20180113 https://www.diariolibre.com

En el Diario de Colón se consigna que, en la primera expedición por el interior de Cuba, se encontró “mucha gente que atravesaba a sus pueblos, mujeres y hombres, con un tizón en la mano y yerbas para tomar sus sahumerios que acostumbraban”, aludiéndose así a la práctica de los indios de fumar túbanos. En su Historia de las Indias, Las Casas refiere que los aborígenes de La Española llamaban tabaco a “estos mosquetones”, habiéndose extendido entre los españoles el hábito de fumarlos. A tal grado, que al ser reprendidos por este vicio, respondían que no “estaba en sus manos dejarlo”. Lo cual hizo exclamar quejoso al sacerdote: “no sé qué sabor o provecho hallaban en ello”.

En Historia del Mondo Novo (1572), Benzoni resalta la importancia de la planta y su uso por los indios: “En esta isla, como en algunas otras provincias de estos nuevos países, hay unos arbustos no muy altos, parecidos a cañas, que producen una hoja como la del nogal, pero de tamaño algo mayor, que es tenida en grandísima consideración por los habitantes, y es también muy apreciada por los esclavos que los españoles han traído de Etiopía. Al llegar la temporada los naturales recogen esas hojas y atadas en manojos las cuelgan encima del lugar donde hacen fuego, hasta que estén bien secas; cuando las quieren utilizar toman una hoja de espiga de su trigo, le ponen adentro una de las otras, las enrollan juntas en forma de cañón y luego por un lado les dan fuego, y teniendo la otra parte en la boca, aspiran el aire hacia ellos, de manera que aquel humo les va a la boca, a la garganta y a la cabeza. Lo soportan lo más que pueden puesto que les da placer.”

Para los aztecas el tabaco -que tenía usos medicinales y rituales- se hallaba asociado a Tlaloc, dios de la lluvia, quien al echar bocanadas de humo formaba las nubes, de donde se originaba la lluvia. Chac, divinidad maya de la lluvia, fumaba para precipitar el agua. Para las etnias aborígenes norteamericanas fumar o quemar hojas de tabaco, era parte de sus ritos ceremoniales.

Desde que se produjo su hallazgo por parte de los europeos, el tabaco, ya en forma de rapé para inhalar, picadura de pipa, estilizado cigarrillo, andullo para mascar o elegante habano, ha recorrido un ciclo de cinco siglos. Hoy, en forma de cigarro, enloquece al mundo, en especial a jóvenes de clase alta y bellas mujeres, seducidos por este símbolo del estilo de vida gourmet. Por fortuna, en esta reciente historia los dominicanos tenemos mucho que contar. Aventajados por las restricciones al habano cubano en EEUU, hemos conquistado las preferencias de los fumadores, exportando más de US$700 millones al año.

Napoleón aspiraba rapé y fumaba puros. Lincoln prefería pipas de mazorca de maíz y barro para disfrutar la picadura de Virginia. Stalin, Roosevelt y Churchill -los aliados que libraron la II Guerra Mundial- tenían sus predilecciones al aspirar la Nicotiana tabacum: en pipa, cigarrillo y puro. Tal era la afición del británico por los habanos que solía decir: “siempre tengo a Cuba en mis labios”. En su honor se nombraron los enormes cigarros que fumaba hasta en la cama.

Fidel bajó de Sierra Maestra con un tabaco en la boca -como reza el Papá Bocó de Sánchez Acosta. Sus maratónicos discursos en la Plaza de la Revolución sirvieron para promover mundialmente los efectos tonificantes que produce un buen cigarro. El Che Guevara -otro empedernido fumador pese al asma- dice en su Manual de Guerra de Guerrillas “que un complemento habitual y sumamente importante en la vida del guerrillero, es la fuma.”

Entre escritores fumar ha sido hábito. En Hugo el tabaco “convierte el pensamiento en ensueño”. Byron –quien generó imitadores, incluido nuestro poeta Pellerano Castro- concluye así su Sublima Tobacco: “Déme un tabaco.” Para Mann “un día sin tabaco sería el colmo del aburrimiento”. Hemingway era apasionado del cigarro. Kipling plantea en su poema Los prometidos su preferencia rotunda: “Pero Maggie me ha escrito diciéndome que elija/y yo no sé qué hacer con mi sortija./ Hay que escoger entre el amor que llora/ o Nicotina, dama encantadora.../ No sé. Venga un Habano que aclare mi cabeza.../A ver, un buen Habano de la caja aromosa/ porque no quiero a Maggie por esposa.”

Carlyle iba más lejos, recomendando que se incorporara la práctica de fumar en las sesiones del Parlamento británico: “Si tan sabia práctica se introdujera, habría, junto a un mínimo de discursos, la apacible y estimulante influencia del humo del tabaco.”

Yo fumé hasta que pude, hasta que el asma y la alergia lo permitieron. Primero fue el rito de iniciación adolescente con el cigarrillo Hollywood de la Tabacalera. Luego vino el Cremas proletario y bohemio, hecho con aromático tabaco negro de nuestras vegas. Una fragancia de campo adentro, exquisita y envolvente. Fuma de pobre que dominaba en los colmados de barrio, en las paleteras de calles, plazas, cines, estadios y cabarets. Más tarde vino el glamur de los importados acompañando a mi tío Toño (Dr. Pedro Antonio Pichardo Sardá) a la inspección sanitaria de los barcos que arribaban a nuestros puertos. En cuyo ritual figuraba un encuentro con el capitán, brindis de cerveza y obsequio de cartones de cigarrillos.

Así aparecieron las marcas de J. Reynolds Tobacco: Winston, Salem, Pall Mall, Kool y Camel (una pequeña cajetilla de papel estampado con camello en primer plano, pirámides y palmeras de fondo). Mi favorito por su delicioso perfume mezcla de tabaco turco con rubio de Virginia. Las de Philip Morris, Chesterfield, Marlboro –con su promoción oliente a praderas, faena ruda de cowboy y trepidar de caballos salvajes-, L&M y Parliament. También Raleigh, Lucky Strike, Newport. Al iniciar los 60, cuando recorrí en autobús los estados sureños de la costa Este americana, descubrí el origen de muchos de esos nombres en la toponimia de la ruta tabacalera.

Tras la muerte de Trujillo llegaron los exiliados. Corpito Pérez –quien daba charlas vespertinas a las que acudíamos, en el local del Partido Nacionalista Revolucionario, en El Conde efervescente-, desplegaba con estudiada gestualidad una pipa reflexiva, al estilo de Harold Wilson, el primer ministro laborista inglés. Entre cláusulas dialécticas, las volutas de humo remontaban vuelo formando anillos que incitaban al ensueño libertario.

En remate oratorio, el profesor Dato Pagán, cuyas modulaciones graves contrastaban con el timbre atiplado de Corpito, encendía el fervor revolucionario de la muchachada, asistido en la tarea por un Cremas proletario. Casi hacía gárgaras cuando articulaba la palabra pueblo, prolongando la resonancia de sus fonemas a la manera kilométrica de José José. Era la forma datiana de inflar la jerarquía protagónica de este actor, agigantándolo en las enfebrecidas mentes del auditorio.

Juan Bosch fumaba Cremas y se dejaba fotografiar con una media bata de seda en el local del PRD o en chaqueta a cuadros. De trato afable, el accionar del cigarrillo coloquial insuflaba fuerza a sus argumentos. Manolo Tavárez, elegante y buenmozo, vestido impecable, con sus gafas oscuras que le daban cierto toque de misterio, desplegaba su indudable carisma asistido por un cigarrillo, como otros dirigentes políticos de su generación.

Jimenes Grullón –uniformado con chacabana de hilo fino y corbata de lacito- encendía apasionado su tabaco Aurora, dando énfasis en cada bocanada a su convincente discurso. Gestualidad dramática sincronizada, verba elocuente y coherente, el intelectual socialdemócrata descendiente de presidentes estimulaba sin proponérselo el consumo de cigarros, que portaba siempre en uno de los bolsillos superiores, cual si fuere cartuchera bien provista. A él debí la afición temprana por el habano, que mi madre Fefita resentía con razón, al inundar con su vaho el hábitat doméstico. Un hábito que llevé a Chile y que deslumbraba a los compañeros de universidad, seducidos por el encanto de un aromático Aurora.

Al caer la tiranía vino la competencia. La CAT ofertaba, junto a Hollywood y Cremas, Montecarlo, Hilton, Constanza mentolado y Casino con filtro. E León Jimenes armó su artillería: Premier, Nacional, Sublime, Apolo y Aurora -un excelente pectoral con filtro en empaque café y oro-, además Marlboro, al asociarse con Philip Morris. En el Cono Sur recibía envíos familiares con cigarros Aurora y cigarrillos Apolo y Aurora, que alternaba con Tabacales uruguayos o Gitanes y Gauloises franceses.

Sara Montiel, en El último cuplé, relanzó un viejo tango que proclama con desenfado que “fumar es un placer/ genial, sensual.” Apelando al “humo embriagador” que disfrutó Rafael Herrera, el poeta Mir. Y todavía embriaga a Pedritín, entre espesa neblina, en el locuaz mesón del Cigar Club.

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