Esta señora que llamóse OEA

La OEA cada cierto tiempo se pone de moda, y en la mayoría de los casos no por buenas razones. Advierto: creo en la pertinencia de los organismos internacionales, con todos sus baches y embarres. Pero, al mismo tiempo, creo que va siendo hora que algunos de ellos entren en un proceso de aggiornamiento, ante una disyuntiva elemental: la civilización actual requiere de nuevos formatos porque el baúl donde se encierran sus avatares está lleno de nuevas encomiendas, de energías difusas y de muy variopintos aconteceres.
Andan desde hace buen rato algunos países haciéndole la contra a esta señora que acomoda sus asentaderas a la vera del National Mall y cercano a la White House, y si estas nuevas propuestas no han terminado de consolidarse débese, en gran medida, a que los gobiernos que respaldan las nuevas opciones de concentración regional no tienen claras sus perspectivas o llevan un ritmo de oscilación que marea al humano menos propenso al vértigo, creando dudas potables sobre la viabilidad de sus objetivos, a causa de las dudas que generan sus desajustes internos.
Pero, al margen de cualquier consideración sobre el tema de un nuevo organismo regional, lo que importa ahora es saber que la Organización de Estados Americanos, que tiene sesenta y siete años de existencia, desde que se suscribió en Bogotá la Carta de la OEA, amerita nuevos protocolos de renovación, pues algo ha fallado desde hace tiempo (la guerra fría no está tan lejos para hacernos recordar ciertos sucesos) al desvirtuarse su objetivo central: crear entre sus estados miembros “un orden de paz y de justicia, fomentar su solidaridad, robustecer su cooperación y defender su soberanía, su integridad territorial y su independencia” (las negritas, nuestras).
La OEA es el sistema institucional de carácter internacional de más añeja presencia en el mundo. Comenzó a gestarse en el siglo diecinueve, entre 1889 y 1890, en la primera Conferencia Internacional Americana que se realizó en Washington. Ahí nació la Unión Internacional de Repúblicas Americanas (conocida prontamente solo como Unión Panamericana), pero esa entidad fue suplantada cincuenta y ocho años más tarde por la actual corporación hemisférica, aunque en verdad no fue sino hasta 1951 cuando comenzó a funcionar de manera plena. El proceso de gestación no fue cumplido a totalidad de inmediato, sino que por diversos motivos, uno de los principales sin dudas: los intereses del poderoso bastión norteño, el estatuto que dio forma a la OEA sufre diversas modificaciones en el curso de los años de su existencia, siempre con un periodo bastante largo a nuestro entender, para poder aplicar esos cambios. Veamos: en 1967, dieciséis años después de que entrara en vigencia su carta constitutiva, se aprueba la primera modificación en el llamado Protocolo de Buenos Aires, pero las enmiendas no se ejecutan hasta 1970. En 1985 se aprueba otra enmienda, la del Protocolo de Cartagena de Indias, que no entra en operación hasta 1988. El Protocolo de Managua formula una nueva corrección a la carta original en 1993, la cual se aplica en 1996. Y en 1992, hay otras variaciones con el Protocolo de Washington, que se pone en vigor en 1997. A lo mejor, cuando Cuba, radiada del organismo desde hace más de cincuenta años (al cual tal vez no intente regresar) se encamina a una nueva estación de su realidad geopolítica con la normalización de sus relaciones con EUA, se va haciendo urgente plantearse un nuevo y más profundo protocolo de renovación de sus propósitos, metas y dinámica operativa que permita refundar este organismo, reconstruir su andamiaje institucional, crear una imagen regeneradora que la aleje de sus dislates históricos, y adecuar en definitiva todo su aparato metodológico (de análisis, observación, supervisión y operación) a la realidad de los tiempos actuales.
La OEA no es una institución creíble. La percepción general es que no sirve a ningún propósito sano, viable y reconocido. Y en la historia del desarrollo de sus políticas, probablemente casi todos los países del hemisferio guardan contra ella quejas, desalientos y suspicacias. La República Dominicana en un primerísimo lugar, muy a pesar de que a causa de las conveniencias del momento y a los dictados de la hora, el organismo regional aplicó en 1960 severas sanciones económicas y políticas al régimen de Rafael L. Trujillo que permitió agilizar la trama de su desmembramiento, formidable iniciativa que la OEA dejaría atrás cuando avaló la intervención norteamericana en nuestro territorio cinco años después, en 1965, en la gestión como secretario general del uruguayo José Antonio Mora. Otro diplomático nativo de la República Oriental del Uruguay, Luis Almagro, la dirige actualmente, y de nuevo, como con Mora hace cincuenta años, la RD se constituye en una espinita en su camino. ¿Qué le habremos hecho los dominicanos a los nativos de la patria de José Gervasio Artigas, Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti?
Mi amigo José Monegro, recién electo como el mejor sommelier de nuestro país, no solo es un maestro de caldos, sino que exhibe un nivel cultural que desgrana, entre una y otra recomendación vinícola, a los habituales contertulios del restaurante donde labora. Un día de esta semana que termina, mientras me orientaba en el deleite de un generoso de la Rioja alta, me recordó unos versos de Manuel del Cabral, el indomable potro mayor de nuestra poesía, que sentenciaban a muerte desde hace cinco décadas a la diezmada OEA. “No entiendo –me dijo el maestro dominicano de la vinicultura- como no se han recordado estos poemas a propósito de las descompuestas declaraciones de Almagro y la correspondiente desazón generada por las recomendaciones de esta OEA que “aquí en Santo Domingo está enterrada”.
En efecto, mi amigo Monegro estaba hablando de “La isla ofendida”, el tremendo poemario que Manuel del Cabral dio a conocer en 1965, cuando los comandos luchaban en guerra patria contra los marines estadounidenses en la ciudad de los colones. Nadie ha recordado en estos días del cincuentenario abrileño los poemas de Cabral, con toda seguridad el registro poético más lúcido y comprometido surgido en torno a la gesta. Lo componen treinta y dos poemas y doce más enmarcados en un apéndice que el poeta denominó “Revolucionario y premonitorio”. En el poema que da título al libro, Cabral escribe: “Sudando como un lunes su domingo/ hay una Antilla que sepulcro y cuna/ juntó en su vientre de parir cansado/ héroes y héroes,/ y ahora/ un feto de robot parir le obligan,/ monstruo/ que por nacer cadáver lo quisieron./ Mas,/ mi pequeño país, solo en el mapa,/ y solitario entre las voces, pudo.../ pudo y tuvo el honor/ de enterrar enterito ese cadáver./ (Y que apunte el notario, lo repito,/ lo enterró sin ayuda.)/ Sin embargo, todavía/ la difunta se muere...los huesos/ de la/ O,/ la./ E, la/ A/ recorren los palacios sinvergüenzas,/ se disfrazan de libertad,/ hacen discursos con palabras arrodilladas,/ mientras tanto,/ legalizadas ametralladoras,/ balas sin pasaporte que ponen gringo el aire,/ balas con leyes de sonido rubio,/ balas extrañas, siguen, siguen,/ violando mi pequeña geografía./ Mientras los huesos, los ilustres huesos/ de la O, de la E, y de la A,/ tranquilos y orgullosos van llegando a un acuerdo.../ ¿A cuál? A que no ha pasado nada.../ Pero los muertos de mi pequeño país/ hicieron un esfuerzo,/ se levantaron/ y están con los intrusos discutiendo”.
Varios poemas más adelante, el autor de Compadre Mon dicta su célebre “Epitafio”, que es el que me recordaba el sommelier Monegro: “Esta señora que llamóse OEA,/ aunque camina, parla, duda y crea,/ aquí en Santo Domingo está enterrada./ Capricho y paradoja de la nada, esta ruidosa aún, necia difunta, que en un cadáver veinte vivos junta,/ llegó como remedio y fue la enferma.../ Vino por paz...pero mejor que duerma.../ Ella, sin pueblo, fue la celestina/ de veinte pueblos y uno de propina.../ Aquí donde Colón soltó sus huesos,/ hoy puede que los junte y que se vaya,/ es esta puta, muerta...no se calla/ y le dará bajo la tierra besos.../ pero el de Judas se lo ha dado antes.../ Ya le violó su lecho al Almirante./ Pobre América aquí, que con tal cuerno.../ vivió un tiempo tan breve y tan eterno”.
El día que la OEA escriba su protocolo de defunción para que nazca una nueva dimensión de respeto entre sus pueblos y su misión de defender la soberanía, la integridad territorial y la independencia de cada uno de sus estados miembros no sea solo una letra descalabrada en su estatuto, que se eche manos a estos “premonitorios y revolucionarios” versos de Manuel del Cabral que hicieron la profecía de lo que hoy padecemos hace cincuenta años.
José Rafael Lantigua
José Rafael Lantigua