Aurora Bernárdez en 1993.
Aurora Bernárdez en 1993.
20180721 https://www.diariolibre.com

Hay libros esenciales. Hay libros petulantes. Hay libros con mayoría de edad. Hay libros que nunca lograron superar su pubertad. Existen libros que te elevan. Los hay que te sumergen en el averno. Hay libros que no deseas que concluyan su historia. Hay otros que te ves obligado a abandonarlos al primer bostezo. Hay libros sapienciales y los hay embrutecedores. Hay libros jabonosos y hay libros rozagantes. Hay libros de cuerpo entero, musculosos y erectos. Y los hay que funcionan como prótesis, con adiciones pulposas. Hay libros degradantes y libros degradados. Hay libros mingitorios y libros que padecen incontinencia. Existen los que están llenos de savia y fortaleza. Y los hay que sufren de avitaminosis. Hay libros crípticos y existen los que muestran hasta sus partes pudendas. Hay libros prudenciales, proverbiales, cristalinos, bienhechores, testimoniales, artilleros, infames, frustrados. Y existen los libros difuntos, chismorreicos, figurones, flamígeros, folicularios, cortesanos.

Sabemos que existe una clasificación de los libros según su género. Y que los críticos suelen ejercitar su oficio con calificaciones particulares que orientan o determinan los valores de cada texto literario. Pero, el lector esmerado, el que se solaza cotidianamente con la lectura y sus recovecos suele hacer clasificaciones arbitrarias, tan personales, tan propias que se quedan sólo para su consumo en la tibia soledad de sus bibliotecas.

Digamos. Hay libros imprescindibles (La Biblia, El Quijote). Hay libros sin sustitutos, sobre todo si usted es escritor o buen lector (El diccionario de la RAE, por ejemplo). Hay libros que nos marcan para siempre (Cien años de soledad; La ciudad y los perros; La consagración de la primavera). Hay libros extravagantes que, sin embargo, aprisionan (Paradiso). Los hay, en cada nación, de insuperable valor y de extensa vigencia (Manual de Historia Dominicana; El pueblo dominicano; Composición Social Dominicana). Existen libros inspiradores, deslumbrantes (Las epístolas árabes del siglo XI; La saga de Egil Skallagrímsson; El desierto de los tártaros). Hay libros que convidan a la educación sentimental (La princesa de Cléves). Y conocemos aquellos en los que uno se solaza por la belleza de su lenguaje tras historias simples (El cuarteto de Alejandría, especialmente el libro primero, Justine). Hay libros necesarios para conocer a los vecinos de al lado (La nación haitiana; La República de Haití y la República Dominicana). Libros tenemos bailando en nuestra sesera desde que nos hicimos uno con el pensamiento y sus atributos (La rebelión de las masas; Masa y Poder). Libros que nos transmitieron el conflicto humano y su absurdidad (La metamorfosis). O que nos enseñaron la inviolable unidad entre poesía y filosofía (El hombre y lo divino). Libros inabarcables (Las mil y una noches; En busca del tiempo perdido). Hay libros perturbadores (Vida y destino). Y libros que abrieron grietas (Historia de Mayta; Archipiélago Gulag; Antes que anochezca). Hay libros thrillers pero basados en sucesos históricos (El enigma del Almirante Canaris; El hombre que nunca existió). Y están los libros que narran hechos históricos con toques dramáticos e ideológicos (Seis años que cambiaron el mundo; La presidencia imperial).

No te quedes sin saber que existen libros sabrosamente irreverentes y que, tal vez por ser tales, pasan decenas de años, siglos incluso, y siguen manteniendo su atractivo y vigencia, aunque no sean de lectura común (El diccionario del diablo). Los libros memoriosos, con sus descripciones vitales y sus ironías magistrales, uno tiene la certeza de que nunca mueren, aunque dejen de leerse (Confieso que he vivido; Historia de mi voz). Los libros que crean controversias, no por su chismorreo, sino porque establecen rupturas con el estilo, con el lenguaje, con la historia que refieren, se convierten en paradigmas, aunque como en muchos casos se tomen sólo como lo que han sido: precedentes (Adán Buenosayres). Más allá, se ubican libros de historias vivas noveladas, lo que denomino libros de intimidades sociales (Castigo divino; La casa de la laguna). Más acá están los libros poéticos que crean un imaginario histórico y epocal (Hay un país en el mundo; Compadre Mon). Se declaran histórico-ficcionales los libros que nos relatan un capítulo de la historia de una sociedad bajo el manto siempre ingenioso de la ficción (A la sombra del granado). Un libro nos puede encauzar hacia el conocimiento de una vida literaria, son los libros trayectoriales (Tríptico de carnaval). Y otros pueden llevarnos a conocer lo desconocido en boga, aunque puedes haber leído sus contenidos antes de que el fuego arrase (El Islam). Un libro puede ser sentencioso, porque su autor dictamina (De la Guerra; Las 48 leyes del Poder). Y en las dos últimas décadas quizás, libros hay que se configuran bajo el sello de la teoría de la conspiración. Los llamo libros poliquísticos, porque en el fondo descubren un quiste sobre el agujero de la fantasía, aunque no exento de realidad, posible o virtual, que uno nunca sabe (Numerati; Manipulados).

En fin. Son tantas las denominaciones, las clasificaciones, los calificativos que damos a los libros, a medida que uno va atascándose en ellos, apareándose con sus historias, empotrándonos en sus argumentos, que será cuento de nunca acabar. Y todo para decir que hay libros hechizantes, que en su refugio de historias y palabras crean cierto grado de seducción. En su sencilla exposición –digámoslo así- tienen algo de sortilegio y fascinan. No hay otro modo de describirlos. Tengo a manos un ejemplo: El libro de Aurora. Me lo he leído en dos noches, como si fuese un bebedizo. No se trata de una obra maestra, un best seller, un libro ni siquiera imprescindible. Es incluso, breve en sus más de doscientas páginas. Es el libro de Aurora Bernárdez, la viuda de Julio Cortázar, aunque cuando llegaron las semanas y los días finales de la vida del gran escritor argentino ella ya estaba fuera de la junta de cariño devocional que ambos protagonizaron por dos décadas. Al fin y al cabo, ella se encargó de todas las atenciones que merecía aquel maestro, envuelto ya en penumbras y pesares a causa de su enfermedad.

Aurora –y esto me resultó interesante- era hermana de un poeta que conozco desde los años sesenta, quién sabe por cuáles conductos llegué a su obra: Francisco Luis Bernárdez, uno de cuyos poemas recitaba antes de memoria, incluso tuve la osadía de insertarlo en la invitación a mis bodas hace treinta y siete años “Estar enamorado”. Fui fan de este poeta de filiación espiritual y de espíritu clásico. Descubro ahora que era hermano de Aurora, una mujer excepcional, y digo poco. Escondió sus talentos, se hizo pequeña a pesar de sus vibraciones intelectuales y su capacidad para la escritura, quizá para no competir con el grande que tuvo a su lado por tanto tiempo o quién sabe si para no contradecir su haber literario. Los editores la han llamado “la escritora secreta” y Mario Vargas Llosa recuerda que era difícil saber cuál de los dos –Aurora y Julio- eran más inteligentes y cultos, cuál había leído más. Se dedicó a la traducción y con el marido que tenía y el hermano que tuvo, ella decidió que sólo hubiese un escritor en la familia. Y no es sino hasta ahora, tres años después de su muerte, que se publican su poesía, sus relatos, sus cuadernos, frases y una larga entrevista donde ella se desnuda, cuenta su historia tan unida a la de Julio y deja sentadas sus críticas –lo que le gustó y lo que no- de la obra de Cortázar.

Si el lector es cortazariano, tiene que conocer la pequeña obra literaria de Aurora y descubrir en sus rasgos a una escritora que pudo ser mayor, pero que cedió su puesto y continuó su vida desde el buró en UNESCO donde laboró como traductora por muchos años. Digo poco, tal vez. El libro de Aurora fascina en su sencillez, se vuelve casi necesario releerlo cuando uno lo concluye. Julio y ella rompieron sus relaciones, pero en la realidad, aún cuando dejaron de verse la relación nunca se rompió en realidad. “Duró hasta el final de su vida. Y continúa”.

Salvo los de autores anónimos los libros citados corresponden a los siguientes autores: Miguel de Cervantes, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Frank Moya Pons, Harry Hoeting, Juan Bosch, Ibn Suhayd, Al-Maarri, Ibn Zaydún, Snorri Sturluson, Dino Buzzati, Madame de La Fayete, Lawrence Durrell, Dantés Bellegarde, Jean Price Mars, José Ortega y Gasset, Elías Canetti, Franz Kafka, María Zambrano, Marcel Proust, Vasili Grossman, Aleksandr Solzhenitsyn, Reynaldo Arenas, Richard Bassett, Ben Macintyre, Hélene Carrére D’Encausse, Enrique Krauze, Pablo Neruda, Manuel del Cabral, Leopoldo Marechal, Sergio Ramírez, Rosario Ferré, Pedro Mir, Tariq Alí, Sergio Pitol, Hans Kung, Carl von Clausewitz, Robert Greene, Stephen Baker, John Perkins.

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Libros
El libro de Aurora
El libro de Aurora

Textos, conversaciones y notas de Aurora Bernárdez (Alfaguara, 2017. 279 págs.)

Philippe Fénelon y Julia Saltzmann recogieron los papeles de Aurora Bernárdez, la Maga –que no lo fue- de Julio Cortázar, aunque sí su albacea literaria, donde se muestra el retrato de una auténtica mujer del siglo XX.

Rayuela
Rayuela

Julio Cortázar (Bruguera, 1983. 155 págs.)

Publicada originalmente en 1963, esta novela se convirtió en una auténtica leyenda como una de las obras más innovadoras del siglo pasado. Ruptura. Estructura inorgánica y lúdica, un juego de abalorios.

Cortázar
Cortázar

De la A a la Z Un álbum biográfico (Edición: Aurora Bernárdez et al. Alfaguara, 2013. 215 págs.)

“Un hermoso libro, suelto y despeinado, lleno de interpolaciones y saltos y grandes aletazos y zambullidas”. Diccionario biográfico ilustrado, fotobiografía autocomentada, la obra que Aurora Bernárdez editó antes de su muerte.

En busca del tiempo perdido
En busca del tiempo perdido

Marcel Proust (Círculo de lectores, 1999. 7 volúmenes, 3,033 págs.)

La obra de la literatura francesa más grande del siglo XX. Duró 14 años en ser publicadas sus siete partes y a Proust 14 años en escribirla. Los recuerdos de un joven escritor y la vida de la alta clase parisina de su época.

La consagración de la primavera
La consagración de la primavera

Alejo Carpentier (Siglo XXI, 1978. 576 págs.)

Hombres y mujeres de destinos modificados, transformados, revertidos o superados, con su anuencia o sin ella, por la Historia del siglo XX: tales los personajes de una novela cuyo parecido con modelos reales era totalmente inevitable.

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