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Imaginación y estilo en la creación de sueños para la gente menuda (1 de 2)

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Imaginación y estilo en la creación de sueños para la gente menuda (1 de 2)
El patito feo.

Hans Christian Andersen fue un niño que vivió gran parte de su infancia sin ninguna protección familiar, debido a la muerte temprana de su padre y a unas segundas nupcias de su madre que decidió atender más a su marido que a su imberbe criatura.

A los catorce años, aquel jovencito hijo de un zapatero remendón, no sabía aún leer ni escribir y se sostenía mendigando en las calles de Copenhague. A pesar de estas circunstancias, Andersen comenzó a colarse en las representaciones teatrales de la época y, a partir de los parlamentos que escuchaba pronunciar a los actores, comenzó a forjarse una educación autodidacta. Tenía, obviamente, condiciones naturales, dones y atributos que llegaron en sus genes, lo que le permitió convertirse al cabo de los años en escritor, y no en un escritor cualquiera porque manejaba varios géneros: la poesía, la novela, la dramaturgia y el cuento. Y en este ejercicio aprendido sin orientación alguna, salvo su propio instinto creativo y su fabulosa imaginación, pasó a ser al paso del tiempo el escritor danés más admirado y el más representativo de su país.

Andersen vivió en la pobreza, fue un joven de vida callejera y solitaria, sufrió siempre los embates de las carencias económicas, pasaba hambre y no tenía suficiente protección durante los duros inviernos. Para colmo de males, sus biógrafos afirman que carecía de buena presencia física. A pesar de todas estas condiciones adversas, el escritor danés, en vez de envolverse en un halo permanente de pesimismo, frustración, desolación y tristeza, optó por descubrir la belleza que se encontraba a su alrededor, y como consecuencia de esa observación rigurosa y tenaz, acabó creando una de las literaturas más extraordinaria para niños, jóvenes y adultos que se conozca, dejando una estela creadora que resulta totalmente indispensable como referencia fundamental en la literatura infantil de todo el universo.

A diferencia de Andersen, los hermanos Wilhelm y Jacob Grimm, que han pasado a la historia simplemente como los hermanos Grimm, vivieron una vida holgada y cómoda, hijos de una familia de burgueses intelectuales de un pueblito alemán, donde desde temprana edad comenzaron a manifestar condiciones excepcionales como escritores y artistas. Suele mencionarse solo a los dos escritores, pero fueron tres hermanos. El tercero fue un destacado grabadista y pintor. De modo que, contrario a Andersen, tuvieron formación en el hogar y en la escuela para aprender el oficio de la escritura y conocer los valores del arte.

Vivieron desde jóvenes ejerciendo de ratones de biblioteca, llegaron a ser profesores universitarios y uno de ellos alcanzó incluso un escaño en el parlamento alemán. Su formación fue tal que hoy no se les recuerda solamente como escritores importantes, sino que gracias a sus investigaciones lingüísticas ambos son considerados los fundadores de la filología alemana. A los treinta años de edad, ya eran famosos por sus libros. Supongo además -porque sus biógrafos no dejan esta constancia- que no poseían la fealdad parece que demasiado impactante que acompañó siempre a Hans Christian Andersen.

¿Qué une, a pesar de sus diferencias sociales, humanas, educativas y hasta físicas a estos tres personajes de la literatura universal? La imaginación creadora. Uno a solas, los otros a dúo. ¿Qué aspectos los identifican y los distancian entre sí? Ambos -hablemos de los hermanos Grimm como una sola entidad- crearon cuentos que han poblado por largas décadas la imaginación infantil, pero ninguno de ellos inventó sus personajes y sus historias pensando en la gente menuda. Cosa curiosa, pero real. Uno, Andersen, extrajo sus historias de sus duras vivencias infantiles y de la realidad observada. Un pensamiento suyo muy conocido retrata su ejercicio en la escritura: "De la realidad nace precisamente el cuento más asombroso". Los hermanos Grimm escriben y divulgan sus relatos en un momento difícil de la vida alemana. Cuando Prusia fue invadida por el ejército napoleónico, los dirigentes alemanes clamaron por la defensa de la identidad nacional, instando a la resistencia conforme los valores históricos e identitarios del orgullo y el nacionalismo alemán. Los hermanos Grimm hicieron su aporte para reforzar este ideal que tuvo un carácter popular, creando sus cuentos que más tarde se convertirían en historias fundamentales de la niñez de todo el mundo.

Los cuentos de Andersen, nacidos de la pura realidad, no contienen un lenguaje que toque directamente la imaginación y la sensibilidad de la gente menuda. Son relatos para que la gente adulta -aunque no fuese ése el propósito del escritor danés- los lea, los rememore y los consuma como historias propias frente a sus hijos. La lectura de "La familia feliz", "En el corral de los patos", "El patito feo", "Juan Patán, "Pulgarcita", "El firme soldado de plomo" o "La reina de las nieves", nos convencerá de que están redactados en un lenguaje que ningún infante ha de comprender con facilidad. Con los años, estos relatos fueron siendo modificados para historietas y para hacerlos más comprensibles a los niños, que al final terminaron recogiendo esas historias como parte de su imaginario.

Los cuentos de los hermanos Grimm exhiben un estilo y un lenguaje directamente más en consonancia con los adultos. De hecho, no eran cuentos para niños. Contenían originalmente escenas de extrema dureza, incluso alusiones sexuales. Los Grimm traían en su imaginación influencias de lecturas diversas. No eran tan espontáneos como Andersen, que no tuvo vivencias lectoriales tan determinantes, salvo las que el teatro les enseñó de forma directa en las representaciones a las cuales acudía en su tierra natal. Andersen y los Grimm tienen pues estas coincidencias: no escribieron para adultos y con el discurrir de los tiempos sus cuentos sufrieron adaptaciones para que fueran de consumo infantil. Los de Andersen empero mantuvieron su pureza original. Los de los hermanos Grimm perdieron sus impurezas originales. Empero, toda la obra literaria de los Grimm forma parte de la vida y la historia personal de cada niña o niño que puebla su imaginación y sus fantasías con los relatos de Blancanieves, La cenicienta, La bella durmiente, Pulgarcito y Hansel y Gretel. Tan para adultos quisieron que fueran los hermanos Grimm estas historias, que no consintieron en principio que sus libros fueran ilustrados. Solo al cabo de los años, cuando se hicieron inmensamente populares, aceptaron que su hermano grabadista ilustrara las ediciones de esos relatos.

Estos breves apuntes sobre dos capítulos señeros de la producción de cuentos infantiles de la literatura universal, sirven para demostrarnos cómo la realidad y la fantasía, o sea, la observación de la realidad como fuente nutricia para la creación literaria, y la pura fantasía o la imaginación creadora como vehículo para forjar un mundo nuevo en la mente de los lectores, adultos, jóvenes o infantes, son elementos de diferente contenido y alcance que se acoplan al propósito de posibilitar un espacio de ensueño y reflexión, de diversión y entretenimiento didáctico para la gente menuda.

Pero, al mismo tiempo, nos muestra como una historia, cualquiera que fuese, no necesariamente tiene que dirigirse a la niñez para convertirse en un instrumento educacional o de desarrollo de la imaginación y la inteligencia en los infantes. Los cuentos infantiles más extraordinarios y los más populares, para llamarlos de alguna forma, no fueron escritos directamente para los niños sino para adultos. Los adultos se encargaron de transformarlos para contárselos a los niños. Y el resto lo hicieron los libros ilustrados, los comics, los dibujos animados de la tevé, y el cine. Y, por supuesto, ya que no podemos ignorarlo, la magia mercadológica de Walt Disney que hizo de los cuentos de los hermanos Grimm toda una epopeya de la imaginación y la fantasía que a niños y adultos nos encandila sorprendentemente.

¿Existe por tanto un estilo y un lenguaje para la literatura infantil? Por mucho tiempo, he creído que sí. Y con los años me he convencido que no, necesariamente. Pretender el aprendizaje, la creación o el sostenimiento de un lenguaje para infantes en la generación de relatos infantiles restringe la capacidad imaginativa del escritor, o sea del hacedor de historias, y coloca un dique limitante al desarrollo volitivo y creativo del infante. De modo que creador y receptor se ven compelidos a adaptarse a un lenguaje que intenta fraguar la sencillez del relato bajo el entendido de que la comprensión de los infantes será unánime, pero que puede coartar su capacidad imaginativa y el enriquecimiento mismo de su vocabulario, que es otra tarea implícita en la forja de historias infantiles.

¿Quiere decir esto que afirmo que no es necesario crear relatos para niños en lenguaje propio para ellos, que es un lenguaje de vocablos y explicaciones limitado? No. Entiendo que hay escritores que producen cuentos bajo normas lingüísticas de apreciable sencillez, que son singularmente ejemplares. Pero, no necesariamente ésta debe ser una norma general. A partir de Andersen y los hermanos Grimm se demuestra que se puede crear un mundo de imaginación para los infantes con un lenguaje que enriquezca su forma de conocer el mundo y la realidad, o de generar una fantasía tan necesaria en los años cortos de la vida a través no solo de vocablos o estilos de expresión, sino también de historias que han de ayudarle a desarrollar la inteligencia y la visión del mundo y sus caminos múltiples.