La Luz de Luis Eduardo Aybar

$!La Luz de Luis Eduardo Aybar
Luis Eduardo Aybar

En septiembre de 1913, la prensa publicaba un aviso del Dr. L.E. Aybar, de la Facultad de París, en el que ofrecía sus servicios, acreditándose como “Antiguo Monitor de la Clínica de Vías Urinarias del Hospital Necker -Antiguo Asistente interno de Urología en el Hospital Lariboisiére”, ambos ubicados en París. Resaltando en su oferta: “Cirugía de las vías génito-urinarias -Sífilis -Cura radical sin dolor de hemorroides -Laboratorio para análisis químicos y microscópicos”. En horario de consulta de 3 a 5 de la tarde y los lunes de 2 a 4 gratis para los pobres. Radicado en la calle Salomé Ureña No.15 altos, en el corazón del casco colonial de Santo Domingo.

Promovían entonces sus servicios profesionales por la prensa los doctores Antonio Molina de St. Remy, médico cirujano oculista especialista en oído, nariz y garganta, al momento en Santiago, quien visitaría a seguidas Moca, La Vega, San Francisco, Sánchez, Samaná, San Pedro y Santo Domingo. Octavio del Pozo, de la Facultad de París, “con pequeña casa de salud” recién trasladada a la calle Separación (El Conde), quien por décadas alentaría la construcción de su clínica en la Isabel la Católica. Rafael Rubirosa, cirujano y partero, en San Francisco. Evangelina Rodríguez, especialista en partos y niños, con consultorio en la calle Universidad en la capital, conceptuada la primera médico del país.

También la Clínica Médico-Quirúrgica del Dr. V. Grisolía, de la Universidad de Nápoles, establecida en Puerto Plata. El Dr. Luis E. Carrón, de la U. de Barcelona, con 12 años de práctica en Colombia y 24 en el país, en la calle El Carmen 15. Dr. W. Guerrero, cirujano partero, en la calle Sánchez 44. Dr. Diógenes Mieses, cirujano dental, catedrático del Instituto Profesional.

El Dr. Abel González, médico cirujano ginecólogo, operaba en Monte Cristy, mientras el Dr. Darío Contreras, cirujano, lo hacía en Macorís del Norte. En tanto el Dr. Gabriel E. Guerrero, cirujano partero, ejercía en Moca.

Conforme una ficha biográfica elaborada por el historiador de la Medicina Dr. Herbert Stern, Luis Eduardo Aybar Jiménez nació en Santo Domingo en 1881 y se educó en el Colegio San Luis Gonzaga, ejerciendo el magisterio mientras realizaba sus estudios universitarios en el Instituto Profesional, del cual egresó a los 23 años como licenciado en Medicina y Cirugía. Se graduó como doctor en Medicina en la Universidad de París, tras estancia de 5 años, con tesis sobre Urología.

En nuestro país se integró a la afamada Clínica San Antonio que dirigía en San Pedro de Macorís el médico alemán Carl T. Georg, en la cual habría practicado Aybar más de 3 mil cirugías, conforme a Stern, alcanzando un merecido prestigio por sus habilidades quirúrgicas y su probada vocación de servicio a la comunidad. Allí, durante la Ocupación Americana, encabezó la Junta Patriótica.

Trasladado a la capital, el Dr. Aybar realizó uno de sus sueños, instalar una Clínica propia, edificada en el remanso de paz vegetal tonificado por brisas marinas salutíferas que era el Gascue de entonces, e inaugurada el 5 de enero de 1930 como regalo de Reyes a los capitaleños.

Abordando la Máquina del Tiempo, pude asistir hace poco a compartir ese grato momento. Para mi sorpresa, encontré como coprotagonista de ese episodio al Dr. Juan Isidro Jimenes Grullón, un joven promisorio galeno que recién llegaba al país tras agotar estudios en Francia y Alemania. Quien sería en 1962 mi preceptor político en la Alianza Social Demócrata. Jimenes Grullón ya ofrecía consulta médica en Santo Domingo y disertaba acerca de novísimas terapias para tratar la tuberculosis.

Ubicada en la César Nicolás Penson, la Clínica Médico-Quirúrgica del Dr. Luis E. Aybar fue bendecida por Monseñor Luis A. de Mena y su inauguración contó con la asistencia del Dr. José Dolores Alfonseca, Vicepresidente en funciones de Presidente, en ausencia de Horacio Vásquez, en vía de retorno tras su operación en EEUU. Calificado como propietario, cerebro y alma de la nueva entidad, “al lado del Dr. Aybar trabajará un distinguido grupo de eficientísimos colaboradores, en el que destaca, por su juventud, por su entusiasmo y por su preparación científica, el Dr. Juan Isidro Jimenes Grullón, recién llegado a la República tras largos años de permanencia en Europa, donde ha completado sus estudios y ejercido su profesión junto a las máximas autoridades de la medicina moderna”.

El edificio de tres cuerpos, “un elegante palacete”, fue proyectado por el arquitecto Jaime W. Sifre y construido por el ingeniero Juan de la Cruz Alfonseca. Con 14 habitaciones –algunas de 2 camas-, mobiliario moderno, salas de espera, consulta, cirugía y curas urgentes, la de operaciones estará equipada de una lámpara cialítica de luz blanca para realizar intervenciones nocturnas.

“Al frente del laboratorio químico y diatérmico, en el que no se ha descuidado el más leve detalle, trabajará el Dr. Juan Isidro Jimenes Grullón, y en él, además de los trabajos ordinarios, se harán experimentos e investigaciones, cuyos frutos contribuirán sin duda –nosotros nos atrevemos a esperarlo así- a ir creando en el país y fuera de él la fama y el crédito de la ciencia dominicana”.

Concurrentes en el acto, los secretarios de Estado, Ginebra y Ricart Olives, doctores en Medicina, Marchena, Pieter, Alardo, Calderón, Caminero Sánchez, Perdomo, Ortiz y Soñé. Juristas, Enrique Henríquez, Armando Rodríguez, Enrique Apolinar Henríquez, Ramón O. Lovatón, Rafael Augusto Sánchez, Jesús Ma. Troncoso Sánchez, Dr. Américo Lugo. Mr. Pulliam, Receptor General de Aduanas, y Mr. Edwin Kilbourne, gerente azucarero. José María Bonetti, presidente del Ayuntamiento. Diputado Pellerano Sardá, director del Listín Diario. Manuel M. Gautier, Juan Velázquez y Dr. José Enrique Aybar, entre otros.

En sus palabras, el Dr. Luis E. Aybar calificó la suya como embrión de lo que debe ser una definitiva Clínica moderna, indicando que “hoy tenemos algunas en el país que bien merecen la reputación de la que gozan, por su preparación material y por su personal. Ojalá que yo pudiera realizar el ideal de dotar esta que ahora inauguramos con todos los adelantos necesarios, incluyendo la colaboración de médicos especializados para todas las enfermedades”.

Apuntaba el ilustre galeno. “Vamos contando ya con el mejor factor, que es el mismo público. Veinte años atrás, el público dominicano desdeñaba las Clínicas y prefería recibir en su propia casa todas las clases de tratamientos médicos. Hoy, tiene una más completa comprensión y ha llegado a conocer las infinitas ventajas de utilizar las Clínicas, donde están concentrados y coordinados todos los medios científicos para el mejor tratamiento de todas las dolencias.”

Luego de esta inesperada experiencia, en mi siguiente abordaje, la Máquina del Tiempo me disparó 3 años y 10 meses hacia adelante, situándome de nuevo ante el Dr. Aybar, a quien ya empezaba a admirar tras ese fortuito encuentro en su Clínica privada en el Gascue de mis nostalgias. Esta vez actuaba como presidente de la Cruz Roja Dominicana e inauguraba el Hospital de Emergencia de esa entidad, pronunciando un sabio discurso de neto corte socialista.

Era el 1ro de octubre de 1933 y se inauguraba el Hospital de Emergencia en el Reparto Arvelo de la capital, con la presencia del secretario de Estado Peynado, representando al Presidente Trujillo, entonces en Santiago. “Construido con fondos de la Cruz Roja Dominicana y de algunos particulares, por el ingeniero Ramón Báez López Penha, quien prestó sus servicios gratuitamente en la ejecución de esa obra”. Una nota de prensa consignaba la contribución de Trujillo, “quien dio su más decidida ayuda económica para la construcción del Hospital”.

El gran protagonista de la jornada fue el Dr. Aybar, quien pronunció un vigoroso discurso ajeno a los ditirambos de la época, con planteamientos fundamentales de política pública en materia sanitaria.

“Las instituciones destinadas a la asistencia pública adquieren cada vez mayor incremento en las naciones civilizadas. Los Hospitales, los Sanatorios, los Dispensarios, los Consultorios, los centros destinados a la protección de la infancia y a la enseñanza y difusión de la higiene, forman parte esencialísima de la estructura vital de esas naciones y cada día son más numerosos porque cada día va siendo más elevado y más exacto el valor que en ellas se asigna a la salud y a la vida de los asociados.

“Bien se puede afirmar que esas obras representan en la actualidad una de las conquistas más efectivas y valiosas del socialismo, dando a éste su más justa y racional acepción, puesto que en ellas se realizan cabalmente los altos principios de igualdad y confraternidad que deben presidir la vida de los pueblos.

“Más aún, existen excelentes razones de orden económico que bien podrían ser invocadas para considerar las instituciones de asistencia pública como la más genuina expresión del anhelo de vida social solidaria, considerándola no como un ideal espiritualista, sino como una consecuencia natural del criterio positivista que en las sociedades regula el común interés material.

“Entre nosotros la asistencia pública no ha funcionado nunca como una verdadera institución, con los atributos y facultades necesarios para realizar la vasta misión social que le está confiada en otros países, sino que, involucrada con otras instituciones, ha sido considerada siempre en su único y limitado aspecto de beneficencia pública.

“La asistencia médica al campesino, cuya ignorancia es una razón más para hacerlo merecedor de protección y ayuda, es actualmente un deber ineludible del Estado. Esa asistencia, por otra parte, es uno de los más poderosos auxiliares de que disponen los Gobiernos para lograr que penetren en las zonas más apartadas de los centros citadinos, junto con las más elementales nociones del buen vivir, los primeros rudimentos de la civilización”.

Esta lumbrera visionaria de la ciencia médica dominicana falleció meses después en 1934, a los 53 años, asistido por sus colegas Heriberto Pieter y Luis Heriberto Valdez.

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