20170114 http://www.diariolibre.com
Hostos visto por Cestero

En Hostos, hombre representativo de América, el escritor y diplomático Tulio Manuel Cestero trazó una semblanza del ilustre antillano en disertación homenaje ofrecida en la Academia de la Historia, en Bs Aires, el 28 de noviembre de 1939, con motivo del centenario de su natalicio. A 178 años de su feliz alumbramiento, resulta pertinente rescatar fragmentos de este texto iluminado.

“Hizo un siglo el 11 de enero de este año que advino al mundo en la menor de las cuatro grandes Antillas, Puerto Rico, Eugenio María de Hostos, quien, por la armonía de pensamiento y acción en servicio del ideal, alienta la esperanza de que en las islas del Mar Caribe habrá de cumplirse un ciclo luminoso como aquél que la admiración universal ha denominado ‘el milagro griego’. Y hace sesenta y seis años que por primera vez se reunieron en esta margen del ‘gran río color de león’, en el convivio espiritual, el eximio argentino Mitre, numen de esta docta casa, y el esclarecido antillano cuyo primer centenario conmemora en esta sesión pública la Academia Nacional de la Historia.

Por dos razones, la una fortuita, la otra imperativa, he aceptado este encargo tan honroso como abrumador. La primera, por ser el único antillano presente hoy en Buenos Aires con asiento como miembro correspondiente de esta Academia. La segunda, porque el dominicano Máximo Gómez, el último en el tiempo de los grandes libertadores americanos, trazó al morir Hostos norma de gratitud para todos sus compatriotas al varón preclaro, que amó a nuestra patria como a su isla nativa, aún irredenta, y la escogió, desde Chile y ocho años antes de su muerte, para su ‘residencia final y sepultura’. ‘No olvidemos nunca los dominicanos –escribió Máximo Gómez– la memoria de nuestro mejor amigo, Eugenio María de Hostos.’

De solar andaluz, Ecija, con casa y capilla blasonada, según Real Carta Ejecutoria de Hidalguía, otorgada por el Rey Don Juan II en 1436, procedía la rama de la familia Ostos, trasplantada al Nuevo Mundo, a México, Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico. Eugenio María de Hostos y de Bonilla, nacido en hacienda de Río Cañas, partido de Mayagüez, en la noche del 10 al 11 de enero de 1839, era vástago de la rama plantada en las Antillas y tenía en su sangre los jugos vitales de las tres islas, pues el abuelo, don Juan José de Hostos (que fue el primero, según lo observa el historiador dominicano Rodríguez Demorizi, en escribir con H el apellido), pasó de Cuba a Santo Domingo, y por la cesión de Santo Domingo a Francia, en 1795, emigró a Puerto Rico, en donde casó con la dominicana que fue abuela de Eugenio María.

Hostos legó a la posteridad vasta obra escrita, que casi en total ha permanecido inédita. Noticia reciente me permite informar que están impresos ya doce volúmenes de la edición oficial dispuesta por el Gobierno insular de Puerto Rico. Ejerció el magisterio en la República Dominicana y en Chile. Actuó en el periodismo y en la tribuna en España, Nueva York, Chile, Buenos Aires y en la República Dominicana. Defendió con sacrificio ilímite la emancipación de la isla nativa y la de Cuba y peregrinó por América sirviendo en grado eminente los ideales de la civilización americana.

Tres de sus obras fundamentales: Lecciones de Derecho Constitucional, Moral Social y Sociología, de gran mérito intrínseco, tienen valor óptimo en cuanto concurso honesto y sabio para la organización de nuestros pueblos. Luchador infatigable, nobilísimo temperamento en que se equilibran la ardentía y la prudencia, alto de espíritu, austero de vida, amante inflexible de la verdad, la pasión patria le mueve en todos y en cada uno de los pueblos americanos. Fue, pues, maestro, guía, apóstol, como hubo de calificarle, el primero, un argentino ilustre, aquí en Buenos Aires, José Manuel Estrada.

En carta a su progenitor, que es patético examen de conciencia, cuando Hostos se aprontaba a los azares de la lucha armada en la manigua cubana, escribió: ‘Mi vida vale mucho más que mi conducta, y mi conducta mucho más que mis libros. Estos no han sido comprendidos. ¿Cómo he de exigir que lo sean aquéllas? Resignado a morir desconocido y mal juzgado si no logro triunfar ruidosamente, prosigo impasible mi camino. Cuando haya otro hombre que recorra el suyo con igual pureza de intenciones, con igual olvido de sí mismo, con igual resistencia contra sus pasiones malas y buenas, con igual serenidad ante el dolor y la injusticia, yo me levantaré de mi tumba, si ya duermo, para juzgarlo, y entonces habrá un hombre juzgado en justicia por su igual.’

En verdad, señores, que si la obra escrita por Eugenio María de Hostos constituye una de las más fecundas páginas de la historia del pensamiento americano, su vida ejemplar es una de las más bellas realidades de la dignidad humana. He ahí, pues, por qué he preferido en este homenaje, en la casa consagrada al grave culto de la Historia de América, evocar esa vida que, con la de sus coetáneos antillanos, el cubano José Martí y el dominicano Máximo Gómez, forman la trilogía excelsa con que las Antillas cierran el ciclo de la emancipación americana.

Primero, antillano. La primera vocación de Hostos fue la milicia, y en ésta, el arma de Artillería; pero el padre, que había sido escribano real y secretario de la Reina Isabel II, le inclinó a la jurisprudencia, que, sin duda, le abriría cómoda carrera en la Corte. Entre los estudios secundarios, que cursó en Bilbao, y el inicio de los universitarios, en Madrid, Hostos hizo dos viajes a Puerto Rico. Entonces se le reveló el régimen colonial, que tenía muy abajo, en la sima, al negro esclavo, y muy arriba, en el ápice, al militar peninsular omnipotente. Herida su conciencia por tal espectáculo, después del segundo viaje, compuso y publicó en Madrid su primer libro, La Peregrinación de Bayoán, que fue, según su propia expresión, ‘un grito sofocado de independencia por donde empecé mi vida pública’.

En Madrid milita, cuan vigorosamente, en el grupo revolucionario de Castelar, Giner de los Ríos, Salmerón, Azcárate, Pi y Margall, Ruiz Zorrilla, Valera, Sagasta, Leopoldo Alas. Agita, inflama, conspira. Años después dirá a su padre: ‘La indiferencia con que me encerré en 1868 en mi casa, cuando los mil que nada habían hecho por el triunfo de la Revolución de septiembre pavoneaban delante de mí las migajas del poder que debían a la situación que yo había contribuido a crear; el exclusivo ocuparme de las Antillas, cuando nadie se ocupaba de ellas; mi rompimiento con España por defender a Cuba...’

Cuando de Barcelona le llama la juventud liberal para ‘cooperar a una acción desinteresada y generosa’, pues había allí ‘un partido liberal que buscaba un foco, hay un ansia de progreso que necesita satisfacción’, y es necesario que él, Hostos, ‘trate de realizar este pensamiento’, publica El Progreso, para servir activamente, ‘el renacimiento social, acaso más próximo en este momento de decadencia universal y de los principios del Partido Progresista’, y lo concreta en estas fórmulas: ‘Libertad individual asegurada por la consagración legal de todos los derechos del espíritu, y libertad municipal, fianza y práctica a un mismo tiempo de la libertad individual.’”

Hostos quiere “gobierno y asambleas coloniales para Cuba y Puerto Rico”. Opina “que el régimen actual nos lleva inevitablemente a la anexión” (a EEUU). Desea “la pronta independencia de Cuba y Puerto Rico”. Sin romper relaciones, creando “las que no existen hoy, las relaciones del afecto y del interés material, moral y etnológico.” En 1869 abandona España.

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