20180609 https://www.diariolibre.com

En la tercera semana de abril y en la segunda del mes de mayo ocurrieron dos acontecimientos de especial magnitud en el orden literario que, hasta donde he podido conocer, no han producido la atención que deben merecer ambos hechos en nuestra sociedad cultural. A dos relevantes escritores latinoamericanos les fueron otorgados los honores mayores que concede la literatura hispana: el nicaragüense Sergio Ramírez recibió el Premio Cervantes que, como todos saben, es el máximo lauro de las letras en nuestra lengua, y el poeta venezolano Rafael Cadenas fue escogido como ganador del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, convertido desde hace horas en el de mayor prestigio en los países de lengua española y portuguesa. Dos escritores de dos naciones que viven actualmente momentos convulsos que habrán de desembocar, necesariamente, en una nueva historia.

Ambos autores han visitado nuestro país. Cadenas fue invitado de honor del Festival Internacional de Poesía de Santo Domingo en 2008, junto al poeta español Antonio Gamoneda, quien ganara el Cervantes en 2006. Hombre de una gran sencillez y humildad, parecía siempre desear que lo ubicasen en la última fila, donde pudiera pasar desapercibido. Esa fue la impresión que me causó. Algún crítico ha calificado su poesía de “sigilosa” y eso es justamente lo que él aparenta ser en su discurrir humano: un hombre reservado. Cuando se conversa con él es, sin embargo, afable, cercano, pero sin dejar de establecer distancia, no por su grandeza, sino precisamente por su estilo personal de vida. Volví a verle menos de un año después en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde al ser ganador ese año del Premio FIL de literatura en lenguas romances, que concede el más importante evento editorial de Latinoamérica, tuvo a su cargo el discurso central. He recordado mucho ese discurso porque casi diez años atrás, con gran arrojo, denunció los males políticos de su patria y vaticinó lo que está ocurriendo hoy en Venezuela. Cuando se retiraba, al concluir el acto, al pasar por mi lado lo saludé con cariño y respeto. Me devolvió el saludo de modo cortés y siguió caminando muy lentamente, pero cuando escuchó quién era y de dónde venía, se devolvió, me saludó entonces con entusiasmo y me dijo: “Mi visita a Santo Domingo me resulta inolvidable. Salúdame a todos los muchachos de allá, los recuerdo con cariño”. Esos “muchachos” eran los poetas José Mármol, Soledad Álvarez, Mateo Morrison, Basilio Belliard que, entre otros, habían organizado el festival aludido.

La poesía de Cadenas es descriptiva, rebelde, donde el lenguaje dialogante construye una síntesis lírica dominante. Dos de sus antologistas (Esteban y Aparicio) lo sintetizan de este modo: “La voz lírica declara con urgencia que cada palabra debe llevar lo que dice, que debe ser como el temblor que la sostiene y que habría de mantenerse como un latido”. Fabienne Bradu dice que su nombre “recorre America Latina como la contraseña de una estrecha cofradía”. Y el colombiano Darío Jaramillo Agudelo lo ubica con precisión como “la más alta contribución de Venezuela a la poesía escrita en castellano durante el siglo XX” junto a Eugenio Montejo y a los antecesores de ambos José Antonio Ramos Sucre y Juan Sánchez Peláez.

Rafael Cadenas, y creo que es muy significativo el dato, releva en el premio Reina Sofía a la nicaragüense Claribel Alegría, quien lo recibió el año pasado apenas meses antes de su fallecimiento. Esta poeta también estuvo invitada a uno de nuestros festivales de poesía y viajó con nosotros, junto a un nutrido grupo de poetas, a Santiago de los Caballeros donde leyó su poesía y disfrutó nuestro merengue en el Monumento a los Héroes de la Restauración. Dos figuras tan cercanas recibiendo de forma consecutiva este gran lauro poético –la cubana del grupo Orígenes, Fina García Marruz fue reconocida con este galardón en 2011– es un signo alentador de que la poesía latinoamericana camina con buen rumbo hacia su consagración universal. Cadenas, ya con 88 años a cuestas, ha dicho que probablemente no pueda asistir a Salamanca en octubre a recibir este premio, como sucedió con García Marruz, ya nonagenaria, que envió a uno de sus nietos. Pero, es, sin dudas, un consagrado internacional, aunque lo fuese desde que su patria le otorgó el Premio Nacional de Literatura por toda su obra en 1985.

A Ramírez lo conocí en mi Moca nativa en aquella gran campaña para recaudar recursos económicos y respaldo político y popular en la lucha final contra la dictadura de Somoza que llevó al poder al Frente Sandinista de Liberación Nacional. Ramírez era uno de los doce dirigentes principales de esa organización y llegó a ser luego vicepresidente de Nicaragua. Lo invité en 2011 como la figura principal de la Feria Internacional del Libro y dictó una conferencia memorable en la sala Aida Bonnelly de Díaz. Lo leí por primera vez hace treinta años cuando publicó su gran novela “Castigo Divino”, que figura entre mis libros favoritos de siempre. Elogiada por Carlos Fuentes, esta novela abrió a Ramírez la puerta del reconocimiento internacional. Basada en hechos reales, aunque guardando las distancias objetivas y de técnica (algo similar hicieron en su tiempo Flaubert con Madame Bovary y Sthendal con Rojo y Negro), el narrador logra recrear, bajo una crónica renovada, el proceso criminal más sonado en toda la historia judicial de Nicaragua, cuando en la ciudad de León, en 1933, un joven abogado guatemalteco, Oliverio Castañeda, fue acusado de envenenar a su esposa, al importante hombre de negocios don Carmen Contreras, que lo había alojado en su casa, y a la hija de éste, Matilde. Ramírez empleó varios años en la investigación de este suceso y al trasladar la historia a la ficción dibujó la realidad latinoamericana, describiendo la corrupción de la justicia, la cacería de reputaciones, las ambigüedades del ejercicio profesional y la aferrada fijación de los símbolos sociales. Una verdadera crónica de la injusticia, escrita con rigor, ironía y hasta comicidad. El novelista no sólo empleó el uso formal de los documentos extraídos de los anales del juicio a Oliverio Castañeda, sino que además diversificó el lenguaje de la narración, haciendo uso muy ajustado del lenguaje científico, del lenguaje legal y del lenguaje periodístico.

Desde esa lectura, me convertí en un fan de Sergio Ramírez, su obra narrativa, ensayística, testimonial y sus antologías. He leído con asombro y placer su discurso al recibir el Cervantes en Alcalá de Henares. Y no puedo dejar de compartir esta breve parte que nos ayuda a entender el oficio del novelista: “A través de los siglos la historia se ha escrito siempre en contra de alguien o a favor de alguien. La novela, en cambio, no toma partido, o si lo hace, arruina su cometido. El vasto campo de La Mancha es el reino de la libertad creadora. Un escritor fiel a un credo oficial, a un sistema, a un pensamiento único, no puede participar de esa aventura diversa, contradictoria, cambiante, que es la novela. Una novela es una conspiración permanente contra las verdades absolutas. Cerrar los ojos, apagar la luz, bajar la cortina, es traicionar el oficio. Los novelistas somos testigos de cargo. Nuestro oficio es levantar piedras, decía Saramago; si debajo lo que hallamos son monstruos, no es nuestra culpa”.

En ese mismo discurso, el gran escritor de Nicaragua dijo que la escritura era un milagro provocado. Sergio Ramírez, desde la novela, y Rafael Cadenas, desde la poesía, demuestran con su gran obra esta aseveración. Escribir es “una epifanía de cada día”, un acto cotidiano para aprender a “atrapar la gracia”, una apuesta para “revelar los entresijos cambiantes de la condición humana”, un “milagro provocado. Y no pocas veces un milagro una y otra vez corregido”.

www.jrlantigua.com

Libros
Castigo divino
Castigo divino

Sergio Ramírez (Editorial Nueva Nicaragua, 1988. 456 págs.)

Al decir de Carlos Fuentes: “Ramírez extiende la técnica flaubertiana a una sociedad entera, verdadero microcosmos de la América Central, pues aunque situada en León, la acción reverbera en Costa Rica y Guatemala... Es Centroamérica y estamos allí dentro de un abrazo tan húmedo y sofocante como el clima mismo”.

Margarita, está linda la mar
Margarita, está linda la mar

Sergio Ramírez (Premio Alfaguara 1998. Alfaguara, 1998. 373 págs.)

Sergio Ramírez logra en esta novela que toda la historia de su país quepa en una cumplida metáfora de realidad y leyenda. Un lenguaje cuya brillantez subyuga al lector, con ráfagas de humor e ironía. Una novela perfecta, rebosante de nobleza y precisión poética. Una obra excepcional.

Ya nadie llora por mí
Ya nadie llora por mí

Sergio Ramírez (Alfaguara, 2017. 356 págs.)

La más reciente novela del ganador del Premio Cervantes de este año. Con un extraordinario manejo del humor y la ironía, y la maestría narrativa que caracteriza toda su obra, Ramírez regresa al género negro con un personaje que ya protagonizó otra de sus novelas “El cielo llora por mí”, de 2008. Sexo, dinero, corrupción y tramas de poder son sus claves.

Obra entera. Poesía y Prosa (1948-1998)
Obra entera. Poesía y Prosa (1948-1998)

Rafael Cadenas (Fondo de Cultura Económica, 2000. 733 págs.)

La obra completa del único poeta que en Venezuela siempre ha agotado todas las ediciones de sus libros. Desde sus versos iniciales hasta su clásico “Derrota”, el lector puede celebrar con este libro a un poeta que –al decir de Darío Jaramillo- leen los poetas con respeto creciente. Setenta años en el oficio.

Antología Poética
Antología Poética

Rafael Cadenas (Edición: A. Esteban/ Y. Aparicio. Ediciones Valparaíso, 2016. 191 págs.)

Esta obra es un recado para todos aquellos que buscan en la palabra un compromiso, una lucidez, una reflexión, una constatación y un cotejo de la realidad que les acomode solidariamente en una actitud ante el mundo. Sus poemas breves, son dardos, y sus poemas extendidos: una lluvia que cala y empapa hasta los tuétanos.

COMENTARIOS
Para comentar, inicie sesión o regístrese