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Hostos en Santo Domingo

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Hostos en Santo Domingo
Inauguración de la estatua de Eugenio Ma. de Hostos, Santo Domingo, RD (Colección Sala de Hostos, Archivo General de PR).
Un rápido balance de las principales contribuciones de Eugenio María de Hostos a la sociedad dominicana -en su múltiple calidad de pedagogo innovador, de político liberal que militó al lado de las causas más avanzadas de su época, de sociólogo que auscultó con agudo sentido observador los problemas de nuestra organización socioeconómica para aportar soluciones prácticas-, nos remite a la actualidad de su pensamiento. Su influencia a finales del siglo XIX y los inicios del XX fue palpable en la enseñanza normalista y universitaria, en las asignaturas Moral Social, Sociología y Derecho Constitucional, cuyas lecciones sirviera en la Escuela Normal que fundara en 1880, así como en la cátedra en el Instituto Profesional, nuestra universidad de entonces. Se halla en métodos de enseñanza apoyados en el razonamiento reflexivo del conocimiento ejercitado entre profesor y alumno, en vez del tradicional "embotellamiento" de textos y su recitación mecánica. En la prensa y la tribuna pública, beneficiarias de su eficaz prosa modernista y una oratoria electrizante.

Su estancia de 13 años en la República Dominicana se divide en tres períodos: 1875-76; 1879-88; y 1900-03. Aquí le sorprendió la muerte el 11 de agosto de 1903 a los 64 años, rodeado de reconocimiento y cariño cívico, designado Director General de Enseñanza, función que ejercía junto a la dirección de la Escuela Normal. "Dejó publicados diez y ocho volúmenes e inédito un enorme material de escritos literarios y científicos. Sólo dos de sus grandes obras doctrinales publicó en vida: la Moral social y el Derecho constitucional. El Tratado de Sociología inicia la serie póstuma que se completará con otros trabajos monumentales: la Psicología, la Moral individual, la Ciencia y la Historia de la Pedagogía, el Derecho penal, y tantos más", nos dice Pedro Henríquez Ureña. Buena parte de esa vigorosa producción intelectual la realizó Hostos en la casona que le sirvió de albergue durante diez años en San Carlos, en la cual se escenificaban obras teatrales, sita en las hoy 30 de marzo con Benigno del Castillo. La cual pasó a manos de sus amigos y colaboradores, mis abuelos paternos Luis Temístocles del Castillo y Dolores Rodríguez Objío, educadora esta última, quienes se la rentaron durante su estancia en Chile y luego la adquirieron. Destruida por el ciclón de San Zenón, la vieja casona hostosiana dio paso a una sólida construcción de concreto armado que hoy se conserva.

La sociedad que Hostos encontró

A su arribo a la República Dominicana, en 1875, por la ciudad noratlántica de Puerto Plata, Hostos encontró una sociedad que apenas iniciaba su tránsito hacia la modernización capitalista, motorizada por la instalación de los primeros ingenios movidos a vapor, gracias a la iniciativa de empresarios cubanos, norteamericanos, franceses, puertorriqueños y dominicanos, con su correlato de inmigración laboral proveniente de las Antillas Menores y también de Puerto Rico, como luego lo sería masivamente de Haití, ya en el siglo XX, a mediados de la década del diez. Sus principales zonas de desarrollo en el siglo XIX serían Santo Domingo, Puerto Plata, San Pedro de Macorís y Azua, a las cuales se sumarían en el siglo XX La Romana y Barahona.

En la región central del país, en el Cibao, el cultivo del tabaco se hallaba en franca expansión, dando origen a una microsociedad más igualitaria y liberal, integrada por productores pequeños y mediados, una amplia red de comerciantes y almacenistas, recueros o transportistas y jornaleros aplicados a la limpieza, clasificación y empaque de la aromática hoja, así como a la manufactura del saldo que no se destinaba a la exportación hacia Europa, especialmente a Alemania. Estudiado magistralmente dicho complejo socioeconómico del tabaco por Pedro Francisco Bonó ("Apuntes sobre las clases trabajadoras dominicanas"), en esta región se había escenificado con mayor vigor la Guerra Restauradora, llamada a liquidar la Anexión a España (1861-65).

En las llanuras del Este se aposentaba otra configuración social, basada en la crianza libre de ganado en extensos hatos indivisos, origen de una estructura patriarcal profundamente conservadora, católica y jerárquicamente segmentada. De allí salieron los hateros lanceros capitaneados por los hermanos Pedro y Ramón Santana, tan funcionales a las lides guerreras por la independencia frente a Haití.

En el Suroeste -cuna del caudillo ilustrado Buenaventura Báez- se practicaban los cortes de árboles maderables para su exportación a Europa, especialmente a Inglaterra, como la apreciada caoba para la ebanistería de muebles, puertas y enchapados de suntuosos palacetes; el guayacán empleado por sus propiedades de dureza resinosa en la industria náutica para tornear el eje de las aspas de los barcos; y los palos tintóreos utilizados por las factorías textiles (campeche y dividivi) para teñir los telares. También se producía raspadura y azúcar mascabada en rústicos trapiches y se mantenía una agricultura de subsistencia.

El país carecía de medios de transporte modernos que enlazaran internamente sus regiones, razón del afianzamiento de economías y sociedades regionales que operaban como si se tratase de tres países distintos. Sólo el tráfico de cabotaje -realizado por goletas y algunos vapores de líneas extranjeras- permitía una rápida comunicación. El resto descansaba en trabajosas jornadas a lomo de mula, por accidentados caminos, vadeando ríos y remontando cordilleras, en experiencias que motivaron a más de un visitante extranjero a escribir su relato de aventuras.

La población mostraba el más bajo índice de densidad en las Antillas, lo cual clamaba por una urgente política de inmigración. Integrada en comunidades que exhibían, algunas, hasta un 80% de analfabetismo. Regimentada por un sistema educativo arcaico, sustentado en la memorización y en un curriculum tradicional con escasa vinculación práctica con el medio, que empleaba con frecuencia los castigos corporales como recurso pedagógico.

Ya avizorando -desde el mirador de Nueva York- los que serían motivos de sus desvelos ciudadanos en tierra dominicana, Hostos escribió en la prensa de esa urbe un artículo ("El horizonte de Santo Domingo"), en el cual planteaba:

"Si se aumenta por inmigración la población de un país, si por medio de ferrocarriles se aumentan la producción, el tráfico, la comunicación; si por medio de obras de piedra o de ladrillo o de hierro se aumentan las facilidades del comercio; si por medio de un establecimiento de crédito se multiplica la actividad comercial y la industrial; si por medio de una caja de ahorros se multiplica insensiblemente el capital del pobre; si por medio de comunicaciones telegráficas y marítimas se aumentan las relaciones directas entre países remotos o vecinos; si cultivando la caña, café, tabaco, cereales, legumbres, flores, se aumenta el valor de las tierras rústicas o urbanas; si explotando minas se aumenta la riqueza social; si creando o trasplantando industrias se aumenta la prosperidad colectiva; en suma, si cultivando todas las formas del trabajo, y fomentándolas por todos los medios materiales se producen bienes físicos y orgánicos, que se cuentan, se valúan, se computan y se pesan ¿son bienes exclusivamente materiales los que se consiguen? En general, el trabajo es razón determinante de tres bienes morales: la moralidad, la libertad y el orden."

En su prolífica función de hombre público, Hostos abogaría por proyectos específicos, encaminados a plasmar en realizaciones estas ideas. Así, sobre el tema de la inmigración escribiría varios artículos ("Inmigración y Colonización", "Centro de Inmigración y Colonias Agrícolas"), describiéndolo como uno de los dos problemas esenciales de la sociedad dominicana, para más tarde afirmar que era el "problema de los problemas y el medio de los medios, por que es el único que puede resolverlos todos". Aspiraba a la inmigración de "familias organizadas", que fueran "agentes de trabajo", específicamente agricultores, que sirvieran de "ejemplo económico, doméstico, cívico, de la población circundante". En este orden alentó un proyecto de inmigración de familias canarias, que sirviera de alternativa al modelo de colonato azucarero, al cual criticaba.

Sobre la industria azucarera, cuya expansión saludaba como vehículo de progreso, abrigaba algunas reservas, consecuencia de su conocimiento de las realidades cubana y puertorriqueña. Le perturbaba la idea de la dislocación que el desarrollo capitalista ocasiona, al penetrar las estructuras de sociedades tradicionales, casi autárquicas. Advertía contra el latifundio azucarero, la proletarización excesiva y la dependencia del colono frente al industrial. Proponía la creación de un banco agrícola, capaz de proveer recursos a los productores.

Entendía "la fabricación de azúcar como uno, y sólo uno, y no el mejor y el más pequeño, de los medios de producción de riqueza en nuestras tierras; nada más. Antes que ella, o junto a ella, la industria agrícola tiene en las Antillas un más vasto campo de producción, y probablemente más adecuado a nuestro estado social".

En el ferrocarril vió Hostos una herramienta de civilización formidable y dedicó varios artículos a ponderar las ventajas de proyectos que siguió muy de cerca. Como el que enlazaría a la comunidad agrícola de La Vega con el puerto marítimo de Sánchez, primer ramal de la red ferroviaria que uniría a las principales poblaciones del Cibao a través de "caminos de hierro". Lo mismo consignó en cuanto al telégrafo, el teléfono, las líneas de vapores y otros medios de comunicación civilizadores.

Pero su mayor influencia fue en las aulas. El impacto en la generación que recibió directamente su savia académica fue definitivo. El historiador Américo Lugo así lo testimonia: "Soy un discípulo de Hostos; él fue quien me formó espiritualmente después de mi padre. El me ha enseñado que sólo y únicamente en la virtud estriban el honor, la integridad y la nobleza. El contribuyó a constituir mi carácter. Mi conducta se inspira en él. Su enseñanza y su ejemplo son mis guías; los sigo cuanto puedo, aunque sé cuán inalcanzable es la pureza de mi modelo. Me arredran aquellas temibles palabras con que el Dr. Francisco Henríquez y Carvajal, para quien Hostos era un coloso, termina su perfil sobre éste: 'Seguídle, si podéis'."