidas en el IPad.

Dos horas y si nos vimos no nos conocemos, pese a que, en presencia suya, había presentado oficialmente a la prensa madrileña su ahora penúltimo álbum, Todo tiene su hora. Efectivamente, también llegó la del saludo cuando yo recogía mi equipaje de mano y él manejaba su 1.92 metros de estatura para escaparse del asiento ventanero. Como si hubiésemos hablado durante todo el vuelo. Fue el momento de pago por la bien ganada fama. Varios pasajeros le pidieron posara para las consabidas fotos, a lo que accedió amablemente. Me escurrí tan rápido como pude, aunque andaba sobradísimo de tiempo para la conexión. No sin que antes alguien conocido me dijera: “De saber que eras tú, te hubiese pedido que cambiásemos de asiento”. De la que se libró nuestro Juan Luis Guerra.

Personajes a los que nunca hemos visto resultan ahora familiares. Los reconocemos de inmediato, salvedad sea hecha de que al natural desaparezcan atributos que gratuitamente les han concedido las fotos y testimonios visuales. Quizás intervenga otra razón enraizada en lo más profundo del subconsciente, aquella que sutilmente invita a aureolar a quienes admiramos. Aunque en desacuerdo en cuestiones capitales, lo cortés firme frente a lo valiente.

Otro vuelo, esta vez de Berlín a Londres. Completado el proceso de abordaje, la puerta permanecía abierta y alguien con pintas de agente de seguridad aguardaba en la pasarela. Franqueado por quien estimo sería su secretario particular, llegó el gran Henry Kissinger, el genio de la diplomacia que en aquella famosa interviú con Oriana Fallaci, recogida en su libro Entrevista con la historia, desparramó su ego cuando afirmó que a veces se sentía como un superhombre en las tareas del juego del poder mundial. Valdrá siempre lo que acotó la periodista italiana en el prefacio, prestado de Pascal: quien no se engaña respecto a la absurda tragedia de la vida, acaba por aceptar que si la nariz de Cleopatra hubiese sido más corta, habría cambiado la faz de la tierra.

Venía de exponer en uno de esos conciliábulos en que se discuten los grandes temas de política exterior, y de seguro había sobresalido con la suficiencia con que ha abordado el discurrir de la diplomacia antes y después de la Guerra Fría, como discípulo aventajado de su maestro Metternich. Primera y única vez que lo he visto en persona, y me chocaron la pequeñez de su humanidad, la fiereza con que los años se manifestaban en sus rasgos semíticos. Cada paso suyo era un ejercicio de voluntad, y de no ser por las tantas fotos y vídeos, lo habría tomado por un anciano más al que la generosidad de la aerolínea le permitió abordar pese al retraso.

Era otra la imagen mental que tenía del autor de Diplomacia, magistral, y del doctoral Sobre China. Desprendía humildad y, luego del despegue, apenas escuché esa voz gutural, con marcado acento alemán en el inglés que aprendió ya adolescente. Era casi un susurro cuando respondió a la aeromoza que solícita le preguntó qué deseaba. La curiosidad del periodista es inmanente, controlable ciertamente. Ah, también escribió la Fallaci que ignoramos si Jesucristo fue alto o bajo, rubio o moreno, culto o sencillo, si dijo las cosas que afirman san Lucas, san Mateo, san Marcos y san Juan. Ventajas o desventajas de la tecnología, víctima Kissinger.

Siempre habrá espacio para las sorpresas y las imágenes aprendidas a fuerza de repetición. Me ocurrió con un exmiembro de la realeza europea, con quien me tropecé por azar hace ya un par de décadas. Acompañaba a su esposa de entonces, que parecía un maniquí acabado de fugarse del escaparate de una de las tiendas de las grandes marcas de la moda en la Avenue Montaigne de París o de la Via Monte Napoleone, de Milán. En cambio, aquel fulano disfrazaba su juventud con un atuendo impresionante por lo ridículo de los colores y cuadros de la americana, que caía fuera de contexto cromático sobre el pantalón igualmente chillón. A la indumentaria le añadían agravio el pañuelo de seda en el bolsillo del saco y unos zapatos que desmentían la sobriedad de la temporada otoñal. Un lechuguino consumado, asumí en aquel entonces, extrañado porque pese a mi ignorancia caribeña sabía que en los predios reales corresponde a un mayordomo de entrenamiento riguroso decidir cómo su señor sale a la calle. Los buenos consejos son también ignorados, deduzco ahora con más años arriba, mientras extraigo aquel cuadro abigarrado de mis recuerdos.

He asumido como mandato desconfiar de las imágenes que nos venden los medios y las redes. Antes era el periodismo amarillo, ahora el cotilleo y la impudicia de contrabandear artistas de creatividad nula y su mundillo tan pequeño como grandes las posaderas fementidas de sus mujeres y aventuras, como objetivos noticiosos. De todo habrá en la viña del Señor, lo que me recuerda algo que leí en uno de esos manuales para turistas desprevenidos, como yo. Antes de hogar de las casas de alta costura, la avenue Montaigne era conocida como lugar de lamentaciones de las viudas. La viudez, conste, tiene más de una acepción.

La fisonomía de las celebridades era antes menos discernible, aunque los medios audiovisuales habían allanado distancia. Los paparazzi vienen de lejos, desde 1960 y “La dolce vita” de Fellini, pero ahora exceden ventajosamente en número a los descendientes directos del personaje encarnado por Walter Santesso. La capacidad de fotografiar, grabar y transmitir está en manos de cualquier ciudadano y, querámoslo o no, testigos somos de la epifanía de un novedoso poder popular.

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