Entre Fidel Castro y Mario Rivadulla

Cuba era un país venal y paródico. Alejo Carpentier había huido de Cuba hacia Venezuela tratando de ganarse la vida como fuera. Lino Novás Calvo rumiaba un desencanto patético en la redacción de la revista Bohemia. Jorge Mañach escribía largos reportajes políticos para ganarse la vida. Lezama Lima, errático y tenaz, proclamaba una insularidad paradisíaca. Los más abnegados sacerdotes de la cultura entraban entonces a la política como sinónimo de corrupción y lucro. La vida cultural cubana de los años 50 era pura indigencia.

La descripción de la Cuba prerevolucionaria es de Heberto Padilla. Por entonces, Padilla traducía a Saint-John Perse y viajaba con frecuencia a Washington para mostrar su versión de Anábasis al poeta nativo de Guadalupe que en 1960 recibiera el Nobel de literatura. Fidel Castro comandaba la guerrilla de Sierra Maestra y había comenzado a convertirse en una figura mundial de gran atractivo. Perse estaba interesándose más por el líder guerrillero que por la traducción de su poesía. Preguntaba insistentemente a Padilla quién era ese joven tan audaz, cuál había sido su vida, su pasado, quiénes conformaban las fuerzas que le apoyaban. Padilla aún no conocía bien las interioridades del movimiento guerrillero y de su líder. Era antibatistiano pero tenía mayor acercamiento con los que consideraba los dirigentes de mayor popularidad de la historia política de Cuba: Eduardo Chibás y José Pardo Llada. El primero, fundador del Partido Ortodoxo –en verdad se llamaba Partido del Pueblo Cubano- al que pertenecía Fidel, y el segundo, un activo comentarista radial que paralizaba a toda Cuba con su programa diario a la una de la tarde.

Padilla conoció a Fidel en 1951 en la casa de un político matancero, Yuyo del Valle. Estaba en un grupo que formaban Mario Rivadulla, Omar Borges y Juan Amador Rodríguez, un periodista muy amigo de Mario quien, para entonces, aspiraba a senador por la provincia de Pinar del Río. Al grupo se incorporó Fidel Castro. Maruca, la dueña de la casa, le señaló a Fidel que tenía un pantalón y una camisa muy ajados y además observó que llevaba un calcetín de un color y otro de otro. Ella tuvo que buscarle un par de medias de su esposo Yuyo. Fidel pidió que le agregaran una camisa prestada. Cuando pudo acicalarse mejor, todo el grupo partió en caravana por el malecón habanero rumbo a Matanzas en campaña electoral. Borges, Rivadulla, Juan Amador y Fidel se turnaban en cada pueblo por donde pasaban para promover a Yuyo, “el candidato de los matanceros”. Fidel también decía aspirar a representante a la Cámara por La Habana. Borges y Rivadulla eran dirigentes nacionales del partido liderado por Chibás. Padilla tenía apenas entonces dieciocho años de edad. Había sido descubierto por Mario Rivadulla en Pinar del Río, invitándole a trasladarse a La Habana donde le consiguió empleo. En esa travesía política pronunció su primer discurso.

Cuando llegaron a Varadero, todos disfrutaron de la playa hasta quedar exhaustos. En la noche, después de cenar, Rivadulla, Fidel y Padilla se sentaron a conversar en un viejo muelle abandonado. “Mi vocación era la literatura, pero Fidel, Borges y Rivadulla, que me llevaban unos pocos años, representaban a la juventud cubana en aquellas campañas políticas a favor de la decencia pública”, según afirma Padilla en sus memorias. Y agrega: “Yo quería comprenderlos, sacar de sus experiencias nociones que me sirvieran para definir aquella entidad huidiza, inexplicable y múltiple que era la realidad cubana”.

-A mí el escritor que más me gusta es Romain Rolland, dijo Fidel. Rivadulla le apuntó: “Cuidado, que este hombre escribe”. Fidel le preguntó a Padilla si era verdad que escribía. “En Cuba todo el mundo escribe”, fue su respuesta. Y los tres siguieron conversando largo rato sobre sus lecturas preferidas: Víctor Hugo, Camus, Dostoievski, Curzio Malaparte. Este último era el preferido de Rivadulla, quien habló en el encuentro sobre la novela Kaputt y el ensayo Técnica de un golpe de estado del escritor italiano, mientras Fidel ofrecía una disertación sobre Crimen y castigo del autor ruso. “Aquel anochecer de 1951 –patentiza Padilla- ninguno de los tres jóvenes que estábamos sentados en el muelle abandonado de Varadero pudo imaginar que al año siguiente el general Batista cancelaría el proceso democrático cubano con un golpe de estado”. Tampoco ninguno pudo prever que siete años más tarde, uno de ellos se instalaría como el jefe supremo de una revolución que cuenta ya seis décadas, y que los sueños democráticos y las aspiraciones políticas del grupo iban a quedar truncadas para siempre.

Padilla, apenas un adolescente, disfrutaba de la compañía de Fidel y Mario Rivadulla, con quienes podía discutir de política y conversar de literatura, pero dejó escrito que, “de todos ellos Fidel era el menos atractivo para mí. Me interesaba más la gravedad inteligente de Rivadulla, cuyo talento oratorio no he olvidado, además de Pardo Llada y Chibás. Eran accesibles, cordiales”. En la conversación entre los tres amigos surgió el nombre de Enrique José Varona, uno de los grandes pensadores de Cuba a quien Martí confió la dirección del periódico “Patria” en Nueva York, órgano del Partido Revolucionario Cubano. Fidel dijo entonces que le desagradaba Varona por su inconsecuencia. “Luchó contra España y después escribió un largo poema de arrepentimiento, La hija pródiga, que haría reír hasta a un uruguayo”, bromeó Fidel. Pero –siempre según los recuerdos de Padilla-, Fidel dijo que coincidía con Varona en que “nunca creyó en la democracia ni en el voto, ni en la razón de las mayorías. Los cambios políticos de verdad los hacen las vanguardias y el político que más votos obtiene es el peor. El asentimiento mayoritario siempre Es espurio. En el aplauso hay transacción. Las ideas nuevas se imponen a puñetazos”. Cuando Fidel concluyó, Rivadulla atinó a decirle: “¡Que no te oiga Chibás!”. Y Fidel entonces rió a mandíbula batiente. “En Cuba una risotada puede cancelar el debate más serio”, dice Padilla, de modo que con la carcajada de Fidel concluyó el diálogo de los amigos y cerraron la noche para irse a la cama.

Chibás y Pardo Llada eran para la época “monstruos de popularidad” en Cuba, mientras que Fidel “era entonces la sombra de nadie”. Chibás dirigía la lucha contra la corrupción y, como asegura Padilla, esa lucha “se hizo demasiado egocéntrica”, de modo que cuando acusó al ministro de Educación de corrupto y no pudo probarlo, Chibás “sufrió un derrumbe moral del que no pudo recuperarse”. El famoso programa de Chibás se producía en la radio dominical. Ese domingo, Pardo Llada la emprendió por nueva vez contra la corrupción política reinante. Entonces, fue cuando Chibás tomó el micrófono y llamó al pueblo cubano a no dejarse engañar, para pronunciar a seguidas la frase mortal: “Este es mi último aldabonazo” y se pegó un tiro en la sien frente a todos sus colaboradores. Fidel estaba en la puerta de CMQ, la emisora que pasaba el programa de Chibás y Pardo Llada, y en su automóvil se trasladó al popular dirigente político al centro médico donde fue declarado cadáver. Era la noche del 10 de agosto de 1951. Cuba se transformaría totalmente después de aquel pistoletazo. Chibás no encontró líder sustituto. Pardo Llada pudo serlo, pero no tenía la edad que la ley acordaba para ser candidato presidencial. Tuvieron que echar manos de un sociólogo de nombre Roberto Agramonte, “dueño de un vocabulario crepuscular”. El partido ortodoxo sucumbió. Siete meses después, el gobierno de Carlos Prío Socarrás sucumbió igualmente por un golpe de estado de Fulgencio Batista que no tuvo resistencia. También Prío terminaría suicidándose en su casa de Miami, en 1977. Dos años después de la muerte de Chibás, Fidel Castro iniciaba su trayectoria revolucionaria con el asalto al cuartel Moncada. Los amigos de aquella noche en Varadero no volvieron a juntarse jamás. Mario Rivadulla sería condenado a prisión por Fidel durante seis años en la fortaleza La Cabaña. Se exiliaría en Santo Domingo en 1970. Pardo Llada se fue también al exilio después de haber servido a la revolución cubana. Se nacionalizó colombiano y en Colombia fue concejal, congresista, funcionario público y diplomático. Estuvo como embajador en República Dominicana en los años noventa. Murió en Cali en 2009. Heberto Padilla sufriría prisión en Cuba por un libro que fue considerado subversivo, su poemario “Fuera de juego”. Logró salir de Cuba en 1980. Lo conocí en Santo Domingo en 1999, mientras paseaba con el poeta Plinio Chahín por la ciudad colonial. Moriría en Alabama, Estados Unidos, un año después. De todo ese grupo, sólo vive don Mario Rivadulla, a quien Padilla recuerda entonces como “alto, delgado y rubio, con los ojos vivos y la voz vibrante que a ratos recordaba la de Eduardo Chibás”. A sus más de ochenta años se mantiene activo en la televisión dominicana y es muy apreciado en nuestra sociedad por sus cualidades humanas, éticas y profesionales. Tiene cuarenta y ocho años de residencia en nuestro país. Se asegura que cuando Fidel visitó Santo Domingo, en el primer periodo de gobierno de Leonel Fernández, preguntó por su viejo amigo. No hemos podido determinar quién le dio respuesta.

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Libros
La mala memoria

Heberto Padilla
(Plaza & Janés, 1989. 263 págs.)

Este libro es un vivo reflejo de la historia de ese apasionante país que es Cuba, así como una profunda reflexión acerca del desarrollo de una revolución de permanentes resonancias, sobre todo en América Latina.

La mala memoria

Heberto Padilla/ Carlos Verdecia
(Kosmos Editorial, 1992. 236 págs.)

Esta edición oferta un condensado de “La mala memoria”, porque su elemento central es la conversación que sostiene el periodista Verdecia con Padilla, donde surgen muchas revelaciones históricas y personales.

Fuera del juego

Heberto Padilla
(Editorial San Juan Puerto Rico, 1971. 114 págs.)

Incluye el poemario que condenó a Padilla a prisión y al exilio, junto a una cronología del famoso caso Padilla que provocó la enemistad de prominentes intelectuales con la revolución cubana.

En mi jardín pastan los héroes

Heberto Padilla
(Argos Vergara, 1981. 270 págs.)

Esta novela también irritó a la nomenclatura cubana. Un escritor narra la vida iracunda y desesperada de un hombre en la trampa: ese sueño del perseguido que siempre acaba por no ser un sueño.

Memorias de la Sierra Maestra

José Pardo Llada
(Editorial Tierra Nueva, La Habana, 1960. 172 págs.)

Pardo Llada –el comunicador que ocupó por largos años los primeros lugares de audiencia en Cuba- vio publicar este libro donde recoge sus impresiones de la guerrilla de Fidel Castro durante una visita al campamento de Sierra Maestra.

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