20180407 https://www.diariolibre.com
La gran Aventura de la bachata urbana (1 de 3)
José Manuel Calderón

A media tarde, corrieron los pobladores sobre el estrépito de las llamadas de atención de un locutor orillero que urgía a celebrar el momento inusitado en que una celebridad de la música del momento llegaba al pueblo en brazos de la fama que ya lo había convertido en icono de la música popular.

Urgido por el sonido de los cláxones de la caravana de vehículos, la gente se arremolinaba en las aceras o se agolpaba sobre el descapotable en que viajaba el artista para verle de cerca, reclamarle autógrafos y festejar al ídolo de canciones de moda que se reclamaban en todas las estaciones de radio y que alcanzaban los primeros lugares en los clásicos hit parades de la época.

Sobre el descapotable blanco que recuerdan mis ojos a los doce años recién cumplidos, saludaba con los brazos en alto a una multitud que parecía querer llevarlo en andas por las calles de la aldea, José Manuel Calderón, el único artista que vi en mi Moca nativa desfilar y crear un alud de masas y tal vez hoy aún, el único que lo haya hecho. Antes de Calderón, las masas se volcaron –sería seguramente a fines de los cincuenta, yo apenas un púber- para ver a Lucho Gatica que iba camino a Santiago de los Caballeros a una presentación allí en sus años de mayor gloria. El cantante chileno, empero, apenas pasó a toda marcha por la calle Duarte que era entonces la única vía para llegar al Cibao, cuando no existía la autopista que hoy conocemos. Lucho fue una sombra veloz, como lo fue también el Indio Araucano que concitó por igual la euforia colectiva de la mocanidad por aquellos tiempos.

José Manuel Calderón fue otra cosa. Un rayo celeste, una gloria en ascenso, una gema brillante que la gente siguió y corrió tras él, justo en aquel 1962 de sucesos políticos que estaban marcando los nuevos signos de los tiempos en el país posdictadura. Se afirma que cuando se cumplía un año del ajusticiamiento de Trujillo, o sea el 30 de mayo de 1962, Calderón grababa Borracho de amor que fue la piedra de toque de toda una historia que se inició con su voz y sus manos en los andenes del renacer del nuevo destino dominicano después de treinta y un años de dictadura. Calderón que había nacido en San Pedro de Macorís en 1941, iba a cumplir entonces 21 años de edad, de modo que era un adolescente que suscitaba simpatía y fervor por su juventud y por los éxitos alcanzados por sus canciones. Después de Borracho de amor vendría Condena y luego la canción que lo catapultó para siempre en el ánimo musical de los dominicanos, Amorcito de mi alma. Condena, por cierto, grabada en disco de 45 RPM conjuntamente con Borracho de amor, había sido éxito en la voz de Elenita Santos, pero como afirma Carlos Batista Matos la interpretación de Calderón opacó la versión de aquella gran artista que alguna vez fue llamada por Ramón Rivera Batista, “rayito de sol en el cancionero latinoamericano”. De la autoría de Bienvenido Fabián, un compositor de hits en esa época, Calderón cambió el título de esa canción y la nombró ¿Qué será de mí?, que fue finalmente como terminó conociéndola el público.

Entonces, era el bolero. Ritmo, sensación y grito de amor, el bolero había iniciado en los albores del siglo veinte, como afirma con sentido poético Batista Matos “el galope migratorio con su alforja de penas, nostalgias, sueños, ternuras y quimeras, amarradas en metáforas que las soltaban en el espacio astral, morada de espíritus y duendes que las devolvían en torrentes de lágrimas y suspiros a las almas mundanas”. Y dentro de la onda bolerística que arrasaba en todo el Continente, teniendo a Cuba y México como sus principales banderas, surgía el llamado bolero de guitarra, que tal vez haya sido por su base rítmica el antecesor directo de la bachata y que permitió el surgimiento de auténticos ídolos de la época: el Jibarito de Lares, el Gallito de Manatí, Julio Jaramillo, José Antonio Salamán y Tommy Figueroa, entre otros. Salvo Jaramillo, que era ecuatoriano, los demás venían de Puerto Rico que aportó entonces y después a las más grandes figuras de los años sesenta en el bolero digamos tradicional, el bolero de guitarra, y posteriormente en la denominada canción de la nueva ola cuyos intérpretes provenían fundamentalmente de Puerto Rico, Argentina y México.

Cuando Calderón sembraba en el público el fervor de sus celebradas composiciones, el país dominicano veía nacer nuevas esperanzas y renovados derroteros, en medio de acontecimientos que estaban modificando las avenidas de la historia nacional, prácticamente congeladas durante tres decenios. La bachata, como melodía y letra de amor y desamor –que no le fue exclusiva, ya que el bolero tuvo esas mismas características composicionales- surgía como una nueva expresión de un sector artístico, pequeño aún, que se mostraba sin cortapisas, aunque todavía con las suspicacias y los desalientos de mecenas que no creían en aquella nueva apuesta musical. Calderón, el fundador indiscutible de la bachata en la forma que hoy la conocemos, tuvo luego en Inocencio Cruz, Rafael Encarnación y Luis Segura, a intérpretes exitosos que dieron fuerza, imagen y matiz de permanencia a un ritmo que alcanzó con ellos cotas innegables de penetración en el gusto popular. Rafaelito Encarnación, un cantor que se convirtió en ídolo en poco tiempo pues sus bachatas alcanzaron prontamente el aprecio popular, desapareció del escenario nacional cuando apenas comenzaba a disfrutar los éxitos de su meteórica carrera. Murió con tan solo veinte años de edad en un accidente de tránsito. Inocencio Cruz fue el cantante exitoso de un solo tema Amorcito de mi alma de la autoría del compositor nativo de La Romana, Ney Serrano, hoy un olvidado. De modo que sobre el escenario solo quedaron la figura popular de José Manuel Calderón y luego la de Luis Segura, “el añoñaíto”. Este intérprete maeño que surge en 1964 con el sencillo Cariñito de mi vida –aunque ya había grabado en 1960- otorgó una mayor dimensión al género y produjo una discografía amplia que lo ha situado como uno de los tres más grandes cultivadores de la bachata original. Nacieron, desde luego, otros intérpretes. ¿En los mismos sesenta quién ha de olvidar a Mélida Rodríguez, “la sufrida” y sus canciones que planteaban una liberación sexual mucho antes de que el movimiento feminista tomara curso? Mélida fue junto a su continuadora, Aridia Ventura, “la tremendísima”, las dos primeras mujeres en grabar bachata en nuestro país. ¿Y cómo olvidar a Leonardo Paniagua, quien a partir de los setenta mejoró notablemente la letra de la bachata y se internó por otros cauces más sentimentales y románticos y menos despechados y tristes, como esa larga pena que selló para siempre la marca del Añoñaíto.

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Libros
Contigo en la distancia. Lucho Gatica, el rey del bolero
Contigo en la distancia. Lucho Gatica, el rey del bolero

Gonzalo Rojas Donoso (Ediciones Cerro Huelén, Chile, 1992. 128 págs. más fotografías)

Este fue el primer libro que se publicó sobre el artista melódico chileno más famoso de todos los tiempos. El bolerista que conmovió a Ava Gardner, Mario Vargas Llosa, Frank Sinatra, Julio Iglesias y Pablo Milanés. El hombre de la misteriosa voz que encandiló los corazones de millones de hispanohablantes.

Música por el Caribe
Música por el Caribe

Helio Orovio (Editorial Oriente, Cuba, 2007. 182 págs.)

Amplia reseña de los géneros musicales caribeños surgidos de la confluencia cultural que se produce en la región. Su origen y desarrollo, principales cultivadores y su vinculación entre sí y con la historia y la sociedad.

Bachata. Historia y Evolución
Bachata. Historia y Evolución

Carlos Batista Matos (Editora Taller, 2002. 245 págs.)

El autor rastrea los antecedentes lejanos de la bachata dominicana, entre el bolero y el son y, aún más, en los estilos guitarrísticos del bolero de los cincuenta y sesenta del siglo veinte. Un relato ameno y ágil sobre la historia y evolución de este género.

Historia de la Canción Popular en Puerto Rico. 1493-1898
Historia de la Canción Popular en Puerto Rico. 1493-1898

Pedro Malavet Vega (Editora Corripio, 1992. 607 págs.)

Este es un libro múltiple. Dentro de su gran formato recoge minuciosamente los cuatro siglos “españoles” de la música de Puerto Rico, integrando historia y canción, desde la llegada de la guitarra y la vihuela a la isla en el siglo dieciséis hasta el surgimiento de la danza, de La Borinqueña y de la música de Juan Morel Campos.

En ritmo de bolero. El bolero en la música bailable cubana
En ritmo de bolero. El bolero en la música bailable cubana

José Loyola Fernández (Ediciones Huracán, 1996. 272 págs.)

Decía don Fernando Ortíz: “Otro don de Cuba al mundo ha sido y es su música popular. Engendro de negros y blancos, producto mulato...esas músicas mulatas que se dan en Cuba como las palmas reales”. Este libro analiza el fenómeno musical del bolero en la isla, bajo elementos históricos, sociológicos y de técnica musical.

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