James Salter, el héroe más longevo de la generación de la ruptura
"La gente tiene ganas de hablar conmigo y son muy amables por hacer el esfuerzo", dijo una vez

NUEVA YORK.- La muerte fue la que más esperó por el escritor James Salter, que se había llevado hace muchos años a sus coetáneos Richard Yates o Jack Kerouac, y le dejó como testigo resistente de la evolución de un mundo al que ellos sacaron del cascarón, con sus contradicciones, deseos y frustraciones renovadas.
James Salter, nacido en 1925 y que murió este viernes en Sag Harbor, Nueva York, no fue la voz más punzante de su generación, pero fue la que más duró, la que dejó que el barniz del tiempo revalorizara una obra que, jalonada con grandes títulos como "Años Luz" o "Juego y distracción", resurgió en 2013 con su vigoroso canto de cisne, "Todo lo que hay".
"Tiendo a pensar que todo el mundo es tan mayor como yo, que saben lo que yo sé, y eso evidentemente no es verdad. (...) La gente tiene ganas de hablar conmigo y son muy amables por hacer el esfuerzo, pero en el fondo no saben de lo que les estoy hablando. Eso es lo que me hace notar que soy viejo, lo que hace sorprenderme de que todavía me sienta joven", decía a Efe al presentar su última novela, en abril del año pasado.
El tiempo era, quizá, el gran protagonista de su obra. Su paso inexorable sobre los principios, las pulsiones, los afectos y las verdades de sus personajes, siempre atrapados entre el impulso visceral y la responsabilidad moral. En la cuerda floja, entre la libertad y el egoísmo.
"Estamos tan influenciados por los que nos rodean, sobre lo que esperan que seas, que se enmaraña todavía más la perspectiva sobre tu identidad. Al final, todo se reduce a preguntarte si estás satisfecho", decía. Él, al final de sus días, se describía así: "plácido y satisfecho, pero todavía con inquietudes".
Su vida no en vano, era como la de sus personajes: llena de capítulos complementarios a veces, otras paradójicos.
Nacido James Arnold Horowitz, a los 20 años se graduó en la Academia Militar de West Point, donde se formó como piloto de caza. Fue voluntario en Corea y cumplió en más de un centenar de misiones de combate en una carrera militar de doce años que cambió por la pluma.
Su primera novela fue la transición de un mundo a otro, "The Hunters", sobre su experiencia bélica, y fue entonces cuando decidió cambiar su nombre al de James Salter. Luego se levantó del diván y empezó a escribir historias menos autobiográficas tanto para el cine como para la literatura.
Siempre le quedó, eso sí, el uso de las palabras con la precisión de su mejor disparo, pues no en vano su prosa fue calificada por los críticos como de "le mot juste" (la palabra exacta), manejando nombres tan distintos como Ernest Hemingway, Henry Miller, André Gide y Tom Wolfe como referentes y sirviendo a su vez como influencia a Richard Ford.
Fue un mujeriego tan empedernido que a veces era confundido con misógino por reivindicar que, en su época, el sexo era otra cosa. "Soy una persona con un fuerte impulso sexual, pero reconozco que las nuevas generaciones tienen que lidiar con un tipo de mujer que a mí me intimidaría, mucho más preparada y desafiante", aseguraba.
Y, pese a su retrato magistral de las vidas largas, no recibió el premio PEN/Faulkner hasta que en 1988 publicó la colección de relatos "Anochecer".
Casado dos veces y padre de cinco vástagos, su vida y su emotividad vivieron un momento crítico cuando la muerte sorprendió a una de sus hijas, una herida que, dijo, "no se cura nunca", pero llegó a vivir en paz en los últimos años de su vida, en su casa en Bridgehamptons, donde vivía con su segunda mujer, Kay Elderedge y recibía la cosecha de tan larga carrera.
Esos años en los que fue candidato en 2012 al premio Pen Malamaud, fue galardonado en 2013 con el premio Whindham Campbell de Literatura y, en 2014, candidato al Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
Pero esos años en los que escribía sin voluntad de publicar, paseaba y, cuando daba entrevistas, se encargaba de recoger él mismo en coche al periodista.
"La vida corriente no tiene por qué significar menos energía. La energía no tiene por qué estar en lo extraordinario", aseguraba en su salón, sin dejar de reconocer que "con la edad la poesía desaparece, se pierde la capacidad para la sorpresa y el asombro".
James Salter, nacido en 1925 y que murió este viernes en Sag Harbor, Nueva York, no fue la voz más punzante de su generación, pero fue la que más duró, la que dejó que el barniz del tiempo revalorizara una obra que, jalonada con grandes títulos como "Años Luz" o "Juego y distracción", resurgió en 2013 con su vigoroso canto de cisne, "Todo lo que hay".
"Tiendo a pensar que todo el mundo es tan mayor como yo, que saben lo que yo sé, y eso evidentemente no es verdad. (...) La gente tiene ganas de hablar conmigo y son muy amables por hacer el esfuerzo, pero en el fondo no saben de lo que les estoy hablando. Eso es lo que me hace notar que soy viejo, lo que hace sorprenderme de que todavía me sienta joven", decía a Efe al presentar su última novela, en abril del año pasado.
El tiempo era, quizá, el gran protagonista de su obra. Su paso inexorable sobre los principios, las pulsiones, los afectos y las verdades de sus personajes, siempre atrapados entre el impulso visceral y la responsabilidad moral. En la cuerda floja, entre la libertad y el egoísmo.
"Estamos tan influenciados por los que nos rodean, sobre lo que esperan que seas, que se enmaraña todavía más la perspectiva sobre tu identidad. Al final, todo se reduce a preguntarte si estás satisfecho", decía. Él, al final de sus días, se describía así: "plácido y satisfecho, pero todavía con inquietudes".
Su vida no en vano, era como la de sus personajes: llena de capítulos complementarios a veces, otras paradójicos.
Nacido James Arnold Horowitz, a los 20 años se graduó en la Academia Militar de West Point, donde se formó como piloto de caza. Fue voluntario en Corea y cumplió en más de un centenar de misiones de combate en una carrera militar de doce años que cambió por la pluma.
Su primera novela fue la transición de un mundo a otro, "The Hunters", sobre su experiencia bélica, y fue entonces cuando decidió cambiar su nombre al de James Salter. Luego se levantó del diván y empezó a escribir historias menos autobiográficas tanto para el cine como para la literatura.
Siempre le quedó, eso sí, el uso de las palabras con la precisión de su mejor disparo, pues no en vano su prosa fue calificada por los críticos como de "le mot juste" (la palabra exacta), manejando nombres tan distintos como Ernest Hemingway, Henry Miller, André Gide y Tom Wolfe como referentes y sirviendo a su vez como influencia a Richard Ford.
Fue un mujeriego tan empedernido que a veces era confundido con misógino por reivindicar que, en su época, el sexo era otra cosa. "Soy una persona con un fuerte impulso sexual, pero reconozco que las nuevas generaciones tienen que lidiar con un tipo de mujer que a mí me intimidaría, mucho más preparada y desafiante", aseguraba.
Y, pese a su retrato magistral de las vidas largas, no recibió el premio PEN/Faulkner hasta que en 1988 publicó la colección de relatos "Anochecer".
Casado dos veces y padre de cinco vástagos, su vida y su emotividad vivieron un momento crítico cuando la muerte sorprendió a una de sus hijas, una herida que, dijo, "no se cura nunca", pero llegó a vivir en paz en los últimos años de su vida, en su casa en Bridgehamptons, donde vivía con su segunda mujer, Kay Elderedge y recibía la cosecha de tan larga carrera.
Esos años en los que fue candidato en 2012 al premio Pen Malamaud, fue galardonado en 2013 con el premio Whindham Campbell de Literatura y, en 2014, candidato al Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
Pero esos años en los que escribía sin voluntad de publicar, paseaba y, cuando daba entrevistas, se encargaba de recoger él mismo en coche al periodista.
"La vida corriente no tiene por qué significar menos energía. La energía no tiene por qué estar en lo extraordinario", aseguraba en su salón, sin dejar de reconocer que "con la edad la poesía desaparece, se pierde la capacidad para la sorpresa y el asombro".
Diario Libre
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