Iglesia dominicana: vientos de renovación
El Monseñor -con su sabia discreción y piadosas inquietudes- entró a la pequeña sala donde me encontraba conversando con una amiga común con la que compartimos pasiones culturales, salpicadas siempre con las risadas del anecdotario doméstico. Estamos en los días finales del año y es la hora en que el espacio matinal divide honores con las horas vesperales. Un turrón de Alicante auténtico y un café banilejo -del granero mocano, hago la observación con toda mi saña provinciana- lijan las delicias del momento.
De pronto, surge la pregunta por partida doble, alentada sin dudas por las observaciones provocadoras de reciente hechura de una admirada columnista: ¿Tendremos cambios en la gerencia eclesial durante el nuevo año? ¿Quiénes podrían ser los nuevos regentes de la Iglesia católica dominicana? Monseñor es discreto, ya lo dije, pero no baraja pleitos. Conoce los campos de batalla ignacianos pero también el método socrático. La respuesta viene envuelta en una requisición que plantea un desafío: ¿A ti quiénes te parecen viables para llevar el capelo y caminar con el báculo del criollo episcopado? Tú has escrito sobre las antinomias del discurso católico local, ¿cuáles son las de hoy? La demanda no puede quedar insatisfecha. Recojo el reto. Y comienza el amistoso debate entre católicos.
Advierto, de entrada, al Monseñor que las antinomias son parte de la vida eclesial y del desarrollo histórico de su apostolado. Es lo que, recogiendo una clásica expresión de sus propios documentos pastorales, el director de mi periódico desde hace tiempo insiste en recordar: que la Iglesia es "maestra en humanidad". De humanos azares está hecha su casta, aun con sus espirituales estelas. Si en el ayer de hace una cincuentena de años, había un Pittini cercano al poder que callaba y un Panal que arremetía sin miedo contra ese poder y sus desafueros, o un presbítero Castillo de Aza que reclamaba la benefactura de la Iglesia para el dictador y al frente un padre Cruz Inoa o un Vinicio Disla que llevaban a los seminaristas a conspirar contra aquel estado nefasto, hoy tenemos a un Mario Serrano ignorando a diario con declaraciones y acciones las evaluaciones sobre la realidad nacional del jefe de la Iglesia dominicana. O a un padre Rogelio enfrentando en la calle y en la plaza, hasta con piedras si es menester, las desigualdades sociales o las afrentas de las promesas incumplidas. Serrano cumple fielmente una norma jesuítica global, que es política de la orden de San Ignacio: la defensa de los inmigrantes. Rogelio transgrede el estilo salesiano, que por más justo que pueda ser el que enarbola no va en consonancia con el carisma de los hijos de Don Bosco.
En otras palabras, sin añadir más nombres, corre una iglesia que se acoge a la oración y al servicio de almas, y otra de presencia pública y atención a las batallas del mundo. Corre una iglesia jerárquica, muchas veces cercana al poder político, y una iglesia militante, llena del polvo de los caminos de la utopía social. Una iglesia servidora, obsequiosa, silenciable, y una Iglesia profética, denunciante y en algunos casos, virulenta. Una iglesia tradicional y una iglesia renovada. Una iglesia de compromisos y días de guardar, y una iglesia activa, de oración y penitencia. Una iglesia de sacerdotes templados en la prudencia y el recato, y una iglesia de furores varios que propende siempre al pecado del escándalo. Una iglesia política y una iglesia contemplativa. Una iglesia dominical y una iglesia doctrinal. Una iglesia cursillista y posconciliar, y una iglesia lefrebrista. Corre la iglesia carismática y la iglesia de fin de semana, la iglesia comprometida y radical, y la iglesia dogmática y cerrada; la iglesia ecuménica y la iglesia que se mantiene en vilo frente al auge de las sectas cristianas o metafísicas. Hay una iglesia que combate los dictámenes, ya medio alicaídos, de la teología de la liberación, y otra que disfruta los resabios de Hans Kung. Son antinomias a veces subterráneas y, en ocasiones, alborotadoramente proyectadas.
Falta una crucial en estos momentos, Monseñor -acoto mientras él me observa risueño y, de cuando en vez, mueve la cabeza afirmativamente. Ha concluido el reinado de Wojtila y Ratzinger que, sin dudas, afianzó la fe, alimentó la ortodoxia, reconfiguró, desde sus cimientos propios, la doctrina, y reimpuso la disciplina eclesiástica que pareció en algún momento tambalearse. Las antinomias parecían crecer entonces desde un solo lado. Ahora estamos en la era de Bergoglio y la iglesia adopta cariz y ritmo latinos. Además, ya no deberían volver las disputas soterradas entre el Papa Negro y el Obispo de Roma, pues ambos son jesuitas. Bergoglio es renovación desde otro retén. La iglesia del escándalo debe perimir. Y la tolerancia no solo debe ser norma, sino acicate para una renovada evangelización que, a su vez, no se aparte de la Verdad y del Perdón.
¡Santo Dios!, le escuché decir a este Monseñor generoso y perspicaz, sin entender el por qué de la beatífica exclamación. Pero, a su pedido, continué. Me lanzo sobre su primera cuestión. Y replico: la Iglesia nuestra tiene un serio problema. Se nos agotan las mentalidades sabias, los liderazgos sólidos. Muchas parroquias parecen desprotegidas, dejadas al azar. Los buenos predicadores son tan pocos que se dificulta reconocerlos. La época de fray Vicente Rubio, desde el púlpito grande de los dominicos, ha cedido. O la del padre Milton Ruiz, desde el púlpito pequeño de una parroquia al sur de la capital, por igual. Otros muy buenos, o han fallecido o están retirados por enfermedad, o languidecen aún en sus respectivas parroquias sin muchas fuerzas, a causa de buenos sustitutos. No hay dudas de que ha llegado a su fin el tiempo de las luces que aportaban a la Iglesia los monseñores Adames, Flores y Arnaiz. Algunos de los obispos actuales han de retirarse a causa de la edad, probablemente en el curso del año que comienza. Y a otros deberían pasarlo a retiro por falta de liderazgo solvente en la Iglesia y en la sociedad a la que sirven.
Rebuscamos entre ambos (a esta hora del desafío ya Monseñor había tomado sus armas) y ni él, que conoce obviamente mucho mejor a la Iglesia y sus servidores, que yo que la conozco como simple feligrés, pudimos dar con los sustitutos de, por lo menos, tres obispos que han de irse este año. Al jefe de la Iglesia local le otorgamos tres años más, hasta que llegue a los ochenta, para su retiro, a menos que Bergoglio aproveche sus bríos, su inteligencia y su buena salud para llevarlo a la curia romana a uno de sus comités pontificios. Le anoté, sin reparos, cuatro nombres para ascensos obispales y les señalé razones que ahora solo brevísimamente detallo. Los salesianos Pastor Ramírez y Luis Rosario, el primero porque tiene "aire" episcopal y se maneja con prudencia y sencillez; el segundo, porque falta un obispo que se identifique a tiempo completo con las aspiraciones de la juventud. Agrego al diocesano Benito Angeles, que está en el banco y merece que lo llamen ya a juego. Esforzado, talentoso, espiritual y muy práctico a la vez. Y termino con dos jesuitas: Manuel Maza Miquel, porque van languideciendo las intelligentsias en la curia dominicana ante la ausencia de Arnaiz, y Guillermo Perdomo Montalvo -sobrino del formidable sacerdote jesuita Juan Montalvo- en razón de su identificación con los pobres y los marginados que es uno de los ejes centrales del episcopado de Francisco.
Me parece equilibrada y razonable tu propuesta, pero tengo mis dudas, me señala muy serio el Monseñor. Y agrego, provocadoramente: para sustituir al Arzobispo Primado no encuentro sustitutos. Señalo a Masalles, que tiene excelente formación en las Sagradas Escrituras (parece insólito, pero muchos sacerdotes carecen de este conocimiento fundamental), atrae a mucha gente por su prédica y dirige una pujante parroquia en Arroyo Hondo. Tengo mis reparos que Monseñor comparte. ¿Y de Espinal, el de Mao, qué te parece? No lo conozco bien. Alguna vez ha estado en tanda caliente, pero hace rato que está en tanda fría. Pero, quién sabe. Al Arzobispo actual lo trajeron de San Francisco de Macorís, no es descabellado importar uno desde Montecristi.
El tiempo se nos va y es hora de almuerzo. Monseñor recoge los bártulos. Me encamino a almorzar. La anfitriona se muestra somnolienta: por la hora y por el coloquio eclesial de sus contertulios. Monseñor acentúa al partir: vienen cambios grandes en la Iglesia. Todavía no habíamos leído ninguno de los dos la difusión en el internet navideño de las medidas renovadoras tomadas por Francisco. Entre ellas, las de eliminar el título de Monseñor a los que no son Obispos, capellanes del Santo Padre o pasan de 65 años. El Monseñor amigo, que no es Obispo, se salva por la edad y porque está en retiro. No lo he llamado aún este año para fraguar un nuevo conversao.
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La Iglesia nuestra tiene un serio problema.
Se nos agotan las mentalidades sabias, los liderazgos sólidos. Muchas parroquias parecen desprotegidas, dejadas al azar. Los buenos predicadores son tan pocos que se dificulta reconocerlos. La época de fray Vicente Rubio, desde el púlpito grande de los dominicos, ha cedido. O la del padre Milton Ruiz, desde el púlpito pequeño de una parroquia al sur de la capital, por igual. Otros muy buenos, o han fallecido o están retirados por enfermedad...
Diario Libre
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